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Mi primera película

El maravilloso mundo del recuerdo /// Magalí Bayón

Mi primera película
El maravilloso mundo del recuerdo
Por Magalí Bayón

Hay algo hermoso en la palabra recordar. Recordar significa “volver a pasar por el corazón”; volver a emocionarse, volver a vivir algo, volver a un momento pasado que, por retornar, vuelve a estar vivo en nuestro presente. Pero el recuerdo es también una materia caprichosa. Olvidamos cosas que quisiéramos recordar, recordamos algunas que preferiríamos olvidar, y otras (quizás las más) sólo las recordamos por fragmentos, prismas que refractan una parte de lo que, tal vez, haya sucedido. La memoria es, en definitiva, selectiva y en mi caso también vulnerable a la reescritura. Tengo recuerdos que se funden con los recuerdos de otros; recuerdos que han sufrido mutaciones, adaptaciones; recuerdos interrumpidos; recuerdos que no recuerdo… y creo que también tengo recuerdos que no me son propios, recuerdos ajenos, que con los años de escuchar a otras personas recordar los tengo impresos en mi corazón, casi como si me pertenecieran.

Pero el recuerdo que se narra en primera persona también es un recuerdo impune: no hay forma de constatar que lo acontecido efectivamente haya sucedido de la manera en la que uno lo recuerda. Ahí se funden la persona que recuerda con el potencial narrador que todos cobijamos. Sí, ríndase: no hay forma que usted lector o lectora sepa cuál es el grado de veracidad de aquello que estoy a punto de narrar, o quizás, si las brisas del tiempo han endulzado o endurecido mi percepción, tampoco sabrá si agrego un ribete aquí o allí para enfatizar mi punto… Y, sin embargo, le juro que todo lo que estoy por contarle sucedió de esta manera, tal cual como se lo presento, que no exagero ni un poco… ¡y que me parta un rayo si no lo recuerdo tal cuál fue!

Viajamos al pasado de mi propio tiempo: el De Lorean imaginario se detiene y descendemos en la primera vez que la oscuridad de la sala de cine me cegó, la primera vez que esos gigantes de luz sobre una tela blanca se erigieron ante mis ojos. Tenía la escasa edad de cuatro años cuando me vi embarcada en una aventura que, sin proponérmelo, hubo de marcar gran parte de mi vida.

Corrían las vacaciones de invierno de 1984 y abordé junto a mis padres la travesía desde las lejanías del conurbano bonaerense hasta la Capital Federal. Luego de caminar interminables cuadras, llegamos al destino. No recuerdo antes haber visto tanta gente, ni tantos niños (o quizás sí lo recuerde, pero a los efectos de este relato vamos a suponer que no existe un recuerdo previo). Mi padre se separó de nosotras y quedé con mi madre parada en esa fila interminable de familias con padres nerviosos y niños gritones. Campera, pasamontañas y guantes, paraditas y a la espera sobre la mítica calle Corrientes (por supuesto que no sabía que se llamaba así a esa tierna edad, y tampoco sabía en aquel momento que esa misma avenida me vería transitarla muchos años después, en otras tardes, en otras noches de furia cinéfila vagando de sala en sala).

“¿A dónde estamos?” creo haber indagado (o así lo recuerdo, o verdaderamente no importa), a lo que mi madre, con una apropiada dosificación de misterio que involucra a las primeras veces, me contestó “Ya vas a ver”. Regresó mi padre trayendo en sus manos unos papeles. Los tres aguardamos pacientemente a la vera del frío invernal. La fila se puso en movimiento y cruzamos el marco vidriado de la puerta de ese inexplorado lugar y así se abrieron paso las gigantes figuras de la constelación Disney que adornaban el hall central de ese desconocido territorio, que años después supe que recibía el nombre de Cine Los Ángeles. Subí, escalón por escalón, una inmaculada escalera de mármol y previo intercambio de esos desconocidos papeles, ingresé a ese misterioso espacio magnánimo. Una pared blanca, alfombra roja y sillas nunca antes vistas por doquier se abrían paso mientras descendía por un pasillo tomada de la mano de mi madre. “Acá” indicó mi padre, y nos sentamos.

