Mi primera película
Trauma de infancia Nro. 1.356
Por Carol Ann Figueroa
Cada vez que intento recordar la primera película que vi en una sala de cine, cierta imagen de luz mortecina y textura granulada se proyecta en mi memoria: tengo seis años, estoy arrodillada sobre el asiento trasero del auto de mi madre y me siento terriblemente triste. Es la tercera vez que veo a mis dos hermanos alejarse del auto en el que me siento atrapada, mientras ellos avanzan hacia la entrada de una sala de cine, tomados de la mano de mi tía favorita. Sufro pensando en las cosas increíbles que ellos deben ver allí dentro, y miro a mi madre con recelo a través del espejo retrovisor, convencida de que la razón por la cual yo no puedo entrar, de seguro es alguna absurda razón adulta.
¡Qué espantoso me parecía el mundo en ese momento! ¡Cuán injusto, cruel y desconsiderado! ¿Por qué a mí? —pensaba. ¿Por qué no puedo entrar si en la fila hay niñas de mi misma estatura? ¿Por qué? ¡Vida cruel! … ¿Por qué? ¡¿Por qué?!
Horas después, mientras regresábamos a casa en el auto y mis hermanos no paraban de reírse recordando a los personajes que habían conocido, la sangre que bombeaba mi corazón fue lentamente remplazada por el espeso veneno de la envidia, y mis pensamientos comenzaron a oscurecerse. Sólo la niña adulta que ahora recuerda aquél episodio, sabe que hasta el mismísimo Chucky habría huido al percibir la perversidad con que aquella mentecita ansiaba ver correr sangre y lágrimas, con tal de apaciguar la frustración acumulada tras varios intentos fallidos por entrar al cine.
Como era de esperarse, no llegué a ejecutar ninguno de mis macabros planes, y lo único que conseguí con mi enojo infantil, fue apretar tanto el entrecejo y los labios que al final terminó doliéndome toda la cara y me puse a llorar. Mi tía, que no entendía la razón de mi desconsuelo, pero sufría hondamente con mi tristeza, sólo atinó a comprarme una gigantesca chocolatina, intentando infructuosamente devolverme la sonrisa.
Aunque devoré aquél manjar con la misma voracidad con que el monstruo come galletas solía atragantarse, todo lo que pude sentir mientras el chocolate endulzaba mi paladar fue el amargo sabor de lo que consideraba otra derrota.
¿Cuándo conseguiría ver mi primera película, si cada vez que mi tía llegaba con invitaciones para el cine mi aventura terminaba en el estacionamiento del teatro?
Hasta ese momento —y a juzgar por el efecto que dichos acontecimientos tuvieron sobre mi memoria— mi primera película había sido una película que nunca fue.
Su trama estaba escrita con los restos de las imágenes de los eufóricos y erráticos recuerdos de mis hermanos; sus escenas jamás conseguían encadenarse para formar una historia y sus personajes no sólo carecían de rostro y voz definida, sino que tendían a mezclarse cuando mis hermanos olvidaban sus nombres, o tenían enardecidas discusiones destinadas a establecer cuál de los dos había prestado más atención, y quién había entendido mejor la película.
Dado que en ningún momento mencionaron la existencia de cosa parecida a una proyección o una pantalla gigante, la idea que me hice acerca del interior de una sala de cine, se asemejaba mucho al mundo de las caricaturas que un par de años más tarde recrearía Disney en ¿Quién engañó a Roger Rabbit?, remitiéndome de vuelta a mi primera idea de lo que era el mundo del cine.
Convencida de que tras las puertas de la sala convivían todos los personajes de los cuales mis hermanos me habían hablado alguna vez, el día en que mi tía finalmente anunció que iríamos juntas al cine para ver mi primera película, pasé la noche en vela imaginando cómo sería mi encuentro físico con un gelatinoso monstruo verde capaz de atravesar paredes, un par de robots que vivían en el espacio y un señor que además de utilizar una trusa azul y una capa roja, era periodista y sabía volar.
