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Mi primera película

El cine Bristol y mi primera película /// Alejandro Seba

Mi primera película
El cine Bristol y mi primera película
Por Alejandro Seba

7 de diciembre de 2009. La noticia se loopea en las señales dedicadas a reproducir infinitamente novedades: “Se incendió el Cine Bristol de Martínez”.

Una sensación extraña se apodera de mí. Nostalgia, tristeza, curiosidad y esa impresión de que uno de los últimos grandes ha caído.

Se me vienen a la cabeza los últimos recitales del Flaco Spinetta; la despedida de Julio Bocca que también implicaba la despedida de mi segundo matrimonio; Alan Parsons en Argentina y algunos otros eventos. Las imágenes transcurren en un flashback que necesariamente llegan a 1977.

La memoria suele jugar con nosotros y nos esconde cosas para ver si estamos dispuestos a luchar por ellas. Los más entrenados suelen dejar fluir y aprenden a vivir en el aquí y ahora, pero otros nos empeñamos en hacer pequeños viajes al pasado para tratar de sostener las estructuras que poco a poco van sucumbiendo.

Entre las cosas perdidas, está la certeza de saber si fue mi mamá o la mamá de algún vecino quien nos llevó al Bristol aquel día. Sólo veo recortes de algunas de las cuadras que se sucedían desde el desaparecido colectivo 234 al recorrer las 15 cuadras que mediaban entre mi casa y la sala.

Sin embargo, la sensación asociada al instante en que entré a la enorme sala sigue resistiendo en algún lugar de mi ser.

Pisos de madera, interminables alfombras, butacas de cuero, telones pesados y el murmullo constante e hipnótico de los espectadores que esperaban la oscuridad que permitiría abrir esa enorme puerta a un nuevo mundo.

La pantalla estaba tapada por unos 12 afiches que promovían diferentes comercios de la zona y un hombre, con un uniforme similar al de los maîtres de un circo, ofrecía “caramelos, garrapiñadas, chocolates…” No recuerdo haber sido agraciado con alguna de aquellas delicias.

Algunos minutos más tarde, la cortina de anuncios se levantaba y las luces comenzaban a disminuir su intensidad; entonces un profundo silencio paralizaba a los presentes.

Supongo que se necesitaba un gigante semejante al Bristol para poder contener al gigante de mi primera película: King Kong.

Allí iniciaba aquel viaje a la selva más remota del planeta, buscando tesoros que no deberían haber sido desenterrados. Escuchando los estremecedores gritos del gorila más grande de toda la historia. Enamorándome de Jessica Lange, la maravillosa rubia que seducía a la temible bestia.

Pero este viaje implicaba otra cosa muy diferente para mí. Era el inicio de un recorrido que no tendría vuelta atrás. Era el comienzo de ese ritual de entregarme a las historias en un lugar aislado del mundo, donde otro mundo tenía lugar. Un lugar donde todo es posible, donde lo sonoro nos envuelve y manipula sin que siquiera lo notemos, donde la oscuridad permite dar nacimiento a la luz y esta luz dibuja tramas, escenarios, vestimentas y actores, capaces de aterrorizarnos, alegrarnos, enamorarnos, entristecernos, hacernos pensar, hacernos actuar o enfurecer.

Aquel King Kong libraba su lucha desde el World Trade Center. Éste ha caído. Aquel King Kong me fascinaba desde el Bristol de Martínez. Él también ha caído como el rey de los gorilas.

Sólo nos queda rogar por un futuro donde, de una u otra forma, las historias pequeñas o gigantes sigan existiendo. Donde lo más importante no sea el dinero que se recaude por exponer estas historias, sino que puedan vivir en el lugar elegido para ser. Donde las torres de departamentos o las iglesias evangelistas no reemplacen a los cines, estos umbrales que albergan al producto de la imaginación de quienes nos regalan un viaje a otros mundos.

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King Kong (1976) | John Guillermin

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