Nuestra última película
Ir al cine sola
Por Carol Ann Figueroa
Había decidido ir al cine sola buscando un poco de silencio, aprovechando que el festival de cine europeo estaba a punto de terminar, y aquella sería mi última oportunidad para ver una película documental cuya trama creía que podía resultarme inspiradora. Tras varios meses de haber abandonado la escritura de mi novela por entregarme a los malabares del amor, tenía fe en que bastaría con volver al sencillo ritual de enfrentarme sola a una película, para que la paz perdida en los últimos meses regresara a poner las cosas en orden.
Llegué mucho más temprano que de costumbre, así que tras comprar mi boleta decidí matar el tiempo tomando café y leyendo un libro, sentada a unos cuantos metros de la puerta de la sala. La primera línea del capítulo que estaba a punto de comenzar, decía algo así como “Margarita había hablado otra vez con el médico…” y aunque ya había leído su historia en el capítulo anterior, me resultó imposible recordar su rol en la novela.
“Margarita había hablado…” “Margarita había hablado otra vez con…” “Margarita…”
Al tercer intento desistí de seguir leyendo, así que levanté la vista y respiré profundo tratando de recuperar mi capacidad de concentración, pero conseguí todo lo contrario. Frente a mí estaba parado Javier, clavándome rabiosamente sus pupilas, sin la menor intención de acercarse a saludar, pero determinado a hacerme notar su presencia y subrayar que ese encuentro le molestaba tanto como a mí.
Lo evadí bajando los párpados, fingiendo que era capaz de continuar mi lectura como si no hubiera visto nada, sintiendo que todas las emociones de la última vez que nos habíamos visto volvían a mí como un bumerang. Recordé aquella noche en que me confesó que estaba enamorado, que no podía seguir siendo mi amigo y que no quería volver a escuchar ninguna de mis penas de amor, básicamente porque a su juicio no eran más que una patética sucesión de hechos que se repetían una y otra vez, reproduciendo miserias y llantos que ambos conocíamos de memoria.
Pierdes el tiempo sufriendo por ese imbécil básicamente porque quieres; porque te encanta sufrir —dijo antes de pedirme que no nos volviéramos a ver.
El agujero negro que sus palabras habían abierto en mi pecho regresó con la misma fuerza de aquella noche y tuve el impulso de levantarme y decirle algo, pero cuando bajé mi libro descubrí que se había ido. Pensé en buscarlo entre la gente, pero al notar que con su desaparición se había cerrado el agujero, sentí alivio y preferí dejarlo ir.
Puse el libro sobre la mesa, agarré mi taza de café con las dos manos y decidí escaparme de mi misma detallando a la gente alrededor. La fila de la taquilla se había duplicado y sus habitantes componían un simpático collage de miradas ansiosas pegadas al reloj, gestos de erudición entre quienes comentaban el catálogo del festival y pupilas dilatadas en los ojos de aquellos que caminaban hasta la confitería, atraídos por el destello de alguna voluptuosa golosina. Me entretuve detallando aquel flujo de cinéfilos hasta que la espalda ancha de un hombre llamó mi atención, y tras aguzar la vista descubrí que se trataba de Rubén, el hombre con el que semanas atrás había decidido tener sexo en un intento desesperado por convencerme de que nada me obligaba a serle fiel a Martín, el imbécil que había desatado los celos de Javier.
Fue un sexo incoloro e insaboro, de esos en que la desnudez del uno no consigue vestir a la del otro y en el que la frialdad de los besos termina convertida en un hartazgo que emerge de la peor manera, poniendo de manifiesto la infinita soledad que junta dos cuerpos vacíos bajo las mismas sábanas.
Al girarse, Rubén reconoció mi rostro enseguida y en su gesto afloró la misma mueca de macho herido con la que me había mirado aquella tarde en que lo dejé desnudo e insatisfecho sobre su cama. Quiso sin embargo ser amable, y asentó con su cabeza mirándome a los ojos, como saludando sin saludarme. Yo le correspondí, pero supe que la incomodidad de verlo superaba mis modales, así que escapé de aquél instante mirando mi reloj, descubriendo felizmente que faltaban pocos minutos para que empezara la película.
