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Mi primera película

Ábrete sésamo. Las puertas del Cine /// Leonardo Zaffaroni

Mi primera película
Ábrete sésamo. Las puertas del Cine
Por Leonardo Zaffaroni

Me llega la propuesta de escribir este relato e instantáneamente surgen las preguntas y el recorrido hacia atrás para buscar la precisión, el título de la primera película que vi.

¿Cómo podía ser que no la recuerde? ¿Cómo podía ser que me acordara muchas idas al cine cuando era chico, pero no aquella experiencia primera?

Aún sin poder encontrarla, este desafío (como recorrido) me pareció maravilloso. Tuve que preguntar en la familia y surgió una charla que nunca se me había presentado y me invitaba a indagar no solamente en mi primera peli, sino en mi infancia, los fines de semana y esas historias que me acompañaron y me siguen acompañando.

Parece ser que, hasta los 4 años, mis viejos tenían la idea de que era muy chico para estar en una sala llena de gente y poder tolerar sin mucho berrinche más de una hora sentado aplicadamente. Íbamos mucho al Teatro San Martín y a las obras que se presentaban en las plazas. Había algo con la acción viva, esto del aquí y ahora, que intuyo me llamaba la atención muchísimo. El complemento claramente estaba con el video hogareño. Las primeras películas claramente vinieron a través del videoclub de amigos de mis viejos y algunos más, donde comprábamos las pelis favoritas porque si no, hubiéramos tenido que ir a alquilarlas día por medio. Así aparecieron la mayoría de Disney que se habían reestrenado, adaptaciones de relatos clásicos como Robin Hood en animación, dos VHS de Betty Boop y Tiempos Modernos y guardo un recuerdo especial con El globo rojo que, creo, despertó esa sensación particular de ver algo hermoso y sentirme imposibilitado de poder abarcarlo.

De tal modo que esta primera película que intento recordar es aquella en la que fui al cine por primera vez, no la primera que vi. Y en esa charla con mi madre surge. Parece que se trataba, ni más ni menos, que de Aladdín.

Parece que fue en vacaciones de invierno, en un shopping pequeño que tenía un supermercado cerca de casa. Ni bien asomó el nombre de la película recordé una remera que, ahora sé, es souvenir de aquella proyección donde aparecía el Genio con la lámpara y que usé hasta que ya no me entraba más, ni siquiera como pijama.

Aladdín, entonces… No es cuestión de ponerme a pensar cómo esa película marcó el resto de las películas que vi y quise ver desde entonces (no sé si las primeras experiencias en la vida son así de pregnantes); pero me divirtió la idea de que la primera vez que fui a ver una película proyectada en una pantalla gigante, el mundo de lo mágico haya cobrado forma en la proyección y dentro de la historia. Como una primera impresión, me imagino viéndola por primera vez y, si eso era lo que “pasaba” en una película, entonces pensar que cualquier cosa podía pasar.

Y es ese elemento mágico el que me parece que sigue estando en el momento de entrar en una sala. En todos los momentos en los que entré en una sala. Desde aquella primera vez hasta el día de hoy, en el que termino de escribir estas líneas disfrutando de un festival de cine.

Disney era un obligado en nuestra época temprana. Me acuerdo que, por los comentarios de todos mis compañeritos (incluso hasta el día de hoy), preferí no ver Bambi. Pero sí creo que estas películas de aventuras tenían muchas cosas que me deslumbraban y me hacían verlas una y otra vez. Primero que nada, al ser tan episódicas, en realidad tenía la sensación de que eran muchísimas historias alrededor de una y me maravillaba reencontrarme con cada una de ellas, viéndolas desde otro lugar. Los personajes y sus hazañas…

Es todo un tema quizás la bajada de línea de “el bueno y el malo” que tenían, pero también creo que tenían esta idea del personaje noble que lucha contra la injusticia, que en esos momentos armaban unos héroes gigantes difíciles de ver de otro modo. Aladdín debía ser la pareja de Jazmín y derrotar a Jaffar; Arturo era el Rey de Inglaterra porque así lo decía una espada, pero también porque era el de corazón más puro.

Esas primeras películas en cine tenían este efecto devastador de un mundo que se me venía encima. Entraba en ellos y durante la proyección estaba inmerso sin poder salir. Quizás extrañe un poco eso ahora… Luego era esperar poder tener las películas en VHS para verlas una y otra vez. Después llegaría la reedición de Star Wars, donde con todos mis amigos la diversión máxima pasaba por estar en primera fila y desnucarnos con el vuelo de las naves.

Hubo sí una vez más que me encanta recordar y es el día en que fui con mi abuelo a ver Gladiador. Creo que tenía entre 11 y 13 años y era la primera vez que íbamos los dos solos a ver una película. Era algo nuevo, algo extraño, pero la idea de ir con él me había gustado mucho. Nos sentamos, se fueron apagando las luces y compartíamos un paquete de caramelos mientras pasaban las publicidades.

En el momento de arrancar la película, aparece la primera imagen de las manos acariciando vegetación alta. En ese momento, me acerco a mi abuelo y le digo bajito: “Así termina la película”. Volví a mirar la pantalla como si nada hubiera pasado. Pero el asunto vino cuando terminaba la película y llegó de vuelta el plano de la mano y el pastizal. Mi abuelo me miró. “Ya la viste”, me dijo. Le intenté explicar que no, que claro que le hubiera avisado si la había visto antes, pero que era la primera vez que la veía. No sé si me creyó. El asunto es que en algún sentido le estaba mintiendo: no había visto Gladiador, tampoco la mano acariciando el pastizal, pero había algo que reconocía, que había hecho propio. El asunto era, y sigue siendo, que no desaparezca la magia.

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Aladdín (Aladdin, 1992) | Ron Clements y John Musker

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