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Mi primera película

Cada vez, una primera vez /// Gerardo Palanco

Mi primera película
Cada vez, una primera vez
Por Gerardo Palanco

A decir verdad, fue mi padre quién descubrió mi amor por el cine desde muy pequeño, una pasión que iba desde los dibujos animados en el Cine Real de la calle Esmeralda hasta las películas del Cosmos 70 o el Cine Moreno en Caballito, donde viví toda mi infancia.
Pero no nos adelantemos. Lo cierto es que esta relación comienza mucho antes, con mis primeras experiencias como proyectorista.
En primer lugar con el cine Graf, dibujando películas y moviendo el carrete colorado para que pasaran las imágenes, quemándome los dedos con la lata azul que se calentaba por la temperatura de la lamparita.
Un poco más tarde llegaría mi propio cine, el que yo mismo armaba en mi casa, con los chicos del barrio. Con apenas 6 años ahorraba parte de lo que me daban para gastar en el recreo del colegio y así iba comprando las películas por partes. Así llegó el primer carrete de Carlitos, El Vagabundo; luego esperar, ahorrar otros meses más, y así acceder a la segunda parte. Lo curioso es que compraba las películas sin contar aún con el proyector de Super 8… ¡No importaba! Internamente sabía que ese día llegaría y debía estar preparado.
Así fue como un día mi padre me sorprendió con el proyector, y pese a que no pudiera reproducir sonido, mi felicidad era tan grande que el hecho de ver las imágenes sobre la pared era recompensa más que suficiente para mí.
Fue en esos años cuando —como les decía— fundé mi propio cine, cuya programación se anunciaba en los programas que yo mismo diseñaba artesanalmente, uno por uno, emulando el del cine Moreno, contando inclusive con reproducciones fieles y dibujadas de las publicidades del almacén de la vuelta, el kiosco de la cuadra y otros comercios.
Mi colección contaba con cortos de La pandilla del barrio, Charles Chaplin, Los Aristogatos, entre otros, que yo felizmente proyectaba en mi casa o —en su versión itinerante— en los cumpleaños de amigos del edificio. Aún hoy los vecinos de la casa de mis padres recuerdan cuando proyectaba en el paredón del edificio lindero Carlitos en las termas —¡cuánta gracia me daba la borrachera de Carlitos!— y los cortos de Harold Lloyd. Tesoros que aún hoy conservo.
Más adelante, por fin llegaría el momento del aparato sonoro, proyectando con la misma devoción intacta los largometrajes que alquilaba en Cinematografía Lavalle, ya que únicamente Cinematografía Cunto los vendía pero eran muy caros.
¿Pero cómo era esto…? Ah, sí, mi primera película en una sala de cine. Invitados por el amigo de mis padres, Juan Carlos Ciancaglini —ferviente amante del cine, productor y cuñado de Leopoldo “Babsy” Torre Nilsson— vivencié mi primera avant premiere: ¡Hola Señor León!, una película infantil filmada en África, cuyo protagonista era un niño rubio de un rostro que quedó impreso en mi memoria. De ese día recuerdo también a Juan Sábato y a Alfredo Alcón sentados cerca de mi butaca.
Esa primera película inauguró un rito que se repetiría incansablemente… con cada título nuevo una emoción única, como aquella vez que mis padres no tuvieron más remedio que sacarme de la sala, pues mis llantos no cesaban, producto del temor que me ocasionaba la bruja en El mago de Oz, que mis apenas cuatro años no podían resistir. También las películas de Louis de Funes, Manías de grandeza, Fantômas y toda la saga de El gendarme, llamadas en Argentina Un loco lindo en… Las películas de los Hermanos Charles en Cinco locos mosqueteros, Cinco locos avivados, Cinco locos en el supermercado… 
También recuerdo sentarnos con mi familia en las butacas de nuestro automóvil y desde allí contemplar las más diversas películas, como El Golpe, que vimos en el ya inexistente autocine AeroTodo, en la terraza del estacionamiento del Supermercado Todo de la calle Empedrado.
Recuerdo también de aquellos tiempos una cantidad de cines impresionantes, cuyos nombres y direcciones yo memorizaba a la perfección, esperando la renovación de cada jueves. Los cines medían su concurrencia a través de “semanas” en cartel, por lo que no era extraño que muchas películas llegaran a estar exhibiéndose por meses (¿costumbre en extinción?). Las películas que se estrenaban decían “Hoy gran estreno” y las que se reponían sólo decían “Desde hoy”.  De aquellas reposiciones, no sé si la primera, pero si la que guardo con más devoción: Melody, de la que incluso hoy mi colección en Super 8 cuenta con una copia en este formato.
Pero sigamos… La Madre María con Tita Merello, que debido a la muerte del General Perón —presidente del país en ese entonces— no se estrenó un jueves como usualmente solían estrenarse; y las prohibidas que no podía ver pero las imaginaba como El Exorcista, en donde se aclaraba que había una ambulancia en la puerta por si la gente se descomponía en la exhibición.  La Mary, suceso en 1974, junto con La Tregua y Boquitas Pintadas.
De las argentinas, emblemática para la edad que tenía fue La gran aventura, que se estrenó en el cine Monumental y luego de varias semanas volví a ver en el Cine Iguazú, en donde tres súper agentes, Hércules, Apolo y Centauro, luego re-bautizados en la segunda película de la saga La Súper Súper Aventura, como Tiburón, Delfín y Mojarrita, firmaban autógrafos y me entregaron una lámina en colores del Chevron naranja que como un gran efecto de producción rompía una tranquera de madera.
Tengo un muy feliz recuerdo de haber ido a ver con mis abuelos y mis tíos Juan Moreira y de sentirme identificado en el cine Radio City de Mar del Plata un verano de 1975 con el pequeño Dennis del musical Mame con Lucille Ball.
Otra película que recuerdo que vi más de una vez fue una película checa llamada Tren Estación Cielo en el cine Cosmos 70, que lamentablemente no pude volver a conseguir. Otra que tampoco, Robby, Jenny y el Leopardo y Puchito Campeón, todas películas de mi infancia que fueron el inicio de miles de horas sentado en una butaca soñando, riendo, pensando, emocionándome y formando la persona que soy hoy, cristalizando mi amor por el cine y esa magia que sólo la siente la persona que es hipnotizada mirando una pantalla en blanco y volviendo a comenzar en cada proyección, cada vez, una primera vez.
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Carlitos, El Vagabundo (The Tramp, 1915) | Charles Chaplin

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