Me apresuré a entrar en la sala deseando que la oscuridad y el anonimato me envolvieran cuanto antes, pero apenas me dirigí hacia la fila de mi silla favorita descubrí que en ella estaba sentado él, Martín, mi enemigo favorito, el hombre a quien hacía dos meses había resuelto no volver ver jamás, aunque hacerlo me costara un esfuerzo sobre humano. Mi cerebro se cristalizó, mi pecho se convirtió en un remolino que succionaba todo mi cuerpo y mis piernas comenzaron a temblar. La idea de ir sola al cine ese día, me pareció la peor idea que había tenido en toda mi vida.
Quise desandar mi camino, pero al dar media vuelta descubrí que en la puerta estaba Javier entrando, así que me giré de nuevo y me senté en la primera silla vacía que encontré, rogando que la película empezara pronto. Javier pasó junto a mí con pasos fuertes para hacerme saber que voluntariamente me ignoraba, y mecánicamente caminó hasta la fila de mi silla favorita, sentándose sin darse cuenta junto a su imbécil favorito. Al verlos, no supe si aquello era trágico o cómico, pues mientras yo me deshacía cual estatua de arena en mi silla, ellos tardaron algo así como dos minutos en reconocerse, y lo único que supieron hacer fue retarse con la mirada, acelerando el ritmo de su respiración cual si fueran un par de toros a punto de estrellarse. En esas Rubén entró a la sala, y cuando se sentó tras de mí apenas separados por una fila, el circo en el que se había convertido mi solitaria visita al cine quedó completo.
Ciento veinte eternos minutos permanecimos juntos en aquella sala, fingiendo estar concentrados en una película que no nos ayudaba mucho, pues pocas como aquella he visto tan críptica y lenta, aunque siendo totalmente justos habrá que reconocer que, durante su proyección, lo más probable es que mis sentidos no estuvieran en su sitio.
Faltando algo así como veinte minutos para que se terminara la película, sentí la pesada figura de Rubén apoyándose en el espaldar de mi silla, y pude ver la silueta de su rostro acercándose a mi oído, como si de repente hubiera sentido el impulso de decirme algo, ante lo cual decidí clavar mis ojos en la pantalla como si estuviera viendo una película capaz de salvarme la vida, cosa que de alguna manera estaba haciendo.
La obviedad de mi indiferencia debió herirlo de muerte, pues Rubén se levantó abruptamente de su silla y abandonó la sala.
Uno menos —pensé.
Al final de la función mientras las luces se encendían, Martín descubrió que yo había estado tras él durante toda la película, y cuando sus ojos se juntaron con los míos su figura pareció petrificarse. Saber que le costaba verme me llenó de alegría, es cierto, pero verlo caminar hacia mí decidido a hablarme, me llenó de pánico y no supe qué debía pensar, decir o hacer.
Javier se puso de pie cual si fuera un juez dispuesto a dictar un veredicto sobre los hechos que se sucederían, y sólo por el placer de fastidiar su soberbia, conseguí salir de mi mutismo para saludar a Martín con un beso en la mejilla, que obligó a Javier a salir corriendo. El circo estaba cada vez más reducido.
¿Quieres que vayamos a tomar un café? —me preguntó Martín seguro de conocer mi repuesta, la misma respuesta afirmativa que le daba siempre.
Guardé silencio y repasé los acontecimientos de los últimos meses, incluidos los sucedidos durante la película y rápidamente encontré la respuesta.
Mmm…No. No quiero. —le respondí alejándome sin dejar de mirarlo, viendo cómo su gesto se convertía en una desconcertada incógnita que preguntaba qué era exactamente lo que estaba pasando. Te estoy dejando —le dije en voz muy baja, casi como diciéndomelo a mí, y me alejé.
Afuera el mundo había cambiado. A partir de entonces, ni Rubén, ni Javier, ni Martín estarían en él.

























