Aquella película contigo
Jugando al Apocalipsis
Por Jimena Depresbiteris
Desde pequeña siempre fui aficionada a las historias, a relatar historias en mi mente y sobre todo a involucrarme en cuerpo con las películas que veía. La presente historia versa entonces sobre dos cuestiones importantes en mi vida: mi primer amigo/enemigo y mi primera película favorita.
Antes de proseguir, para comprender un poco mejor esta historia, se me hace fundamental exponer una pequeña introducción sobre mi familia.
Nací a los cuatro años de haber nacido mi hermano, el primer hijo de mis padres y el primero de entre tres hermanos, además del primer nieto varón de la familia. Era un niño concebido para ser único y consentido. Así disfrutó de cuatro hermosos años de mañas y caprichos cumplidos… así hasta que aparecí yo.
Durante mis primeros años de vida percibía al mundo que me rodeaba de manera muy cercana: para mí existían únicamente mi papá, a quien amaba profundamente (un amor de telenovela mexicana de las cuatro de la tarde) pero quien pasaba mucho tiempo trabajando; mi mamá, quien dibujaba flores en mis cuadernos, pero también me obligaba a tomar la sopa con una cuchara que hoy recuerdo gigante; y por último mi hermano, el único infante que conocía y con quien pasaba todo el día.
¡Idolatraba a mi hermano! Absolutamente todo lo que él hacía era digno de admiración y valía la pena intentarlo: yo estaba todo el tiempo pendiente de lo que él hacía, tratando de imitarlo, corriendo detrás de él en busca de su compañía y aprobación. Pero todo ese cariño no era correspondido: aún siendo su única hermana él me ignoraba, no hablaba conmigo, no quería compartir ni sus juguetes ni sus juegos, ni me dejaba participar de su tiempo libre. “Game Over”, esa era su respuesta cuando le preguntaba si podía jugar con él, dando por terminada la conversación.
Sin embargo, un suceso de otro tiempo y espacio llegaría para poner las cosas en su lugar: Terminator 2: el juicio final.
A decir verdad y debido a mi corta edad —seis años para ser más exacta— no recuerdo del todo bien esa primera vez en la que la vimos juntos, sino que vienen a mí una sucesión de imágenes entremezcladas de las reiteradas veces que juntos volvimos a verla después. Gracias al milagro del VHS la repetíamos una y otra vez, incansablemente, y así reiteradas veces con cada escena, hasta memorizarlas, deleitándonos con cada una de ellas, riéndonos como tontos de las que contenían desnudos, festejando las hazañas increíbles del Terminator, como en la tremenda persecución que involucra un enorme camión negro que podría ser luego la imagen de aplastantes pesadillas.
Por primera vez encontrábamos algo para compartir, un sentido punto de conexión, alcanzando por fin esa amistad tan anhelada por mí.
¡Adorábamos Terminator 2! Ambos deseábamos tener una Harley Davidson, con campera de cuero y lentes oscuros incluidos. Arnold Schwarzenegger era nuestro actor favorito y mayor héroe. Con total inocencia, como los niños que éramos, creíamos en esa historia y en ese mundo, y queríamos con todas nuestras fuerzas ser parte de él, ser esos personajes, disparar armas, andar en motocicletas, salvar a la humanidad. Por ello, exponiendo nuestras mayores cualidades actorales, nuestro juego usual era repetir las escenas, haciendo pasar la película a través de nosotros.
Con mi pequeña mesita de dibujo, dos sillitas y un control remoto, reproducíamos la escena del hospital psiquiátrico en la que el doctor Silberman y Sara Connor dialogan frente al video, mientras ella fuma pacíficamente y pone en oposición esos dos estados diferentes (cabe aclarar que representábamos al mismo tiempo tanto lo que sucedía en el video y como lo que sucedía en la sala). Mi hermano era el psicólogo y yo la exaltada heroína. La escena siempre terminaba conmigo subida a la mesita y ‘haciendo mala cara’, mientras el doctor frenaba la imagen del video. De modo similar nos divertíamos con la escena en la que Sara Connor agita el alambrado mientras la onda expansiva “la volvía una calavera”. O incluso reproduciendo la escena en la que el Terminator se sube a la Harley Davidson por primera vez, robándole la escopeta y los lentes oscuros al dueño del bar que intenta detenerlo, utilizando para ello unos anteojos de plástico y plasmándose en mi memoria a través de “Bad to the bone”, tema que podíamos tararear tontamente sin entender ni siquiera una palabra de lo que pronunciábamos, pero irónicamente comprendiendo por completo su significado.
A través de nuestra imaginación entonces podíamos vernos en el universo de la película.
Años más tarde, habiendo dejado atrás esa época en la que no existía el prejuicio ni el pudor para nosotros, volvimos a compartir Terminator 2, encontrando en ella nuevas razones para adorarla, transitándola desde otro punto de vista, convirtiéndose en la puerta hacia una pasión inigualable: el cine. Así fuimos creciendo, película tras película alquilada en el video club; películas con tintes de los más diversos, con análisis, tesis y diversas posturas sobre cada una de ellas.
Mirando un poco hacia atrás a veces pienso que mi fanatismo por esta película en particular tal vez fue motivado por la devoción que sentía por mi hermano: la experiencia de compartir algo juntos por primera vez me hizo sentir tan feliz que ese latir se convirtió en mi recuerdo más vívido y claro de la película. Quizás por ello, todavía hoy, me divierto repitiendo de memoria los diálogos del audio latino, como la vi la primera vez junto a mi hermano, cargando todo nuestro vínculo al revivirla y volverla presente.
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Terminator 2: el juicio final (Terminator 2: Judgment Day, 1991) | James Cameron

























