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Aquella película contigo

Camino al cine /// Martín Figueredo

Aquella película contigo
Camino al cine
Por Martín Figueredo

De repente, una gota de lluvia rompe solemne en mi parabrisas danzando majestuosa ante mí. Consciente de su coqueta rebeldía, demanda desvergonzada, desnuda, mi completa atención y colmada devoción. Ella simplemente se desliza ascendente y delicada llevando consigo mi mirada, mi voluntad, logrando que todo lo demás desenfoque para hacer justicia a su solitaria y divina perfección. Al instante se funde en un choque colosal logrando deformarse en una nueva belleza que la hace única otra vez. Sólo por un momento fuimos ella y yo seduciéndonos el uno al otro.

Otras gotas hermanas atacan envidiosas y tardías, se precipitan contra mi ventana demandando atención. A pesar de ello mis ojos nunca perdieron de vista a la primera, tan mía, esa dulzura que ahora se funde con el diluvio asesino. ¿Acaso fue la primera en dejar el cielo? ¿Acaso fue ella la primera en generar un cambio frente a nosotros pero que sólo algunos son capaces de ver? ¿Acaso combaten unas con otras en una carrera suicida por llegar a golpear de placer al ser humano? No me creo tan afortunado, pero ver a la primera gota de lluvia lo predispone a uno diferente durante el resto del día que sigue para luego, posiblemente, olvidarla para siempre. Para que ella se sienta triunfadora de la carrera suicida sólo tengo que creer que fue la primera (ambiciosa de una simple mirada y unas horas de memoria, nada me cuesta ese favor).

Ahora no la distingo entre todas ellas, todas son lluvia que no me deja ver bien la acera. Debo disminuir la velocidad de a poco. Noto que Sara se pone el cinturón de seguridad mostrando una vez más su abierta desconfianza hacia mí. Con disimulo, muy despacio, giro la cabeza para poder mirarla, pero ella apoya la frente en la ventana como si su cuerpo quisiera salir del auto y no reconociera que el vidrio se lo impide… Al igual que las gotas, pero buscando alejarse de mí.

El viaje transcurre en silencio, como frecuentemente sucede. No veo su rostro, pero conozco su mirada, una mirada que anhela lo que está siendo separado de ella, lo que se le impide. Permanece inmóvil cediendo al vaivén del vehículo que tampoco se mueve demasiado, más bien suavemente. Sara sigue siendo la misma que conozco hace ya mucho tiempo, aunque esta vez la percibo diferente. Su cuerpo se deforma con las sombras de la lluvia que la corroen muy deprisa, la atacan celosas de haberme conquistado en algún momento. Las sombras dominan por completo su superficie golpeándola sin piedad ni descanso, golpeándola donde —conozco— sufre cosquillas, donde su piel es más sensible, donde le molesta que la toquen pero no pudiendo provocarle nada en lo absoluto.

Ella sigue mirando por la ventana con ese peso en su cuerpo tan presente en nuestro último tiempo juntos. Ya ni recuerdo si esa profunda tristeza la tenía cuando la conocí. Sí puedo decir que día a día se incrementa irremediablemente al igual que el silencio. La tristeza la refugia de mí y de mi falta de interés en remediarlo, pero no de los envidiosos pinchazos. Por lo menos la veo diferente, esas sombras le regalan un pequeño movimiento a su amarga pereza, aunque siguen sin ser suficientes para lograr quebrar su maldita languidez e inacción, su eterna y poco interesante fijeza, su repugnante siempre-ser-ella y nadie más que ella.

Musitando protestas vuelvo a la realidad, miro al frente y sin decir nada enciendo el limpiaparabrisas, que dispersa con furiosas estocadas la lluvia que sólo desea poseerme y recorrer excitada todo mi cuerpo desnudo. Nada logra que las hermanas de las gotas que se dejan vencer por el barrido regular dejen de intentar penetrar el vidrio con violencia. Incansables, me seducen con su energía, logran de mí lo que buscan, me hacen danzar con su gloriosa música, logran que olvide la película que íbamos a ver en este patético intento por querer que las cosas funcionen, logran que nada me importe de Sara y de sus estúpidos intentos por encontrar en una película la solución, siguiéndola al pie de la letra, como un ejemplo de vida. Me hacen sentir libre de esa mujer cansada que ni siquiera debe saber por qué sigue conmigo en el auto, logran que vea en ellas todo lo que Sara no es.

