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Mi primera película

Continuado en el Argos /// Pablo Fendrik

Mi primera película
Continuado en el Argos
Por Pablo Fendrik

Recuerdo que era un sábado soleado de otoño, en el barrio de Chacarita. Justo del otro lado de la frontera con Colegiales, es decir, a una cuadra de mi casa, estaba el cine Argos.

Federico Lacroze y Álvarez Thomas. Pintado de blanco, con puertas de vidrio y un viejo cartel de neones azules que había dejado de funcionar tiempo atrás. El Argos estaba flanqueado por un surtido kiosco a la izquierda, y por un viejo café de billares a la derecha. Habíamos quedado en encontrarnos ahí a las dos de la tarde para el inicio de la matiné, con mis amigos y compañeros de primaria Alejandra, Laura, Martín, Marcelo y Miriam. Todos teníamos alrededor de seis años. Era el año 1980.

Recuerdo haberme vestido para la ocasión con unos pantalones bastante cancheros y una camisa de rayas celestes y azules, que estaba rematada por un cuello blanco. Marcelo vino, como siempre, con zapatillas de tenis (llegaría a ser jugador profesional), Laura con un enterito de jean, Alejandra con pantalón y remera blancos, Martín no me acuerdo. Miriam no me acuerdo.

Sí me acuerdo que, con excepción de Alejandra, Marcelo y yo, los demás habían llegado hasta ahí con sus padres. Pero pronto se retiraron, por suerte. A mí no me molestaban, pero era obvio que, para Martín, Laura y Miriam, era medio bochornoso. Nosotros habíamos ido solos. Había sido nuestra idea. Nuestro plan. Si no podés ir a ningún lado sin tus papis no sos digno de pertenecer a nuestra banda. Supongo que ellos pensarían eso, pero la verdad es que nos importaba todo un pimiento. Sólo queríamos entrar a ver las películas cuanto antes. Y no es que fuéramos unos amantes del cine (el triple programa no era precisamente gourmet). Creo que lo que más nos excitaba era la idea de estar solos en esa sala oscura sin la supervisión de ningún adulto, y convenientemente rodeado de nuestras compañeritas más atractivas… además de otras bellezas del barrio que teníamos medio fichadas de tanto andar en bicicleta por donde solían pasearse chicas como Elizabeth o Lucero, que sabíamos de buena fuente, eran de ir a las matinés. Es más, creo que la idea misma de ir al cine se había originado al enterarnos que esas chicas pasaban ahí sus tardes de sábado. Mi cómplice principal en esto era Martín (Marcelo estaba demasiado concentrado en el deporte…) con quien compartíamos desde conocernos, el gusto por las mujeres. Claro que mi mejor amiga era Alejandra, y por alguna oscura razón o designio misterioso de las leyes de la amistad, de verdad no la consideraba una chica, sino mi amiga. Siempre estábamos inventándonos historias de ciencia ficción o jugando a que éramos no se que clase de agentes secretos. Lo importante era que necesitábamos walkie-talkies. Eran fundamentales para todo.

Pero ese día no los habíamos llevado (lo pensamos, el viernes, pero desistimos) y antes de entrar nos hicimos de cajas de caramelos, mielcitas (sí, esos sachecitos tóxicos) y seguramente maní con chocolate, del que te vendía ese sujeto de aspecto sospechoso que oficiaba de chocolatero dentro del cine. Como no éramos ningunos ñoños nos sentamos bastante atrás, donde teníamos una cierta privacidad, y desde donde la pantalla iluminaba con menos fuerza nuestros rostros.

Comenzaron los títulos del primer film. Una de Terence Hill y Bud Spencer en el Oeste. Un Spaghetti. No me pregunten el argumento. Jamás le presté demasiada atención. Me estaba divirtiendo mucho más haciendo chistes con mis amigos, ruidos raros, eructos, guerra de maníes voladores y de vez cuando dando una vuelta a ver si llegaba a ver dónde estaban ubicadas Lucero o Elizabeth. Pero no era fácil. No se veía bien y, además, en filas delanteras la población de padres que acompañaban a sus hijos e hijas era preocupantemente alta. Nosotros éramos, de hecho, los únicos forajidos que asolábamos la zona con nuestra actitud rebelde y pendenciera… eso, o simplemente no había forma de mantenernos quietos y a la audiencia en general tampoco parecía importarle demasiado.

Para cuando empezó la segunda película, un rip-off de La Guerra de las Galaxias titulada por un astuto distribuidor “Batalla en las Estrellas”, mi plan era ver si me podía apretar a Laura (delgada, rubia de pelo lacio y ojos verdes) o a Miriam (morocha de cabellos livianos, ojos cafés y nariz pequeña), para lo que fui ensayando diferentes tácticas de aproximación. Ninguna demasiado sutil, según recuerdo. Por lo general mi técnica en esa época se parecía más al ataque de una cobra que al de un humano con un mínimo sentido del tacto. Lo cual generaba reacciones violentas, y mayormente divertidas. Corridas, saltos, exclamaciones del tipo “¡Qué ajjjco!” y muy excepcionalmente una estupefacción que albergaba cierta esperanza. Cómo la de Miriam. Pero creo que fue por timidez que inmediatamente me fui detrás de alguien más. Puede también que Miriam me haya revoleado unos maníes. Pero pudo haber sido otro.

No recuerdo bien en qué andaban Marcelo y Martín. Si tenían un plan parecido al mío, o si lo estaban llevando a cabo. Me da la impresión que sí, pero la verdad es que no me acuerdo. Sobre todo, porque ya nadie respetaba sus ubicaciones originales. Nos sentábamos en cualquier parte, al lado de cualquiera, donde cayera la chica o chico, según el caso, que estuviéramos persiguiendo, o de cuyo contraataque estuviésemos tratando de escapar. Cada tanto veíamos una escena de tiros. Un sombrero volaba de la cabeza de alguien. Un duelo se sucedía tras otro en tiroteos interminables.

Fue al final de esa película cuando Miriam se me sentó al lado, dejándose caer y rebotar en la butaca de cuerina, todavía un poco agitada. Justo después de que Terence Hill hiciera su última cara de canchero a la cámara. Se me acercó y me estampó un beso ruidoso. Un beso con restos de algún dulce medio pegajoso. Se rió en la oscuridad al apoyarse de nuevo contra el respaldo de la butaca. Se estaba divirtiendo conmigo. Creo que yo ni siquiera le gustaba. Lo que le gustaba era ese atrevimiento. Demostrar que ella también podía.

Terminó la peli. Empezó otra. Una de Adriano Celentano y un mono. Para entonces el cine había dejado de ser entretenido y de a uno, fuimos abandonando la sala. Cada uno le avisaba a otro que estábamos afuera en el hall, o que tal o cual se había ido, o que lo habían venido a buscar. Al final nos reunimos los que quedábamos sentados en el suelo del hall, justo al lado de la escalera de mármol.

Cuando el padre de Miriam la vino a buscar, recuerdo haber pensado “que no le cuente-que no le cuente-que no le cuente”.

Martín ya se había ido en auto. Marcelo se fue a su casa solo. También vivía a una cuadra y media. Alejandra y yo nos fuimos a merendar a su casa. Nos habíamos alimentado de toda una nueva serie de terrenos por explorar y personajes a derrotar en nuestra siguiente misión. Y para eso, íbamos a necesitar nuestros walkie-talkies.

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Le llamaban Trinidad (Lo chiamavano Trinità…, 1970) | Enzo Barboni.

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