Aquella película contigo
Todo el mundo visita a Sam
Por Fernando Martín Peña
(Cedido gentilmente por Fernando Martín Peña. Publicado originalmente en Film, Nº. 31, 1997, págs. 34-35)
A comienzos de junio de 1993 María Verónica Ramírez, Pablo Rodríguez Jáuregui y yo integramos una informal delegación argentina en el Festival de Animación Annecy, con el objeto de ver y comprar material para el programa Caloi en su tinta. El viaje estaba organizado como para pasar dos días en París, antes de viajar a Annecy. Film salía desde abril y la rápida estadía en París permitía intentar cumplir con dos antiguas aspiraciones: conocer a Pierre Etaix y a Samuel Fuller.
A Etaix lo ubicamos sin problemas por gentil intermedio de Jean-Claude Carriere. Lo de Fuller era más difícil, porque sólo teníamos una dirección y un estímulo del folklore: “Todo el mundo visita a Sam en París”, me había escrito un individuo del Festival de Taormina. Así confiados, Pablo y yo partimos raudos hacia la dirección indicada, con un grabador, un ejemplar del primer número de Film y una Kodak Fiesta. El barrio estaba verdaderamente muy bien y, mientras tocamos el timbre, compartimos comentarios sobre el respeto con que Europa trata a los artistas. En eso se asomó una señora.
—Oui?
—Queríamos saber si era posible entrevistar al Sr. Fuller o concertar una entrevista con él para mañana.
—No, no, no. Monsieur Fulleg no vive más aquí.
Una sombra de desolación se abatió sobre nosotros. Asomándose por debajo de la sombra, Pablo se animó a preguntar:
—¿Y no tendría su nueva dirección?
La señora entró y salió con un papelito: “61 Rue de Reuilly”. Me animé a preguntarle:
—Señora, venimos desde Buenos Aires sin haber podido contactarnos con él. Sinceramente: ¿le parece que nos recibirá?
—Pero por supuesto. Es un hombre muy amable y todo el mundo lo visita.
Veinte minutos más tarde y por una cantidad de francos que no quiero recordar, un taxi nos dejó frente al 61 de la Rue de Reuilly. No sé si habrá sido por el efecto del otro barrio, pero este nos impresionó como el último tugurio. Frente a la puerta encontramos una especie de portero eléctrico con clave, que no estaba previsto en el amable papelito de la señora. Otra sombra de desolación cayó y optamos por una solución más bien criolla: “alguno entrará o saldrá”, pensamos, “y meteremos el pie”. No fue fácil. Dos personas que entraron se cuidaron de nosotros como de Nosferatu, hasta que finalmente nos redimió la inocencia: un niño negro, de unos ocho años, se apiadó del desgraciado espectáculo que ofrecíamos intercambiando reproches sentados en el cordón de la vereda.
—¿Quieren pasar?
—Eh… sí, sí…
El niño digitó una combinación misteriosa y abrió la puerta. Un largo pasillo se extendió frente a nosotros. El niño nos miró y Pablo hizo uso de su larga experiencia al frente de un cineclub infantil.
—Ya que estamos en confianza, ¿te parece que nos recibirá Monsieur Fulleg?
El niño asintió feliz con la cabeza, tomó de la mano a Pablo y nos introdujo en el lugar. La puerta se cerró detrás. El futuro era bello. Avanzamos varios metros y subimos un piso por una estrecha escalera en espiral. Antes de que pudiésemos detenerlo el niño tocó la puerta y se fue corriendo al piso de arriba. Me pareció ver una mueca diabólica en su rostro pero eso pude haberlo inventado después.
Transcurrieron varios instantes. Pablo recomendó que nos fuéramos pero me negué. Era evidente que los dioses nos habían guiado hasta allí y no había que contrariarlos, le dije. En eso se escucharon unos pasos pesados y se abrió la puerta. Era Christa Lang, actriz, esposa y musa de Fuller. Recordé el término “lovely” con el que Maltin describe a esta mujer en su guía, en la época de Ritmo de asesinato (1973). Pero hacía veinte años de esto y vivir con Fuller no debió ser fácil: ese día, por lo menos, Christa Lang estaba tan lejos de “lovely” como Nathán Pinzón. Una musculosa verde y unos pantalones cortos contenían 130 kilos que anclaban un rostro somnoliento, pleno de odio.
—¿Quiénes son y qué quieren?
Le explicamos y hasta llegué a entregarle la revista, pero el error cósmico de toda la situación ya estaba expuesto. Los dioses nos habían llevado hasta ahí pero sólo para mofarse de nosotros.
—¡De ninguna manera! ¿Qué se creen?
La puerta se cerró antes de permitirnos articular una disculpa. Mientras esperábamos en la puerta de abajo a alguien que nos dejara salir tuve una confusa visión en la que ex lovely Christa se limpiaba el enorme culo con nuestras cuarenta y ocho páginas de papel chambril.
Meses después intenté alguna comunicación más formal por carta, sin ningún resultado. Desde entonces no me canso de leer entrevistas con Fuller en medios de todo el mundo, en las que muchas veces se consignan condiciones precarias de realización superadas por el entusiasmo y la bonhomía de Fuller y su señora. Este año recordé mi historia en Montevideo para contársela al realizador Mika Kaurismäki, que era amigo de Fuller, y lo vi auténticamente sorprendido: “Christa no pudo tratarte así”, me dijo. “Es una mujer maravillosa. Además, todo el mundo visita a Sam”.

























