Aquella película contigo
La película que nunca vimos juntos
Por Carlos Losilla
Ninguno de los dos vimos la película, por lo menos como hubiéramos deseado. El día anterior concertamos una cita, quedamos en la puerta del cine, justo en el umbral de lo que iba a significar la felicidad de ver juntos Un día en Nueva York. Por la noche, yo estaba temblando de fiebre en la cama y ella a punto de enterarse de una noticia que le impediría acudir. Hablamos por teléfono, pero casi no mencionamos el tema. Como si lo prioritario no fuera la película, sino aquellos estúpidos acontecimientos que se habían cruzado en nuestro camino. Por supuesto, la habíamos visto por separado, varias veces desde que éramos niños, pero nunca juntos, y eso significaba mucho. Por eso sólo quedó la reconstrucción, el modo en que ella hubiera sonreído ante la primera escena de baile, o mi emoción ante esa historia en apariencia simple, incluso absurda, pero que tanto me importaba, que tanto nos concernía: tres marineros de permiso en una ciudad que aún no habíamos pisado, que tanto representaba para nuestra cinefilia y para nuestro imaginario.
Experiencia compartida, entonces. Imagino ahora lo que debió de pasarnos por la cabeza en el momento en que la película se estaba proyectando, en la sesión a la que debimos acudir, y no obtengo más que algunas imágenes aisladas. A veces, incluso ahora, las evocamos, cuando hablamos de Stanley Donen, de Gene Kelly y de esa película. “New York, New York, what a Wonderful Town!”, y todas las tormentas remiten, todas las lluvias cesan, todo el frío de aquella tarde invernal se convierte en otra cosa, en un calor incipiente que empieza en el estómago y recorre el cuerpo paso a paso, como si acabáramos de ingerir una copa de licor. “New York, New York…” Pero no, no se trata de nostalgia, ni de la ciudad, ni de aquel cine, ni de aquel tiempo. En el fondo, un desfase lo atravesaba todo. Íbamos a ver una película que entonces ya tenía más de treinta años para rememorar nuestras experiencias individuales frente a ella y convertirlas en una experiencia compartida, para después poder decir: “Estuvimos allí, la vimos juntos, y luego, en el bar, comentamos cada escena, cada número, cada canción”, e incluso, seguramente, se nos escaparía algo del tipo “Donen reinventó el musical” o “De ese cine salió luego Godard”, cosas de las que ahora nos arrepentiríamos.
Sin embargo, lo que debió de ser una sola experiencia se convirtió en una cadena de ellas que todavía no nos ha abandonado, y a la que nosotros seguimos alimentando, para que no nos abandone. No tanto Nueva York, como el cine de Nueva York, y por ende el cine. Porque ya habíamos visto Manhattan, y ya habíamos visto New York, New York, y por supuesto ya habíamos visto todas las calles y todas las plazas y muchas de las casas de Nueva York. Y después la veríamos más, mucho más, hasta el punto de reconocerla al instante cuando por fin la pisamos. “Esto es Nueva York —nos dijimos sin palabras—, esto es lo que ya conocemos, así que reconozcámoslo”. Y empezamos a andar, a trasegar, a pasear, a correr, a comprobar que cada cosa estaba en su lugar. Y empezamos a hacer cine con nuestras vidas.
Luego hubo un tiempo, llegó un tiempo, en que no hablábamos de eso, de esa red de conexiones que había nacido a partir de una cita incumplida. Porque los tiempos de ese tipo siempre llegan y se enseñorean, se adueñan del espacio mental que ocupa esa memoria y a veces desalojan todo lo que se ha amontonado en los rincones, quizá de manera un tanto irracional, y la vida ya no es el cine, cosa por otra parte enteramente cierta, y el cine se escapa poco a poco hacia otro lugar en el que se piensa más que sentirse. Yo no sé si eso significa una pérdida o es un signo de madurez. A veces ambas cosas son lo mismo. El caso es que, en ese tiempo sin Nueva York, sin bailes y sin canciones, de repente nos sentábamos uno frente a otro, cansados y abatidos, y nos preguntábamos dónde estaba aquel paso de baile, aquella transición, aquel corte de un plano a otro, y por un momento el pasado volvía a brillar. Pero esa época pasó, y no obstante nada volvió a ser como antes: aunque nos acordáramos del incidente, no establecíamos relaciones, y por lo tanto todo quedaba seco y desértico, como una pantalla en blanco antes de la proyección. Se espera algo, pero algo que rellene otra cosa, que la llena de otras cosas. Ver es llenar, y mirar es poner orden en esa acumulación, y quizá eso ya lo hacíamos en solitario, demasiado orgullosos de nosotros mismos (o demasiado cansados) como para compartirlo.
Un día, hace poco, paseábamos por el centro de la ciudad y vimos el DVD en el escaparate de una tienda. Nos miramos, sonreímos, lo imaginamos todo sin decirnos nada: la llegada a casa, ese sábado por la tarde un tanto triste; la conversación durante la cena, los amigos que se han ido, los que están en peligro, la llamada del padre que se está yendo, del hijo que también se va, pero de otra manera. Los años. El tiempo. Todo en una pequeña charla frente a un plato frugal, bajo una luz tenue, de nuevo una luz de invierno como aquella. Lo imaginamos todo, digo, todo, pero no nos movimos de aquel lugar, la caja resplandeciente del DVD frente a nosotros, el rostro de Gene Kelly, para quien, maldito, no pasan los años, y el musical, y Godard, y las Histoire(s) du cinéma que sí vimos juntos, en aquel mismo sofá que ahora imaginamos, y que nos espera al llegar a casa. Ver juntos Un día en Nueva York hubiera cambiado muchas cosas, hubiera cambiado el modo en que luego compartimos nuestra historia del cine, y eso resulta inimaginable. Ya no podemos, no queremos imaginarlo. No queremos cambiar la imagen que tenemos de esa relación, ni las imágenes que luego nos han penetrado. No queríamos. Por eso nos dimos la vuelta y nos cogimos de la mano, como quizá hubiéramos hecho aquella tarde, y nos olvidamos de todo, por unos días.
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Un día en Nueva York (On the Town, 1949) | Stanley Donen y Gene Kelly

























