Mi primera película
Antihéroes, música y nostalgia
Por Patricio Pomares
Ya quisiera yo empezar estas líneas con la frase “Corría el año…” o “Era una noche fría/calurosa de invierno/verano…”, pero la verdad, por más que me propusiera someter a mi memoria a realizar exigentes ejercicios de recuperación, lo cierto es que no lograría llegar a tal nivel de precisión. Lo sé porque me conozco, ¡claro!, y muchas veces lo he intentado sin tener demasiado éxito en mi empresa. Ahora que lo pienso, quizás si recurriera a una inducción hipnótica…
De todas maneras, creo que es mejor así; al fin y al cabo no me gustaría que un exacto archivo visual estropeara la sensación que me producen los pocos recuerdos que tengo de ese momento, revelándome alguna realidad menos rica o, peor aún, contraria a la que la distancia de los años se ha encargado en construir y con las que realmente me siento a gusto.
En ese sentido, imaginemos por un segundo un YouTube de nuestros recuerdos, una especie de tecnología capaz de registrarlos como sucede en Minority report e incluso de manipularlos como en Eternal sunshine of the spotless mind… ¡No, gracias, paso! No quisiera caer en la cuenta que ese gol que metí en un partido de barrio cuando tenía 6 años, en verdad no fue gambeteando a medio equipo contrario, sino que en realidad fue dejar en el camino únicamente a dos, y más por torpeza de los adversarios que por habilidades maradonianas propias.
Habiendo preparado el terreno entonces, ya estarán dilucidando que, sin dejar de ser honesto en mi relato, lo que sigue a continuación es fruto de la confluencia de tres vertientes: memoria explorativa, memoria adquirida y fantasía mimética.
Pues bien, la primera película que recuerdo haber visto en una sala de cine es Ico, el caballito valiente (1981, Manuel García Ferré), y lo más llamativo es que las cosas que recuerdo de la película no incluyen ni a Ico ni a su valentía.
En efecto, al momento en que me realizaron la pregunta que disparó este cuento, la primera cuestión que enseguida captó mi atención es el hecho que, a diferencia de las pocas imágenes de la película en sí, vinieron a mí una cantidad considerable de impresiones —llamémosles “contextuales”—, cayendo en la cuenta que realmente se colaron en mi frágil memoria y han perdurado fuertemente grabadas en mi cabeza hasta el día de hoy. Seguramente explican mucho de lo que soy, como si a través de poner en palabras esta vivencia (reconstruyéndola) emergieran ciertas marcas reconocibles, como una radiografía de mi persona a través de una película.
Comencemos por Largirucho y un tema que le cantaban unos caballos (¡ey, este recuerdo sí pertenece a la película!), del cual rememoro perfectamente el estribillo: “Ay Largirucho, ay Largirucho, con esos planes no vas a durar mucho”. Pues bien, es hasta el día de hoy que, sin haber vuelto a verla, estoy seguro que al entonarla lo hago exactamente igual a la versión original —o al menos así quiero creerlo y nada hará que cambie de opinión, ni siquiera intentar corroborarlo con un nuevo visionado, aunque confieso, como siempre en estos casos, la tentación es grande—.
Me permito una pequeña digresión para dar cuenta del maní con chocolate que venía en una cajita amarilla, del que obviamente no recuerdo la marca pero del que estoy seguro sólo se tenía la oportunidad de comer cuando te llevaban al cine.
Sigamos. Con relación a esos recuerdos…
En primer lugar, el de la movilización y la exaltación de ir a la Capital Federal. Pasé toda mi infancia y adolescencia en un barrio que queda a hora y media de la Capital, en el corazón de mi entrañable Ituzaingó. En aquella época, carente de autopistas, sólo una muy buena razón justificaba a mi familia emprender un viaje “al Centro”, y esa movilización me provocaba mucha ansiedad.
Otro de ellos, quizás el más fuerte, es el que refiere a mis abuelos, que en retrospectiva los encuentro en cada experiencia importante de mi vida infantil, incluyendo esta primera vez en el cine, ya que fueron ellos los encargados de llevarme junto con mis hermanos. Definitivamente aquellos abuelos serán por siempre parte de mi memoria, aunque deba reconocer que los años se han encargado que estos de hoy -de los cuales sólo uno sigue con vida- sean tan queribles como aquellos, pero que inevitablemente ya no sean los mismos, aun cuando mi latir siga intacto.
Para terminar, lo último que recuerdo de esa noche inaugural es Los Inmortales, a la salida del cine, aunque en este caso debo confesar que tranquilamente podría devenir de un proceso de ficción, sustentado por el ritual infranqueable de ir a la misma pizzería cada vez que veníamos al Centro. De una forma u otra, lo cierto es que esa imagen se las ha ingeniado para formar parte del suceso en cuestión.
En este punto vale aclarar que aunque esa costumbre se ha repetido hasta el día de hoy, lo cierto es que aquella mítica pizzería que habita en mis recuerdos era mucho más grande y sus gustos mucho más sabrosos. Por lo tanto, elijo forzar impunemente a mi memoria, para obligarle a comprender que la que se erige en la actualidad es únicamente pasajera, y que aquella que conocí con mis abuelos la volverán a montar el día que tenga un hijo con la edad necesaria para llevarlo por primera vez al cine.
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Ico, el caballito valiente (1981) | Manuel García Ferré

























