Mi primera película
Las salas de las fantasías
Por Ricardo G. Rodríguez
Ella era muy linda, tan linda que me enamoré perdidamente pese a mis escasos cuatro años. No sólo era linda, sino también rubia… Me conquistó desde la pantalla. Su risa era un cascabel. Su voz —un tanto chillona—, resonaba en mis oídos como melodía angélica. Esa bella mujer no era más que una niña grande. Porque actuaba y se comportaba como una niña y su candor infantil se conectaba mágicamente con mi propia niñez.
Vivíamos en la calle Rojas a 50 metros del subte de Primera Junta. Donde hay galerías comerciales había cines de barrio. El Primera Junta, el Astro y el Moreno. Me llevaban al cine todos los jueves de todas las semanas, desde muy chiquito. En esos cines nunca daban estrenos. Para ver películas nuevas había que ir al Centro, a Lavalle o algunos de los cines grandes de Corrientes: el Ópera, el Gran Rex, el Broadway, el Metropolitan. Pero la mayoría de los cines estaban en Lavalle.
Mi mamá no tenía tiempo para semejante excursión. Al Centro se iba en tranvía, porque el subte te dejaba a cinco cuadras. ¿Se imaginan? Desde Caballito era una hora de tranvía. Mis salidas por el barrio las hacía con mi abuela —la madre de mi mamá—, a quien, como era italiana, le decíamos “nona”. La nona era viuda y vivía en nuestro mismo edificio, en otro departamento —nosotros en el 2, la nona en el 6—.
El paseo de los domingos era ir a visitar la tumba de mi abuelo, obviamente, el “nono”. Poníamos las flores y rezábamos el Padrenuestro y el Avemaría. Después la nona se despedía y nos volvíamos como habíamos ido, con el tranvía 88.
La nona también me llevaba al Parque Rivadavia que, en aquella época, se llamaba Lezica, porque ése era el apellido de la familia ilustre que había donado el predio. Todavía hay una calle que los recuerda. Otro juego que hacíamos con la nona era subirnos al puente de la calle Rojas que cruza sobre las vías del ferrocarril. Cada vez que pasaba un tren, nos poníamos arriba del mismo, desde el puente, claro, y saludábamos a todo el mundo. Pero lo divertido no eran los trenes eléctricos de pasajeros sino los cargueros con locomotora a vapor. Por la chimenea salía un espeso humo negro, producto de la quema del carbón. Nos quedábamos parados sobre la vía por la que iba a pasar el tren y esperábamos hasta el último segundo para salir corriendo. Si calculábamos mal terminábamos totalmente manchados de humo.
A veces, también la nona me llevaba al cine. Pero no a los cines que nombré antes sino a otros que estaban en el “off” de Primera Junta. El Cóndor de Pedro Goyena ahora es un garage, el Caballito y el Río de la Plata son edificios de departamentos.
Habrán visto que soy un poco charleta y suelo irme por las ramas. Casi me olvido del tema que me había propuesto contar. El asunto era “mi primera película”. Seguro que mi primer ingreso a un cine fue a alguna de las salas de Primera Junta. No puedo precisar cuál, ni tampoco qué película vi por primera vez.
Pero el gran impacto fue aquella vez que tomé contacto con la rubia con quien tuve mi primer gran metejón, hasta que me enteré que en la vida real era casada y rompí el romance.
De la película casi ni me acuerdo. Ella hacía un papel en el que se dedicaba a vender fantasías, que es más o menos lo mismo que pasa con el cine ¿no?
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La vendedora de fantasías (1953) | Daniel Tinayre

























