Mi primera película
La promesa de los telones
Por C. Adrián Muoyo
Las primeras películas que vi fueron en televisión. Allí descubrí el cine clásico, grandes series, el western, la ciencia ficción. Mi hermana, cinco años mayor, fue una guía de lujo. Mis viejos y uno de mis tíos, también. Al principio oteaba lo que ellos veían, preguntaba. Me plantaba frente al televisor. Ellos me decían éste es tal o cual actor o aquí actúa éste o aquél. O esto está basado en tal libro. Al poco tiempo, recuerdo que ya sabía qué quería ver. Ava Gadner, Lana Turner, John Wayne, Stewart Granger y tantos otros que eran como unos conocidos de toda la vida. Durante mucho tiempo —hasta mi adolescencia— pensé que en todas las casas era así. Nunca olvidaré la amarga tarde cuando en mi primer trabajo, en una charla con mis compañeros, supe que nadie sabía de ellos.
Si bien las películas en televisión me habían subyugado, el cine tenía un aura ceremonial, que de alguna manera no se ha perdido para mí. Quizás porque estas primeras impresiones de lo cinematográfico me han marcado en forma perdurable. Es que había que ir al cine. Juntar varios parientes o amigos, establecer un día y una hora. Vestirse bien.
Mi primera película en el cine fue Veinte mil leguas de viaje submarino, de Richard Fleischer. Fui a verla a mediados de los setenta, en el Cine San Martín, de Avellaneda, justo a la bajada del Puente Pueyrredón. Aunque pudo haber sido el Maipú, que estaba a la vuelta. Eran cines que —para semejante ceremonia— tenían algo de templo. Un espacio para la consagración de un arte. Y ese arte era el cine. Recuerdo haber entrado a la sala y ver el telón que ocultaba la pantalla. Era prometedor. La tela, de alguna manera, parecía decir “aún no, pero esperá un ratito que te vas a maravillar”. Esperé, junto a mi hermana que me había llevado. No recuerdo bien si había carteles con avisos publicitarios como solía haber en muchas salas por esa época. Los vi, pero no sé si fue ese día. Lo cierto es que el telón se descorrió y aparecieron las publicidades. Supongo que habrán sido avances de otras películas y algunas propagandas que también se emitían por televisión. El ritual continuó cuando bajaron las luces y empezaron los títulos. Al final de los créditos iniciales, otro telón —esta vez en la propia película— se abría para dar paso a una imagen del libro de Verne. El entusiasmo abrió mis ojos hasta dejarme sin pestañear y me preparó para lo que venía. El cine mismo.
A la luz de un atardecer marino, un barco a vapor navega acompasado por una música tan tranquila como las aguas que transita. Pero la música comienza a cambiar casi tan rápido como el plano, que ahora nos muestra al Nautilus del capitán Nemo deslizarse apenas bajo la superficie del mar para arremeter contra la nave. La velocidad combina y deforma las luces verdes del submarino y los tonos diversos del océano. Todo parece arrastrado por la estela multicolor del Nautilus que traza una diagonal violenta en el encuadre. El sonido de sus motores sublima la escena.
Viví ese momento fundacional de mi mirada cinematográfica como una revelación. El cine sería a partir de ahora —y entre otras cosas— el lugar del movimiento desmesurado que atraviesa o persiste en una pantalla. Un estallido de color. Una combinación desbordada de tonalidades en acción que incluso luego encontraría en los filmes en blanco y negro. Esta impresión puntual la volvería a encontrar muchas veces en una sala de cine. E incluso en otras artes. Años después la sentí al contemplar la obra tardía de Turner, donde las sensaciones priman sobre las formas.
Salí de la sala con la certeza de haber descubierto un mundo nuevo. Con mi hermana nos fuimos rápido a casa. Quería contar la experiencia lo antes posible. Supongo que la admiración por la película duró bastante tiempo. Mi viejo me compró el libro. Al leerlo, encontré aventuras que no estaban en la película. Me sentí algo desilusionado. Hasta ese momento había pensado que el filme era la expresión visual y minuciosa de la novela. Este desengaño no pudo, sin embargo, borrar las placenteras sensaciones del cine. Al punto que, desde ese momento, comprendí que me había procurado un “star system” propio. Nemo nunca dejó de tener el rostro de James Mason. Años después, al leer Moby Dick, en mi mente Ahab era Gregory Peck. Lo mismo ha pasado con cada relato de Poe, que —en mi imaginación— no podía ser protagonizado por otro que no fuera Vincent Price. Casi en forma inconsciente, había hecho un pacto entre el cine y la literatura donde las películas me brindaban la materia visual de mis lecturas. Para entonces, ya había “perdonado” las licencias en la adaptación Veinte mil leguas de viaje submarino, que habían cambiado hasta el final.
Es que justo el final ha perdurado en mi memoria tanto como la escena del comienzo. Es cuando Nemo, en su postrero gesto de vida, abre la gigantesca claraboya de su camarote. Una ventana muy particular, porque se abría con un diafragma, similar a los de las cámaras de fotos. La claraboya se abre con vista a las profundidades marinas. En ese instante, Nemo muere. Con los ojos abiertos, desorbitados. No sabía, hasta ese momento, que la gente podía morir con los ojos abiertos.
Hace poco volví a ver la película. Me detuve en esa escena. Comprendí recién ahora lo que antes me había impresionado por puro presentimiento e insinuación. Esa claraboya era una invitación a sondear todos los misterios, aún aquellos que nunca serán revelados. Ese diafragma era todos los telones. Esa ventana a los abismos era todas las pantallas. Aquellas que pretenden calmar la avidez insaciable del ojo humano con algo más grande que la vida.
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Veinte mil leguas de viaje submarino (20,000 Leagues Under the Sea, 1954) | Richard Fleischer

