Me encuentro alborotado por semejante danza salvaje. Mis ojos se abren ante la revelación violenta que parece conmocionarme y clarificar mi mundo al mismo tiempo. Ya no quiero esa primera gota adolescente que me enamoró por unos instantes, que incluso, diferente e imperfecta siguió mostrando su singularidad ante mí. Para saciar mi sed ya no me basta para saciar mi sed una diminuta y cordial gota que muere en el intento de perforar mi rígido parabrisas. Las veo a todas ellas golpeando el vidrio, queriendo ser mías, las veo protagonistas en esa borrosa pantalla del mundo en la que se convierte mi parabrisas, las veo en foco, en un primer plano como las estrellas de cine más hermosas e inalcanzables, las deseo tanto como ellas a mí. Sólo nos separa una pantalla de vidrio. Ellas juntas, todas, sí tienen la fuerza para romper la barrera.

Detengo bruscamente el auto y noto sin mirar que el cinturón de Sara se estira tensándose ante la fuerza de la frenada. Su cabello responde a la inercia que aviva convulsiones en su postrado cuerpo y una ligereza que jamás tuvo lugar en su carne. Siento necesidad de ver si se encuentra bien, pero decido seguir e ignorarlo para alcanzar de una vez mi ansiada libertad. Sabiendo que me mira desorientada y sorprendida por mi desbocado arrojo, abro la puerta y salgo. Giro mi cabeza al cielo con la boca abierta y sonriente de placer. Extiendo los brazos, inocente, intentando que más gotas azoten mi cuerpo, excitándolo. Siento cómo el frío de las diminutas caricias húmedas se torna cálido mucho más aprisa de lo que creí y se funde con mi cuerpo dándome por fin esa libertad de ser uno con la lluvia y pertenecer tanto a esa primera gota como a la última y siempre saber que lloverá de nuevo. Lloro de alegría y las lágrimas se mezclan con la lluvia como si ese fuera su destino desde el primer momento, como si debiesen perderse entre el resto. Me siento al fin libre de gozar de todas y no sólo de una, de la poligamia del diluvio.

A pesar de todo, la voz de Sara se hace legible pidiéndome desesperada que suba al auto y gritando preguntas que no quiero responder. Su aguda voz no me deja escuchar la lluvia que cae con júbilo y contenta de superar la barrera del parabrisas con una felicidad más grande que la mía. Sara no deja de gritar que por favor suba al auto, que llegaremos tarde y que ya no nos dejarán entrar al cine si estoy todo mojado. Cuando irritada grita logra ser verdaderamente fastidiosa, llegando a producir un chirrido insoportable. Trato de ignorarla con todas mis fuerzas y concentrarme en el placer que siento al recibir la enorme cantidad de caricias juguetonas que repiquetean en mi rostro. Con disimulo trato de ver hacia atrás cuando por fin ella deja de gritar. Sé que a ella tampoco le importa demasiado, los años fueron recorridos y padecidos por los dos. Quizás, después de todo, encontremos en el pesar y la queja del otro eso que tenemos en común. Pero la conozco, sin voltear puedo saber que Sara volvió a su asiento, cruzó sus brazos y miró nuevamente por la ventana opuesta, resignada, esperando que mi locura termine y recobre el sentido común que me caracteriza y define estúpido, aborrecido e invariablemente cobarde. Pero también exigente, demandante de un placer infundado, caprichoso o no merecido quizás. Capricho que me encuentra con los extendidos brazos ya cansados, la mueca burlona forzada y olvidada, un tanto molesto por el golpeteo que me impide abrir los ojos con plenitud, con un poco de frío y consiente de mi inminente hartazgo. De nuevo: hartazgo.

Bajo los brazos y miro al suelo descubriendo las gotas que nunca caen en el mismo lugar, pero sí de la misma forma, también monótonas, todas iguales. Recuerdo la primera gota que se desplegaba única y amorosa frente a mí en la pantalla del parabrisas, dentro de un marco definido y controlable, como el amor imposible de la juventud en una pantalla de cine, ese que se dejaba explorar con la mirada hasta el cansancio, ese que terminé conociendo como nunca conocí nada, al que puedo predecir.

Giro y Sara, a diferencia de lo que creí, está todavía inclinada hacia mí con una mano en el volante y la otra al borde de la puerta. Aún tiene, sin notarlo, el cinturón puesto que le impide acercarse más a mí y una mirada rabiosa, aunque preocupada a la vez, con su particular belleza que la define única entre todas las mujeres que alguna vez estuvieron conmigo, el peso en su cuerpo que además de cansancio revela una clase de armonía que ahora recuerdo haber notado antes y esa interminable capacidad de comprenderme y darme apoyo luego de una reprimenda.

Mirándola a los ojos río tímido y vuelvo al auto tratando de aparentar que nada grave pasó.

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