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Nuestra última película

Las pequeñas trampas del cine /// Araceli Mariel Arreche

Nuestra última película
Las pequeñas trampas del cine
Por Araceli Mariel Arreche

“Necesitamos la excusa de la ficción
para representar lo que realmente somos”
Slavoj Zizek

El cine es una fiesta. Un juego de esos que hacen huella en la memoria. Fue así que al recibir la premisa de este relato “nuestra última película”, comenzaron a reunirse en mí ciertos recuerdos. Como toda acción de la memoria decidí olvidar desencuentros y recuperar aquellos momentos que tejen mi verdadera biografía.

Con cierta sorpresa y un dejo de melancolía descubrí que con mi padre nunca fui al cine, tampoco fui al cine con mi hermano… Parece que a los hombres de mi tribu esa celebración les estaba prohibida. En cambio, con las mujeres… Ir al cine con mi hermana era todo un ritual con sabor a golosinas.

Aún así el primer plano lo gana mi madre y nuestra escapada al cine de Flores a ver Elsa y Fred. Era una poco habitual tarde de agosto, por lo calurosa. Mi mamá aceptó la invitación, sin embargo, ante la película se mostró desconfiada. “Para llorar está la vida”, sentenció frente al afiche poniendo “caras”. La tuve que arrastrar a la sala tentándola con unos chocolates que puse en sus manos. A pocos minutos de iniciado el filme me soltó, susurrándome en el oído “¿qué me trajiste a ver?” Y “para viejos estoy yo”. Al rato se acabaron los comentarios, o la trama del relato la sedujo, no sé. Yo estaba junto a Elsa, la China, la protagonista, soñando con Fellini como para reparar en mi madre.

Quien se encuentra con el cine entre las manos se comporta como los niños que desarman los juguetes, dijo alguna vez Giuseppe De Santis, y eso sucede conmigo cada vez que la oscuridad deja entrever las primeras imágenes de un filme. La miro de reojo, ¿le pasará a mamá también?

Elsa, una mujer octogenaria, enreda a Fred, un viudo reciente, en una aventura de amor. Mejor dicho, en su última aventura de amor. Elsa sueña con La Dolce Vita, con ser la epifanía de ese hombre, de Alfredo, de Marcello, de Federico.

Elsa decide, elige. Alfredo, viudo, se deja ganar por la acción, se deja aún ante los riesgos y las advertencias acerca de esa mujer. Él decide “dejarse vivir”, y por un momento transforma el drama de la vida en una breve comedia desde esa idea descabellada que Elsa propone, la aventura del amor. “Es muy pronto para que me invites a dormir”, argumenta la anciana. Y yo, cerrando los ojos por un instante y olvidando la película, el cine y a mi madre, comprendo que no se trata de edades, y me dejo llevar por la ternura de aquel primer beso que encierra todos los besos.

Miro de reojo, mi madre en silencio y con los chocolates sobre sus rodillas sigue con atención la historia.

Noche, plano medio, una mujer hermosa en blanco y negro camina con un pequeño gato blanco entre sus manos. Miau… Miau, le juega, mientras el sonido de unas campanas acompañan su andar. Miau… Miau, con el gato en su cabeza se deja llevar por calles solitarias. Se ha perdido, ¿Marcello dónde estás? ¿Marcello…? La pregunta se abandona en un plano general, ante sus ojos se presenta La Fontana de Trevi, camina hacia ella sin monedas sólo con esa fascinación hipnótica que una imagen puede dar.

Elsa, Silvia, poco importa, una mujer celebrando la vida y un hombre que la encuentra. Un momento de espera y la revelación: el amor, en eso Fellini aprendió de su maestro Roberto.

Elsa elige… Enredada en sus embustes, en esas pequeñas trampas que la vuelven entrañable e imprescindible para los que la rodean. Elsa se anima sin pudores a confesar sus deseos. “Tu belleza es un insulto para las demás mujeres” dice Fred, y así se enfrenta con altura a las circunstancias dadas.

Vuelvo a mirar de reojo a mi madre, ya se terminó los chocolates y contempla en silencio. Descubro que a su modo mi mamá también es como Elsa.

En la fontana con el palacio Poli de telón de fondo, entre tritones domadores de caballos de mar y ante la mirada del poderoso Neptuno, Elsa le cuenta a Alfredo el momento donde el ruido del agua empieza a desaparecer. “Querido Marcello tengo que confesarte algo, te amo.” “Te amo más de lo que nunca quise a nadie antes.” Pausa. Ese decir del silencio se traslada a la sala, un silencio completo y tan atento que se respira con dificultad.

El silencio y los rostros de ese plano que se buscan. La mirada de Elsa lo interpela y el murmullo de un “gracias” le arranca la confesión “gracias a ti mujer”.

Elsa decide, elige. Elsa celebra porque la vida es una maravilla. Elsa elige vivir y sueña con ser la epifanía de ese hombre, de Alfredo. Elsa, mi madre, Alfredo, mi padre, un encuentro y todos los encuentros.

Como Silvia a Marcello, como Elsa a Alfredo, como mi madre a mi padre, quiero decir ese momento en el que ellas advierten que el agua pasa a un segundo plano porque se está junto al otro. Quiero ser la protagonista de una imagen que atrape el rostro del amor, dos que juegan a estar solos en el mundo.

Mi madre nunca estuvo en la Fontana de Trevi, mi padre nunca fue al cine, y sin embargo el cine me permite soñarlos en un amor tan distinto y tan igual a ese, porque todas las historias esperan su resurrección en una película, y muchos son los héroes que se amontonan a su puerta.

Salimos del cine en silencio. “Nunca es tarde para vivir, pero yo estoy cansada”, dice mi madre mientras trata de disimular lo mucho que extraña a su compañero. Ambas elegimos apoyarnos en la mano de la otra para el regreso a casa, ambas lo extrañamos.

“Por suerte tengo al cine”, me digo. Porque me da la posibilidad de reconocer que debajo de la imagen revelada hay otra más fiel a la realidad, y debajo de esta otra, otra más, y de nuevo otra debajo de esta última. Hasta la verdadera imagen de aquella realidad, absoluta, misteriosa, que nadie nunca verá como decía otro italiano, Antonioni, que de esto entendía tanto como Federico y como Marco .

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Elsa y Fred (2005) | Marcos Carnevale

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