Las luces se apagaron y estallaron los murmullos… algún que otro niño rompió en llanto atemorizado por la oscuridad. Seguramente mis padres corroboraron que no haya sido yo uno de los atemorizados niños; por supuesto que no. La pantalla se llenó de luz y una tormenta dibujada situó el inició de lo que vendría. Los primeros minutos recuerdo haberlos atravesado en silencio, en una suerte de hipnosis nunca antes experimentada… hipnosis que, desde aquel momento hasta hoy, siempre vuelve cuando se dan esos momentos iniciales de cualquier película y nos arrojamos libres y confiados a esa especie de comunión entre la luz parpadeante y el silencio de la sala repleta de ánimas. Pero volviendo al recuerdo, y pasada la hipnosis inicial —o a causa de ella— sobrevino el drama… el drama dentro y fuera de la película. La trama manda (y el morbo de Disney también) y el relato llegó a ese primer momento cruel dónde, víctima de una injusticia, la madre de Dumbo es encarcelada y separada de su hijo. Por unos artilugios el fiel ratoncito amigo de Dumbo logra dirigirlo hasta la prisión de su madre: madre e hijo van a ser reunidos, pero la madre no sólo se encuentra encarcelada, sino que por culpa de un grillete que le reduce la movilidad sólo puede acercarse a su hijo a partir de alargar su trompa y sacarla por entre los barrotes del espacio que cercena su amor filial. Sin poder mirarlo y sólo con su trompa logra aproximarse y acariciar el fruto de su vientre (o en la versión Disney, el fruto de una cigüeña) para finalmente mecerlo con su trompa como en una hamaca, cuando el pequeño paquidermo se sube a ella y rompe en lágrimas. Y a las lágrimas de Dumbo le siguieron las mías. Y ahí, ahí no más, la sucesión de eventos en mi recuerdo es la siguiente: mi padre, indignado, irrumpiendo el silencio de la sala al grito “¡Esta película de mierda!… nos vamos ya”, cortó mi llanto desconsolado y me tomó de la mano sacándome de la sala, mientras mi madre detrás, tratando de agrupar campera, pasamontañas y guantes por doquier nos seguía el paso. Y mientras estaba siendo arrastrada fuera de la sala sin haber sido consultada, entre lágrimas y mocos, no podía despegar los ojos de la pantalla, no podía dejar de ver qué era que lo aquejaba al pobre elefantito, que era lo que sucedería luego. Y luego… ya no recuerdo nada más: mi recuerdo es un recuerdo cercenado, interrumpido… inconcluso.

Sí, mi primera película fue Dumbo. Mi primera película fue una película sin final. Hubiese sido mucho más glamoroso si doblegando mi recuerdo les hubiese contado que mi primera película fue Le ballon rouge y que la vi junto a mis padres en una retrospectiva de cine francés mientras huíamos de alguna amenaza externa (un bombardeo aéreo o una lluvia de meteoritos) y no pudimos más que refugiarnos en la oscuridad de una sala donde fui deleitada por vez primera con los misterios de la cinematografía. Pero no. No fue así. Fue una película mainstream de Disney. Nadie puede reescribir tanto su recuerdo sin aproximarse de lleno a la ficción.

Y ahora que pienso y recuerdo éste, mi primer recuerdo cinematográfico, creo creer que vuelvo una y otra vez al cine para completar esa experiencia. No puedo irme de la sala antes de que termine la película. Quizás no recuerde tramas, nombres, directores, pero jamás olvido un final. Recuerdo los finales tanto como los principios… y los desarrollos, esos son los que son sometidos a mi recuerdo. Porque, en definitiva, ¿qué diferencia hay en recordar retazos de la vida propia y recordar esas vidas que crecen en la oscuridad de la sala? Dice Bergson: “Tomamos vistas casi instantáneas de la realidad que pasa, y como son características de esa realidad nos basta con ensartarlas a lo largo de un devenir abstracto uniforme e invisible, situado en el fondo del aparato del conocimiento para imitar lo característico del devenir mismo (…) no hacemos más que accionar una especie de cinematógrafo interior” (1). Recordar es volver a pasar por el corazón, sea mi recuerdo o el recuerdo de otro que alguien inventó para mí. Recuerdo cuando empecé a cuestionarme por los recuerdos… pero ese, ese es otro recuerdo. Y esa, será otra historia.

(1) BERGSON, Henri (1985); “La evolución creadora”.

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Dumbo (1941) | Samuel Armstrong, Norman Ferguson y Wilfred Jackson

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