Connect with us

Hi, what are you looking for?

GrupoKane.net.arGrupoKane.net.ar

Mi primera película

El plan /// Maximiliano Rodríguez

Mi primera película
El plan
Por Maximiliano Rodríguez

Reconozco que entre una cosa y otra, y sobre todo por la inmediatez en la que vivimos —de la cual no estoy exento—, he perdido un poco, por no decir bastante, la costumbre de escribir y la magia de encontrarse con esas manifestaciones que otorga el proceso de escritura… ¡Ni hablar entonces de sentarme a recuperar un momento tan preciso como mi primera vez en el cine!

Por ello, ante tan agradable propuesta me dije “¡qué bueno!”, una excusa para retomarla; me relajo entonces y disfruto de sumergirme en ese recuerdo.

Y así fue… así fue como al cabo de una par de horas no sólo tenía la hoja en blanco sino que no lograba recordar cuál había sido mi primera película. Incertidumbre total. Bloqueo mental.

Sin embargo, luego de un rato conveniente acompañado de mis siempre fieles mates, comencé a recuperar sensaciones, olores, imágenes, momentos… el recuerdo del recuerdo que estaba buscando.

Bahía Blanca, la Galería Plaza, ubicada en el corazón de la ciudad, pleno centro (del Interior, ¿no?) y con sus salas de cine (dos en total, a saber Plaza 1 y 2 respectivamente). Allí fueron mis primeras veces. No recuerdo exactamente su cronología o qué películas vi, ¡pero sé que ahí fue! Con sus carteleras en el exterior y los anuncios de sus dos películas continuadas. ¡Sí! Épocas de dos películas (para los de corta edad les aclaro que durante el apogeo de mi infancia, allá por los 80´s, entre mis 6 y 8 años de edad para ser más precisos, en el cine pagabas una entrada y veías dos películas continuadas… y no era promo ¡eh!).

Todo comenzaba con el diario del fin de semana (ni pensar en medio de la semana, ¡no se usaba!). Mamá por lo general decía “¿Vamos al cine?”, a lo que automáticamente respondía “¡Sííííí!”. Era “el plan”. Elegíamos las películas y empezaba el día.

Ahora bien, seamos honestos, no todo era color de rosa. Mas allá del final feliz la historia no empezaba como tal. Antes de ir al cine e internarnos entre 4 y 5 horas, había que cumplir antes una serie de obligaciones infranqueables pautadas de ante mano. La primera de ellas: ¡dormir la siesta! “Temita” generador de pataleos y rezongos por demás, que obviamente finalizaban conmigo durmiendo la siesta. A esto le seguía el otro mandamiento fatal: ¡bañarse! ¿Para qué? No es que hoy no disfrute de las bondades de un baño reparador, pero convengamos que para un niño de 6 años que pasa gran parte del día jugando al fútbol o vagabundeando con sus amigos, las marcas y la suciedad son de cierta forma un rasgo de distinción entre sus pares. En fin, todos sabemos lo que cuesta bañarse a esa edad, a lo que obligadamente le seguía vestirse para la ocasión con las mejores zapas y la mejor ropa. Realmente era “el plan”.

Así llegábamos a la Galería Plaza. Enorme, imponente, fría y oscura, pero con la alegría y la emoción que invadían, y no sólo por las golosinas que me compraban antes y durante el descanso de 15 minutos entre película y película, sino también por la ansiedad de entrar a vivir una fantasía.

Ya con las golosinas en mis manos, luego de pasar por la interminable cola para entrar, sentado en esas butacas de cuero con el asiento levantado para poder ver mejor, la luz comenzaba a desvanecerse y mi atención quedaba únicamente inmersa en la pantalla. La recorría en su totalidad sin perder detalle. Ansioso. Expectante. Atónito. Poco a poco y a medida que la película avanzaba esa fantasía de la que hablaba me tomaba por asalto para convertirse en pura realidad. Estaba dentro de la película. La vivía, la sufría, era un personaje y después otro: saltaba con el caballo, le disparaba al malo, volaba con el superhéroe y hasta era capaz de sentirme triste cuando un extraterrestre pequeñito con el dedo iluminado —prácticamente mi amigo—, señalaba al cielo y decía que tenía que volver a su hogar.

Así transcurría y vivenciaba cada película, de fantasía a realidad sentidas. ¿Y es que acaso no es esa la capacidad más maravillosa del cine?

Intervalo.

Las luces se prendían de a poco, el silencio iba desapareciendo, algunos salían a tomar un poco de aire y estirar las piernas, otros nos quedábamos anclados a las butacas hablando de uno u otro personaje, de “¿Qué pasó? ¿Y por qué hizo eso? ¿Y viste cuando…?”, con toda la adrenalina de lo recién contemplado, poniendo en palabras aquellas imágenes que aún seguían titilando en las pupilas, tratando de capturarlas como por asalto al corazón y así reproducirlas una y otra vez, generando mis propios relatos, como el que ahora le presento a mi lector.

Recorría la película tantas veces como podía charlando con mi mamá, mis hermanas o quien estuviera allí cerca, inclusive recordando momentos en mi cabeza, proceso que únicamente podría interrumpirse por una sola presencia: el vendedor de golosinas, que aparecía con su caja de madera colgando de su cuello con toda una batería de dulces en exposición que tentaban a cualquiera. En ese instante saltaba de la butaca y haciendo señas con mis manos lo llamábamos, se acercaba y nos daba a elegir.

Y otra vez, con las manos y el alma llenas pero la imaginación siempre hambrienta, volvían a bajar las luces, nos acomodábamos y comenzaba una nueva ilusión.

Click to comment

Leave a Reply

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Tal vez también puedas leer.