Aquella película contigo
El reflejo en la pantalla
Por Pilar Braunstein Bayer
El cine me lleva a emocionarme o estremecerme de maneras impensadas. Son esas emociones o escalofríos los que quedan grabados en mi mente: cuando recuerdo una película no lo hago necesariamente por la trama (a menos que sea excepcional y la haya visto reiteradas veces), sino por la sensación que me provocó y la huella que dejó en mí luego de esa hora y media, dos horas que transité con ella. Así es como las clasifico: cuanto más genuina sea la sensación que me provocó más voy a elogiarla.
Tengo la suerte de tener una de esas amigas “mejores amigas” hace 16 años. Es como una hermana para mí y tenemos ese tipo de comunicación que se activa con un simple gesto o en un silencio, sin necesidad de palabras. Sin embargo, no coincidimos en nuestros “gustos cinematográficos”, razón por la cual, cuando decidimos ir juntas al cine —lo que no sucede muy seguido—, vamos a ver películas que honestamente me daría lo mismo verlas en casa, incluso mientras hago otras cosas.
De todas maneras, y afortunadamente, el cine siempre me sorprende.
Una de las tantas (o mejor dicho de esas pocas) veces fuimos al cine a ver Bride wars, una película que tenía amistad, un poco de romance y un final feliz. Como ya señalé no recuerdo a la perfección las tramas, pero haciendo un esfuerzo en líneas generales trata sobre las idas y vueltas de la amistad entre dos mujeres, una pelea y una reconciliación. En efecto, no era una película que innovara, ni una película que me despertara grandes intrigas. De todas maneras, hacia el final, en el momento de reconciliación de las amigas, y como era de esperarse, me invadió una gran emoción, aunque, esta vez, no precisamente por lo que sucedía específicamente en la película en sí, sino porque sentí que el autor me entendía: había puesto en imágenes y sonidos una historia, que por más simple que fuera hablaba de una amistad, de una realidad que yo conocía como propia. Era una sensación rara. Como la aprehensión del sentido…
Esa película, que en otra ocasión tal vez hubiese pasado por alto, hablaba de una amistad en la cual nos veía reflejadas a mi amiga y a mí, a tal punto que sentí que la película dialogaba únicamente con nosotras, que su entendimiento emocional pasaba únicamente por nosotras, ignorado por los demás espectadores de la sala.
En ese momento me abstraje de aquel universo y me detuve a pensar en este otro: mi amiga, sentada en la butaca de al lado, ¿estaría emocionada por lo mismo o simplemente por los personajes y su universo? Cuando salimos no charlamos mucho sobre la película. No soy entusiasta del sentimentalismo y las palabras, por lo que preferí quedarme con esa sensación personal, probablemente también para evitar confirmar que mi amiga se había emocionado por motivos diferentes a los míos. Tampoco volví a ver la película, después de todo no me pareció tan memorable.
De todas maneras alcanzó para quedar grabada en mi memoria, porque la sensación que me provocó fue genuina, me pude reflejar en lo que quería contar. Toda película habla de algo, de alguien; si en el cine los relatos son múltiples es porque son motivados por las múltiples experiencias de las diferentes personas, y en mi opinión lo más valioso que el cine puede transmitir son las sensaciones que se despiertan sólo a través de la propia experiencia. Aquella tarde sentí que la pantalla me comprendía, y a través de aquella emoción pude dialogar con la película y con mi amiga, sin decir nada, sin hablar, y en el “silencio” de la sala de cine pude compartir un lazo especial que me alegró de sobremanera, porque me sentí acompañada.
Uno puede ir al cine acompañado por diferentes personas y en diferentes ocasiones, pero si al momento de encenderse las luces de la sala sentimos que la película dejó una nueva sensación en la atmósfera, tanto en uno como en aquel conocido sentado a nuestro lado, a partir de ese momento lo sentiremos más cercano, ya que es solamente él o ella quien puede entenderlo, un sentimiento sólo para iniciados. Ese tipo de compañía es más valiosa que cualquier otra.
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Bride wars (2009) | Gary Winick

























