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Aquella película contigo

Grazie Don /// Natalia Taccetta

Aquella película contigo
Grazie Don
Por Natalia Taccetta

Ella recordaría por mucho tiempo la vez que fueron juntos a ver El Padrino. Claramente, no fue en el momento de su estreno (hay algunos años de diferencia entre ellos, las cuentas no darían); tampoco fue en una reposición de cine-club, ni en una copia de coleccionista. Fue ayer, en una insoportablemente calurosa y húmeda noche de noviembre. Sería, pensaba, la iniciativa de algún distribuidor hábil que advirtió lo bien recibida que iba a ser esta obra maestra con gusto a setentas. Sería, pensaba, una gran idea haber ido juntos.

Después de un año lleno de desencuentros, poca comprensión, decisiones poco generosas, equivocaciones de todo tipo, finalmente, hay una buena copia de El Padrino dando vueltas. Hacía un par de semanas ya que había algún acercamiento, pero todo seguía siendo difícil y distante por momentos. Siempre tenía sentido volver a intentarlo, aun cuando fuera decepcionante. Sin embargo, ayer, a riesgo de sobreinterpretar, ella creyó que se producía, finalmente, un primer (re)encuentro.

Este relato podría estar acompañado de una bellísima o muy melancólica historia de amor. Lo era en parte, pero sólo atravesada por un enorme amor fraterno, por una amistad importante.

No había imaginado cuán determinante sería la elección de la película. Es cierto que era satisfacción garantizada, claro, pero nada aseguraba que no se quedasen en un más o menos erudito o gracioso comentario sobre la mafia, lo bueno que era Brando, o lo genial que está Al Pacino y lo atractivo de su derrotero hasta convertirse en un personaje siniestro. Sin embargo, comenzó con una cena tranquila, con algunas confesiones y alguna incorrección política como antes. De a poco se fue distendiendo todo entre verdaderos intercambios, un helado, una caminata. Cuando llegaron a la sala, algo del pasado se había recuperado y como un fantasma bueno sobrevolaba la escena. Por fin el ambiente era parecido al de antes, no igual, pero parecido: “Me dijeron que la película no era buena”, que “la trama puede andar, aunque los actores son malos”.

Esta vez El Padrino se convirtió en otra cosa para ella: fue la anticipación de los momentos impactantes de la trama, el lamento por la cabeza de caballo, la tarantela que hubieran bailado, los ojos desorbitados de Luca Brassi, la belleza de la Keaton, el actor de Pasolini, la risa anticipada frente a algún iluso que enfrentaba a la familia Corleone, la referencia a las dos secuelas, “¿en cuál aparece De Niro?”, “¿cómo sigue la trama?”, “Van a andar bien estos actores”, “¿cuánto faltará para que maten a Carlo, el marido golpeador de Talia Shire?”, “te parecés a la mujer del don Corleone”, “¿cuántos años tenía Sterling Hayden?”, “¿de qué año era Pacto de sangre? Del 44”, las ofertas que no se pueden rechazar, la historia del cantante que nos hizo pensar en Frank Sinatra y la referencia a Enrique IV y Darth Vader en el taxi.

Una suerte de ridículo acento italiano los hizo reír. Está claro que fue mucho más que una ida al cine. O no. “Qué importa”, pensó.

Ya no se ilusiona con la relación simbiótica y adolescente de otras épocas, no cree que las cosas vayan a ser como antes, se acostumbró a no añorar eso, pero también a esperar todo lo posible. Lo único que quería esa noche era que algo del pasado volviera, que se recuperara al menos algo de la vieja complicidad. Aunque fuera sólo por un rato. Aunque fuera sólo por una buena película.

Más tarde, se le ocurrió pensar en cuántas películas de mafiosos habría en la historia del cine y cuántas estaría dispuesta a ver para compartirlas con su amigo infinito. Hizo una lista en su cabeza. Desde las Scarface, hasta El Padrino III en 1990, el cine de gánsteres de los veinte y los treinta, la influencia sobre los policiales negros de los cuarenta y cincuenta —recordó Los asesinos—, la recuperación scorseseana de los noventa hasta Los infiltrados y Pandillas de Nueva York —¿por qué no?—, todos los buenos muchachos y hasta Los Soprano, una serie que nunca le llamó la atención aunque el protagonista estuviese inspirado en un mafioso italoamericano con su mismo apellido. Se dio cuenta que sería capaz de ver Los intocables, el serial que se había negado sistemáticamente a ver, y que hasta podría aceptar diversificarse con la mafia china.

Si El Padrino ayudó a recuperar por un instante algo del vínculo que tenían, bienvenido fuera todo el cine de mafiosos, pensó. Y los mafiosos que lo habían inspirado, y los directores, los actores, los directores de fotografía, los músicos…

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El Padrino (The Godfather, 1972) | Francis Ford Coppola

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