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Mi primera película

Volver a Derry /// Mariano Morita

Mi primera película
Volver a Derry
Por Mariano Morita

Antes de ver los últimos estrenos conectado a Internet, de necesitar descargar subtítulos y códecs para un correcto visionado, de darle un uso intensivo al DVD Decrypter y al DVD Shrink, de tener miles de discos esparcidos por toda mi casa (algunos ni siquiera poseen rótulo), de tener los tubos de Verbatim cargados de DVD’s que se van rayando y arruinando con el tiempo, de transformar al cine en una ventana más entre las que tengo abiertas en el escritorio de mi PC, de olvidarme a qué personas les presté las cincuenta películas que acabo de darme cuenta que me faltan (y que, tranquilamente, podrían estar debajo de mi cama); antes de todo eso, hubo un momento en el que sólo había tres o cuatro cajas de VHS apoyadas sobre mi videocasetera.

A los nueve años ya era un asiduo cliente de videoclub. Tal vez por eso me es imposible determinar la primera vez que fui a una sala de cine (el recuerdo más antiguo es, quizás, el de haber visto Aladin con mis padres en el cine Atlas de Cabildo y Juramento). Para mí, el cine empezó a adquirir sentido en la pantalla chica. It, aquella miniserie de tres horas sobre un grupo de chicos que son atormentados por un payaso asesino, fue uno de mis primeros videocasetes. El objetivo de mis tíos al hacerme ese regalo era claramente asustarme, pero It, más que asustarme me deslumbró por completo. Era una película diferente, y el hecho de que no haya logrado espantarme ni hacerme llorar hacía que me guste aún más. Había visto la película por primera vez en I-Sat un viernes a la medianoche, dos años atrás. Me mandaron a dormir enseguida y nunca pude terminar de verla, pero haber visto una película de terror para grandes me hacía sentir mayor. Después, en el colegio, me hacía el valiente frente a mis compañeros mientras les contaba la película. ¡Había globos que explotaban en sangre! ¡Había una parte que estaban en la cama!

Dos años después, cuando tuve la película en mis manos, fui descubriendo poco a poco su tremenda fuerza. La novela de Stephen King, llevada a la pantalla por Tommy Lee Wallace (montajista de lo mejor de John Carpenter), tenía un poder enorme sobre mí. No sé si existía algún tipo de identificación con lo que sucedía, pero me encontraba totalmente sumergido en las imágenes y sabía todos los diálogos de memoria (en un doblaje al castellano que hoy repudiaría). En ese momento no sabía que quería estudiar cine, tampoco sabía qué hacía un director, o qué era un “plano”. Pero puedo asegurar que conocía a todos y cada uno de los planos de la película (muchos de ellos todavía los recuerdo).

Junto a Día de la Independencia (Roland Emmerich, 1996) y La nueva pesadilla (Wes Craven, 1994), It ocupaba un lugar privilegiado entre mis videos. Recuerdo una vez en la que mi madre, preocupada por mi adicción a un payaso asesino, me encontró viendo la escena en la que los protagonistas hacían su juramento, reunidos en círculo, luego de haberse deshecho por primera vez del payaso. La escena estaba contada en un solo plano, con la cámara en el centro y giraba en sentido horario a medida que iban juntando sus manos. Era un momento clave de la película: el centro, el momento que definía al futuro de cada uno. Mi mamá se quejó porque le parecía muy raro que todos juren uno por uno, en ese orden y que no lo hagan al mismo tiempo, como sucede en la realidad. Entonces me vi obligado a contestarle: “es una película”. Por supuesto que no era consciente de absolutamente nada, pero hoy pienso que It, con su sistemática conciencia de las formas, y su manera de presentar siete personajes complejos en poco tiempo, me permitió ser testigo de ciertos límites del cine. A los nueve años esto no me importaba, sólo veía la historia. Pero era tanta la atención y fijación, sumada a la excesiva repetición, que todo tipo de pacto de simulación se había roto sin que me diera cuenta. It era enorme, su duración era excesiva y era imposible dejar de verla. La película recorría el día conmigo (hacía varias cosas mientras la miraba). Las imperfecciones de la cinta eran para mí invisibles. Un día se volvió irreproducible: la había visto demasiadas veces.

Mucho más adelante, cuando me adentré en el sofisticado mundo del “cine de autor”, cuando poco a poco fui encontrándome con películas de Bresson, de Godard, de Hitchcock, o de Lynch, cuando inevitablemente se produjo una división mental entre lo que consideraba “cine importante” y “cine poco importante”, cuando empecé a intentar racionalizar violentamente todo lo que veía, necesité redescubrir It. Verla en DVD, sin la opción para verla doblada, sin ningún drop, raya o neblina, es algo distinto y se la percibe de otra forma. Del mismo modo que a otras pequeñas películas que devoraba en mi infancia. Y la verdad es que It es una obra maestra. Así como descubrí que Día de la Independencia es la indiscriminada aplicación del 4 de Julio norteamericano como emancipación del mundo entero, y que La nueva pesadilla es un perfecto ejercicio de cine dentro del cine, también descubrí en It al sórdido lado oscuro de las relaciones entre los seres humanos. Y ahí sí me dio miedo. O por lo menos entendí cuál era el tipo de miedo que me daba. A los nueve años tal vez era muy chico para racionalizar sentimientos tales como la culpa, la nostalgia o la represión. Sin embargo, todo estaba allí frente a mis ojos, antes de todo, cuando mi relación con la pantalla carecía de los caprichosos prejuicios que tiene ahora.

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It, el payaso diabólico (It, Mini-Serie de TV 1990) | Tommy Lee Wallace

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