Mi primera película
Nostalgias de la primera película que vi
Por Pascual Massarelli
Llovía. Maravilloso. Me pongo en clima… llueve.
Mis padres eran cinéfilos, les gustaba ir al cine y ver películas, no como al público de ahora (mezcla extraña cuya inclinación oscila entre el odio a la nostalgia y la excitación por los efectos especiales cada vez más sorprendentes). ¿Por qué será? ¿Será porque hoy se conoce más del lenguaje cinematográfico? Seguramente sea eso…
Pero antes el hecho o acto cinéfilo se manifestaba por el hecho de ir a ver, quiero decir, ir a ver películas en forma asidua (por lo menos tres o cuatro veces a la semana). Ese era el máximo placer, simplemente eso y nada más. Soy sexagenario…
Mi padre prefería los cines de barrio, a los que íbamos casi siempre los lunes, jueves y domingos, para disfrutar del doble programa que a veces se extendía a unas 7 horas de cine… ¡Ah, me olvidaba! Mi madre. Y es que no la tengo en cuenta pues ella veía sólo películas para mujeres, de esas con las que uno no aprendía nada. Es más, no me gustaban. Ella decía que era un maleducado porque todas las veces que la acompañaba lo hacía de la mano. Quiero decir, me llevaba a la rastra a ver esas cosas horribles y lacrimógenas donde se sufría inútilmente. Yo entonces tomaba la iniciativa de detenerme, caerme, gritar, llorar… No perdamos el tiempo. Además, tenía un único ídolo: Rock Hudson. Mejor no continuar con esto.
Mi padre en cambio sí sabía de las películas de acción, de guerra, de piratas… ¡Cómo me gustaban las películas de piratas! Incluso en las que cantaban y bailaban.
Es así que, con apenas 5 años de edad, una noche lluviosa de 1954, mi padre me puso la capucha, las botas y simplemente dijo “Vamos”.
Me mira mientras paga la entrada y me sonríe. Extiende la mano tibia y siento su calor. Nos introducimos en esa cueva obscura e inmediatamente siento la música. Nos sentamos en las filas del costado derecho, punta de banco. No aparto los ojos del color amarillo. En la película llueve, cantan y bailan. Y bailan y bailan. Recuerdo como él canta bajo la lluvia, revoleando el paraguas sin importarle si se moja (en verdad está empapado). Giro y veo a mi padre con expresión de júbilo. Está cruzado de piernas y su pie derecho bailotea. De repente me mira y sonríe. Yo arqueo mi boca hacia arriba, como respuesta, en señal manifiesta de un sentimiento compartido.
Se prenden las luces y llega el intervalo. Mi padre posa su mano sobre mi cabeza y me despeina. “No vendría mal el pebete de mortadela y queso… ¿no?”. Me paro en la butaca y lo miro. Él me toma de los brazos y entonces le digo “No voy a olvidar jamás en mi vida este día”. Mi padre sonríe y dice “tampoco olvidaremos jamás esta película”.
Unos 45 años más tarde siento nuevamente el calor de sus manos. Está en una cama blanca, luminosamente blanca. Me mira, me acerco a él y me dice “¿Sabés lo que más lamento…?” Mi rostro contiene un sentimiento que jamás podré concienciar. Le respondo “¿Qué?”. Entonces junta mis manos con la derecha de él y las lleva junto a su pecho. Nuestras miradas se comunican y me dice “Que no voy a poder vivir las torpezas que hará De La Rúa”. Entre mis lágrimas que ya no se contienen me sonrío tímidamente para luego reírme con más ganas. Él apenas puede reírse. Entonces me acerco a su oído y le digo “¿Recordás el día que vi mi primera película?”. Entonces busca sus últimas fuerzas, me aprieta contra su cuerpo y exclama un débil “Sííí…”.
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Cantando bajo la lluvia (Singin’ in the Rain, 1952) | Stanley Donen y Gene Kelly

