Cuando las luces de la sala se apagaron y los niños dejaron escapar algunos gritos, yo me sentí la niña más valiente del mundo porque contrario a lo que me sucedía (y aún sucede) al apagar la luz de mi habitación, aquella oscuridad no me llenó de pánico, sino que por el contrario me pareció la antesala perfecta para el momento en que la pared se partiera en dos y un extraordinario mundo de seres increíbles aparecería ante mis ojos.
Apreté la mano de mi tía y estiré el cuello para no perder detalle de lo que estaba a punto de suceder, pero en lugar de abrirse la pared lo que se abrió fue una enorme cortina roja tras la cual pude ver una insípida tela blanca que no me decía nada.
Indignada y a punto de armar un escándalo, me arrodillé sobre el asiento buscando alguna grieta en los alrededores y cuando estaba a punto de preguntar en voz alta dónde estaban los personajes, el sonido de varias trompetas y tambores que hicieron retumbar el teatro me hicieron volver a mi silla. Acto seguido un haz de luz perforó la penumbra y sentí que lo que estaba a punto de suceder era aún más increíble de lo que me había imaginado.
Sobre la pantalla apareció un cielo estrellado en cuyo último recodo se podía distinguir un diminuto planeta de cristal, dentro del cual vivía una chica rubia que tenía por amigo a un científico loco, el cual le enseñaba a crear cosas con una barita mágica, que a mí me pareció idéntica a una barita de caramelo.
Esto fue todo lo que pude decirles a mis hermanos mientras regresábamos a casa en el auto, y durante años esta fue la trama con la cual me conté a mí misma la primera película que había visto, pues además de dicha información, sólo recordaba la imagen de una chica rubia que atravesaba volando una tubería y que salía al otro lado caminando, con su cabellera rubia teñida de negro.
Ridículo poder ese de poder teñirse tan rápido el pelo —pensaba al evocar la escena—.
Por alguna razón, las imágenes que nunca vi resultaron más poderosas que las que sí había visto, y hasta antes de esculcar mis recuerdos para escribir este relato, estuve convencida de que mi primera película había sido Los Cazafantasmas en lugar de Super Chica. Tuve que contactar a mi tía y enumerar junto a ella todas las películas que había visto con sus diez sobrinos, hasta obligarla a identificar cuál había sido la primera que había visto conmigo. Cuando llegamos a la conclusión de que había sido Super Chica, las dos dudamos incluso de la existencia de la película, pues pese a ser la prima de Superman, Super Chica no fue una heroína famosa y su película no marcó a ninguna generación, como si lo hicieron en cambio Los Cazafantasmas y La Guerra de las Galaxias.
Debo confesar que cierta desilusión invadió mi pecho.
¡Qué espantosa me resultó mi infancia en aquél momento! ¡Cuán impopular, diferente y críptica! ¿Por qué a mí? —pensé. ¿Por qué no pude ver las mismas películas que vieron los demás niños de mi generación? ¿Por qué? ¡Vida cruel! … ¿Por qué? ¡¿Por qué?!
“Porque cuando ustedes estaban chicos, siempre tuve miedo de llevarlos juntos a sitios muy concurridos, pues la idea de perderlos entre la gente, me llenaba de pánico” —fue la respuesta que me dio mi madre hace algunos días, cuando le hice reproches al respecto.
¡Yo tenía razón! —gritó en mi interior la niña adulta. El origen de todas mis tristezas es una absurda razón adulta…
Le di la espalda a mi madre sin decirle nada y mientras la pataleta de la niña que llevo adentro se acallaba, una sonrisa de satisfacción iluminó mi rostro, pues pocas de las absurdas razones adultas que he escuchado en mi vida me han parecido más dulces, y al fin de cuentas, sé que alguna vez fui el centro de atracción en mi colegio, por ser la única niña capaz de defender la teoría de que las mujeres también pueden tener súper poderes, y que además de la Mujer Maravilla, existía otra que podía cambiar el color de su pelo cuando se le antojaba y además, volaba.
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Superchica (Supergirl, 1984) | Jeannot Szwarc

























