Mi primera película
La infancia irrecuperable
Por Javier Rebollo
Muchos han hablado de la experiencia de ir al cine, Serge Daney, Alain Bergala, o, en otro sentido, los americanos; no digo hablar de la experiencia de ver películas sino de la de entrar en una sala de cine y que a mí me interesa tanto como las películas. Me considero un cinéfilo, una palabra un poco devaluada, envilecida casi, un cinéfilo en el sentido que Susan Sontag le otorgaba a la palabra “cinéfilo”, el de aquel que conoce la historia del cine, que se entusiasma con el cine como forma artística y que, a la vez que vuelve a ver las grandes las películas una y otra vez, está atento a las de hoy con curiosidad; este tipo sensato de cinefilia nada tiene que ver que ver con esa otra cinefilia fetichista, sentimental, nostálgica, ñoña.
Vivo en la época que me ha tocado vivir, como ustedes, y tanto en la vida como en el amor creo en la eternidad, no en el sentido de que no tenga finitud, sino en el sentido de vivir el presente, sin anhelos por el porvenir ni nostalgias por el pasado. Por eso, convocar cualquier primera vez puede ser peligroso, doloroso, defraudar, ser engañoso.
La primera vez que me miró una película, la sala estaba hipnotizada como por un fakir, que diría Cocteau, la sala estaba llena, la sala no era ni sala, porque era al aire libre. La gente bebía y fumaba, se besaba, comía, y el mar al lado. Como no había asientos para tanta gente (en realidad eran sillas de playa, de madera) el público se sentaba en el suelo o se quedaba de pie. Al fondo, al lado del proyector, había un bar con cocina y un olor a tortilla de patata, lomo adobado y panceta, y, constante, un trasiego de las sillas al bar y del bar a las sillas porque no cerraba la cocina durante toda la proyección (y esta primera película que vi es larga). Hoy el cine ha dejado de ser un espectáculo gregario, comunitario: la tortilla de patata y los besos, los cigarrillos y la panceta, todo esto ha desaparecido; y lo digo sin dramatismo, porque el cine no ha desaparecido, sólo la manera de verlo, por eso, cuando pienso en esta primera película que vi en un cine (y la recuerdo perfectamente) me interesa más que la película cómo ella me vio a mí y cómo fue la experiencia de verla; me interesa más cómo era el Javier de entonces que miraba una película por primera vez en un cine de Verano, agarrado a una botella de gaseosa de marca La Casera, sentado en el suelo con poquísimos años y pantalones cortos. Feliz en exceso.
Ir al cine es para mí una experiencia íntima, perteneciente al territorio del deseo y difícilmente transmisible (por eso es tan difícil hablar de lo que te gusta, que diría Stendhal, y precisamente por eso me esfuerzo, como Mekas, en hablar sólo de lo que me gusta y no perder el tiempo hablando de lo que no me gusta). La película que vi aquella noche era una película de un director norteamericano de origen italiano que a mí me recuerda a Welles; de ambos, de su cine, me gustan más sus escenas por separado que sus películas completas. El cine se llamaba Costa Blanca y está (aún existe) en la playa de San Juan, en Alicante. Me llevó mi abuela paterna, la yaya Tere, una mujer de la guerra, tristísima y flaca como un sarmiento. Sentada en la silla de madera, parecía ella formar parte de la silla. En esta época y en verano ir al cine en Alicante era un rito (que no rutina) de cada sábado, pusieran lo que pusieran iba todo el mundo al cine y había muchos cines. Esa fue mi primera vez sin saber aún qué era el cine ni qué iba a ver. Y si la yaya Tere hubiera sabido la película que íbamos a ver, no me hubiera llevado nunca.
En Nadjia Breton decía que se debería ir al cine sin premeditación, pensando más en la sala oscura que en la película, entrando de repente, sin planes, en una ciudad de provincias, desconocida, con una película también desconocida y con la proyección empezada, dejándose llevar por los sentidos sin conocer ni el título ni al director, instalándose, como dice Barthes, en el asiento del cine como en una cama, territorio del deseo el de la sala, con el cuerpo en libertad. Este erotismo de la sala del cinematógrafo en el espacio doméstico y familiar de las casas se ha perdido; y es en esa oscuridad de la sale de cine, que tan bien describió Barthes en Lo obvio y lo obtuso, donde está, muchas veces, más que en la película misma, la fascinación de la película. También habría que salir del cine antes de que acabara la película (como mi abuela intentó ante tanta sangre derramada, aunque yo no me dejé, agarrado a la botella de gaseosa), y sumergirnos en la ciudad, en la multitud anónima, solos, con el recuerdo de la película reverberando en la cabeza.
