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Nuestra última película

A la hora señalada /// Sol Freites

Nuestra última película
A la hora señalada
Por Sol Freites

“¡Dale que llegamos tarde!”. “¿Pero no empezaban las colas a las siete y veinte?” “¡Las colas, qué antigüedad! ¡Apurate!” Así emprendían la corrida de lo que sería la última película que verían en ese lugar. Claro que ninguno lo sabía. Ella hablaba sin mirarlo, mientras buscaba su billetera con una mano y con la otra apagaba el celular. El la llevaba del brazo, guiándola y rogando que no se cayera. Era lo único que les faltaba para demorarse aún más. El odia llegar tarde al cine. Es más, odia llegar con una antelación menor a veinte minutos del horario programado.

La sala donde la daban era la más grande. Por suerte, y a pesar de haber visto mutar ese cine en un complejo de seis salas, ésa seguía manteniendo sus grandes proporciones, los asientos de cuero, y no había en sus apoyabrazos huequitos para la gaseosa extra large. Ella odia a la gente que come en el cine, y suele callar a las señoras que comentan la película, explicándose entre ellas por si alguna no entiende, o más bien sacando conclusiones apresuradas. Ella ama esa sala, dice que tiene olor a antiguo y que las mejores películas siempre las vio ahí. El también, pero sólo asiente. Ambos decidieron ir a ver “¡la última de Kiarostami, que encima protagoniza Juliette!”, como le dijo Ella cuando corrió a buscarlo a su oficina. Juliette Binoche es la actriz favorita de Ella. Kiarostami es uno de los directores preferidos de él. Y la sala, casi como una premonición, la eligió Ella.

Llegaron con los títulos, y el audio que anuncia un discurso frente a una mesa vacía, donde se encuentra apoyado el libro “Copie conforme”, escrito por un inglés, el co-protagonista. El gruñía, Ella se sacaba el abrigo y le palmeaba suavemente la pierna. “Llegamos bien, relajate”, le susurró. La imagen era un poco sucia, los proyectores de esa sala estaban un poco escasos de mantenimiento. No importaba, en ese contexto no importaba. Se escuchaba con algo de fritura por momentos. No importaba. El advirtió que estaba un poco fuera de cuadro. El proyectorista también, y se apresuró a reencuadrar. Nada de todo eso importó cuando se relajaron y se dejaron llevar por esa magistral cámara y atmósfera que describía su querido iraní.

Comienza el viaje. Mediante un gran plano secuencia (marca registrada del director) se descubre el espacio de la protagonista, una anticuaria que, “casualmente”, carece de nombre en el relato. La imagen generada por un steadycam la busca hasta encontrarla detrás de una escultura, mirando a cámara y sonriendo. La anticuaria tiene la sonrisa más triste y melancólica que Ella haya visto en una actriz. Siempre lo dijo, si Ella dirigiera alguna vez y pudiera elegir, Juliette sería su protagonista y, quién sabe, su actriz fetiche.

Ella no pudo evitarlo, suspiró y lo codeó. El estaba completamente impávido frente a la delicia que supuso esa puesta de cámara. Esa, y todas las que siguieron. El se acomodó los anteojos y la miró, le sonrió y volvió la mirada a la pantalla. Los dos estaban felices, visiblemente felices. Sabían que estaban viendo una película que los llenaría por completo. Ellos saben siempre cuando eso va a suceder, en especial cuando eligen algunos directores y no aguantan a que pase el primer fin de semana del estreno para ir a ver su película.

La anticuaria y el escritor van de paseo en auto. Parecen dos perfectos desconocidos. Recorren la Toscana, que se les refleja una y otra vez en el vidrio del parabrisas, vedando por momentos la imagen de ellos mismos. Se detienen en un bar y entablan una prolongada conversación. Se inicia un juego de roles, donde no todo es lo que parece. La anticuaria habla con su hijo por celular mientras el escritor se incomoda. Empiezan a entreverse los no-dichos de esta historia, infinitamente mayores a los que uno se imaginaría.

Ella comenzó a moverse en la butaca, estaba incómoda, tendía a esconderse. El se fastidió un poco y tendió a enderezarse en el asiento. Ninguno de los dos emitió un sonido. Ambos odian susurrar en medio de una película.

El viaje lleva a la pareja conformada por la anticuaria y el escritor a comer en un restaurante donde se celebra una boda. Por ahí nomás, las novias hacen fila en una especie de santuario para inmortalizar ese momento. Se sacan fotos sonrientes, “contando” en la imagen lo felices que están. La anticuaria se suma, contenta. El escritor no, y se sienta a esperar. A su lado espera su turno una novia triste y frustrada, como todas las demás un segundo antes de entrar.

Ella tuvo frío. Casi sin darse cuenta, descubrió su rostro húmedo. La embargó cierto pudor y, cada vez más, se hundió en su butaca. Para esas alturas, ya estaba tapada con el abrigo. El se dio cuenta, sacó un pañuelo y se lo dejó en el apoyabrazos. Ella lo tomó y decidió esconderse bajo su abrigo para poder secarse las lágrimas. El permanecía inmóvil, mirando la pantalla.

La anticuaria y el escritor resultan ser una antigua pareja separada, que se reencuentra luego de un buen tiempo. La anticuaria todavía lo ama. El escritor quizás también. La anticuaria, en un intento casi desesperado por despertar la melancolía, lo lleva al hotel donde habían pasado su luna de miel. El escritor no lo recordaba. En una habitación, la anticuaria emplea todos los artilugios posibles para despertar su deseo. Y lo logra, aparentemente. Pero el escritor no puede. No pudo, ni podrá. Y allá lo espera su tren de regreso, mientras ella se pinta los labios de rojo frente al espejo.

Ella lloraba desconsolada. Intentó no hacer ruido, pero se ahogó en su propio llanto. El no podía moverse, ni se atrevía a mirarla. Ella se apoyó en su hombro, buscando contención. El levantó su brazo y la dejó recostarse encima suyo. No pudo contenerla, pero quizás pudo ser un buen sostén. Y todo mientras pasaban los créditos finales. Ellos jamás se levantan de las butacas hasta que no se lee la inscripción de Copyright de la película. De todos modos, no tenían fuerzas para moverse, aunque quisieran.

Las luces se encendieron, la gente se había ido y Ellos se levantaron como pudieron. Sin hablar, fueron hasta el kiosco más cercano y compraron cigarrillos. Ella no fuma, pero ese día fumó. Cuando hubieron terminado el primer cigarrillo, emitieron la primera palabra. Ella lo miraba y se reía, él no podía ni mirarla. Ella dijo “Increíble”, y él dijo “Qué hijo de puta”. Kiarostami, claro. Y comenzaron a caminar por Avenida Cabildo, sin rumbo, en busca de un buen vino.

Tiempo después, esa misma vereda se vio plagada de carteles, solicitadas, y un enorme cartel que rogaba el “No al cierre del Cine”, antesala del trágico final que fue inevitable. Y así, como esas cosas que pasan sin querer queriendo, ésa fue la última película que ambos vimos en la sala de cine que más frecuentábamos. Probablemente allí, El y Yo hayamos visto las mejores películas, desde los tiempos en que éramos estudiantes de cine: en el viejo y querido cine Savoy (conocido estos últimos años como Arteplex Belgrano). (Pero Savoy para nosotros).

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Copie conforme (2010) | Abbas Kiarostami

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