Mi primera película
Esperando mi próxima primera película
Por Emilio Parij
Por lo general me gusta decir que mi primera película es alguna de las que se pasó por Sábados de Súper Acción la tarde del 12 de Noviembre de 1983, cuando mi madre estaba mirando la tele y su hijo —es decir yo— decidió venir al mundo. Según cuenta el mito familiar, mi madre esperó a terminar la película para ir al hospital, aunque ella niega haberme dejado esperando.
Pero si me preguntan cuál fue mi primera película como espectador, se configura más bien un caos de imágenes de Disney y alguna que otra de García Ferré. Lo cierto es que la primera película que recuerdo en cine, sentado en una butaca cerrada para poder estar un poco más alto —nunca me caractericé por la altura—, me lleva a mi queridísima ¿Quién engañó a Rogger Rabbit? (Who framed Roger Rabbit?, Robert Zemeckis, 1988), donde mi recuerdo más presente es la oscuridad de la sala. Y cuando digo oscuridad es textual, porque a mitad de la película se cortó la luz, todo quedó a oscuras y nos tuvimos que ir del cine.
Recuerdo que nos iban a dejar volver otro día, pero yo no volvería por nada del mundo: ese señor pelado que andaba con unos líquidos verdes me había hecho sentir miedo, así que supongo que terminé de verla mucho tiempo después, alquilada en el videoclub, ese que quedaba al lado de mi escuela primaria. De este videoclub amigo recuerdo aún mi número de socio. Incluso lo aprendí antes que el número de teléfono de mi casa, ya que a los 10 años era muy asiduo y siempre que me presentaba me lo solicitaban. Ahora que lo pienso mejor, me pregunto: ¿por qué los del videoclub me solicitaban el número de socio cada vez que iba? Si me conocían de memoria ya. ¿Les daría gracia que lo sepa y se los repita? ¿O simplemente sabían que me gustaba repetirlo porque me hacía sentir y demostrar que “era grande”? Sin lugar a dudas, hacerles notar que ya estaba en edad para portar un código numérico y elegir mis propias películas me hacía sentir distinguido, aunque a decir verdad siempre era la misma: Capitán América (Captain América, Albert Pyun, 1990). Esa cinta no descansaba, me la llevaba por tres días, la dejaba descansar dos, y me la volvía a llevar por todo el fin de semana.
Sigamos. En orden cronológico podría hablar de la primera película por la que esperé a su estreno en sala. Tenía unos 13 años y me había enterado que salía la nueva Alien. Supongo que previamente había visto las anteriores Alien por cable, pero mi recuerdo es el de esperar casi un año el estreno de Alien 4.
Cada dos semanas pasaba por el cine y le preguntaba al señor de la boletería por su estreno. Por desgracia, siempre contestaba que no se sabía, que estaban esperando… Yo lo relacionaba con este pensamiento a priori de que las cosas aquí siempre tardaban más en llegar porque viajaban desde el otro lado del mundo, y cuando la gente dejaba de verla por allá, recién ahí las traían para acá, para proyectarlas en los cines. Por lo tanto, calmaba mi ansiedad en ascenso a través del afiche con letras verdes, en el que se encontraban Ripley y otra chica que por ese entonces no tenía idea de quien se trataba.
“El mes que viene” —me dijo un día. Me entusiasmé por demás, ya que iba a estrenarse durante el mes de mi cumpleaños. Ni bien llegó noviembre fui a preguntar el día, pero otra vez, más para mi desilusión, se había vuelto a atrasar, y su certeza se hacía aún más difusa: “…y en diciembre, o tal vez enero” —me dijo.
Seguí acercándome al cine hasta que finalmente tuvo fecha precisa: Abril de 1998. Esta vez no aceptaría retrasos ni falsas informaciones que jugaran con mis sentimientos, por lo que me había preparado muy bien con mis amigos y cualquier cambio en la programación sería motivo de quejas y alboroto. Sin embargo, esta vez el sentimiento de decepción no sería causado por alimentar previamente falsas expectativas: Alien 4 (Alien: Resurrection, Jean-Pierre Jeunet, 1997) simplemente toda ella me desilusionó. ¡Respiraban abajo del agua! ¡Por favor! Fue tan fuerte el desencanto que no me he sentado a verla completa desde aquel entonces.
Luego de estas situaciones truncadas por la falta de luz, el miedo y la desilusión, finalmente llegaría la primera película que me hizo salir del cine pensando que el mundo había cambiado mientras yo estaba adentro (de la sala y de la película, claro): Matrix (The Matrix, Andy Wachowski, Lana Wachowski, 1999). Definitivamente generó un cambio en mí, a tal punto que estoy convencido que fue esa la película que terminó de definir mi decisión de dedicarme al cine, y empezar a devorar películas. Tanto fue así que meses después recuerdo haberme escapado por primera vez del colegio secundario para ir a ver una película, y casualmente fue Star Wars – Episodio 1 (Star Wars: Episode I – The Phantom Menace, George Lucas, 1999), la primera que vi tres veces en cine.
De ese mismo año recuerdo la primera película que proyectaron en una sala conmigo como único espectador, y puedo decirles que me dio miedo, porque no era otra que El proyecto de la bruja de Blair (The Blair Witch Project, Daniel Myrick, Eduardo Sánchez, 1999).
Y así podría continuar con mis primeras películas, porque no tengo el recuerdo específico de una primera película, sino un montón de películas, que me van haciendo descubrir la primera vez que experimenté algo diferente, algo nuevo. Por ello para mí, cualquier película que me emocione, debe sentirse como nueva, siempre.
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Alien Resurrección (Alien Resurrection, 1997) | Jean-Pierre Jeunet

