No me gusta ir al cine con nadie excepto con Lola Mayo, y cuando salgo lo hago como un ladrón, agacho la cabeza y me escabullo agarrado a su mano. Me resulta por eso difícil escribir de la experiencia de ir al cine, por ser éste un territorio demasiado íntimo y secreto, tan del deseo, de la experiencia privada, experiencia de la que la mayoría de las veces estamos ya privados. Privados porque el olvido es una extraña forma de recuerdo y, a la vez, porque sucede que las cosas no fueron como se recuerdan, sino como se las recuerda, decía Cabrera Infante citando a Quevedo; y en esto se basa buena parte del cine de Tarkovski (y de su vida), en la tragedia, en el hecho terrible de que en la vida y el pasado, en la nostalgia, las películas que nos miraron desde la infancia y la juventud, no son las mismas porque nosotros hemos cambiado, y ya es imposible volver a casa, es imposible recupera la infancia. No hay nada peor que ponerse en contacto con la fuente de nostalgia, pues la destruye, como dice Bachelard en La poética de la ensoñación (y estoy seguro que muchos de ustedes lo han comprobado, ya sea con un juguete, con una película que vieron siendo niños, con un paisaje o con su primer amor).
Ayer me encontré a Fernando Mendez-Leite en El Corte Inglés. Comprábamos los dos películas, llevaba él una película de Guy Hamilton, Entre dos fuegos, y miraba la caja curioso como si encerrara ésta un mecanismo extraño: un thriller de la Fox con Robert Mitchum, años 50 —me dice— lo recuerdo perfectamente, la vi en el Cine Avenida (—que ya no existe—), en su estreno, cuando estaba en primero de derecho, no me acuerdo nada de ella, no debe ser buena y sé que va a defraudarme, pero quiero verla. Méndez Leite comprando esta película ayer estaba tratando de recuperar al joven que fue y, él lo sabe, hay en ello una tragedia grande, dos tragedias, la tragedia de la imposibilidad de recuperar el momento y la tragedia de que ese momento (como en la vida) tampoco llegamos a poseerlo nunca, porque casi seguro tampoco nos perteneció como creemos que nos pertenecía. Por eso mi ansia de vivir en el instante eterno, en el ahora. Ésta, como dice Estrella de Diego, es la paradoja del cine de Andrei Tarkovski, de todo el cine, de todo espectador, de ustedes y de mí, el comprender que las cosas nunca fueran como las recordamos.
Recuerdo que era agosto porque en verano íbamos siempre a Alicante, recuerdo que las estrellas estaban altas, ahí arriba, recuerdo sobre todo a mi abuela que quería sacarme del cine y que yo no podía retirar la vista de la pantalla. A mi abuela no le gustaba el cine, vivió siempre tejiendo desde niña su depresión al lado de un jilguero (¿o era un canario?), luego llegaron los electroshocks y el jamón york con tomate que fueron encerrándola más y más en sí misma en un esquina de la esquina del sofá. Yo tenía cuatro años, porque la película es del año 1973 y las películas llegaban a estas salas de verano con un año de retraso. Llevaba pantalones cortos, tenía el pelo muy negro.
Ésta fue la primera película que vi, que me miró, una película de gángsters, de furia y de familia, de delación, y mentira, shakespeariana. Pero no fue esta primera película en la que se me revelara que el cine sólo simula contar historias; que el cine también es forma, materia y pensamiento lo descubriría mucho más tarde, en otros cines y con otros directores, con Chaplin y de la mano de una chica, por televisión con Renoir, Rossellini, Rohmer, y Truffaut; pero la primera película que me miró en mi vida, la primera fue ésta que les he contado y que ya han adivinado.

























