Nuestra última película
Mi último film
Por Csaba Herke
I
Establecer un final es lo mismo que establecer un principio. Principio y final, en algún punto, son lo mismo. En realidad, son estrictamente lo mismo.
El problema con el arte en general y el cine en particular (entre muchos, muchísimos problemas, el arte en sí es un problema) es que no creo que se pueda establecer un principio o un final, porque las obras, como me dijo un viejo docente, son como las estrellas en la bóveda celeste: uno no puede mirar toda la bóveda de una sola vez, al paso del tiempo va mirando diferentes porciones de cielo, en el cual también las estrellas cambian, se prenden y se apagan, nacen unas y mueren otras.
Más allá de lo impreciso, de lo “blando”, de lo absolutamente antiacadémica de esta descripción, siempre me gustó su fuerza poética. Muchas veces, la poesía tiene mucho más rigor que cualquier trabajo académico, y, de todos modos, qué nos queda sino la poesía. Quizás la constante universal sea el gran poema de la relatividad.
Lo último puede ser tomado de muchos modos: lo último, después de lo que nada queda; lo último, antes que todo cambie; también lo último es en tanto tiempo que está sobre el presente. Lo último es también lo que está en el borde de lo soportable, lo último insoportable, lo último puede ser tomado como un punto metafísico, pero también como lugar decisorio.
En todos los casos, lo último siempre es una articulación temporal, en cuanto marca la ineluctable finalización de algo, cosa que se desplaza también sobre la noción de espacio.
Julio Verne y Poe nos plantean este problema, pero el mundo del siglo XIX tenía finales, lugares últimos, hoy quizás perdidos; pensándolo de este modo quizás mi generación todavía tenga un fuerte vínculo con el siglo XIX. Incluso visto de esta manera es dificultoso poder pensar el núcleo de este problema.
II
Si en cine fue una década asombrosa, en lo político, el asombro la mayoría de las veces terminó en una mueca de horror.
Podría hacer una lista completa de films estrenados en esa década, que van desde El pequeño salvaje en 1970, pasando por las no estrenadas en argentina como La naranja mecánica en 1971 hasta Manhattan en 1979, y seguramente me faltarían todos aquellos grandes relatos que por periféricos quizás jamás llegaremos a ver.
Pero en este caso —y a debida cuenta del título del tema—, sólo un pequeño grupo de estrenos que creo yo moldearon las discusiones cinefílicas de mi generación son, en este caso, significativas.
En 1972 se estrenaron El Padrino y Aguirre, la ira de Dios; en 1976 Taxi driver; El franco tirador en 1978 y en el 79 Apocalipsis Now y Nosferatu, el vampiro, y si bien Fitzcarraldo se estrenó en el 82, arrastra el peso de la década.
Me atrevería a decir que Coppola-Scorsese principalmente por un lado y Herzog por otro, dividieron mi generación, nos despertaron al cine en cuanto también marcaron dos líneas bien diferenciadas en lo que cada uno buscaba en un relato; obviamente vinculados a nuestras particulares sensibilidades.
Mi primer acercamiento a Herzog fue un domingo, a partir de unos incomprensibles comentarios en torno a este director, a partir de una revista dominical. Aunque en español (en casa se solía hablar en francés cuando no querían que entendiésemos), inentendibles en el recuerdo; sin embargo, había en esas palabras un sonido que atrapó mi atención y recuerdos para siempre.
Una tarde de primavera. Yo estudiaba en el conservatorio Manuel de Falla, por lo cual debían correr los años 84 u 85. El cine teatro SHA estaba ya en franca decadencia (se solían cortar las películas, tardaban en empezar, el sonido era espantoso). Sin embargo, todavía seguía siendo el cine donde se podía vivir plenamente la emoción del cinematógrafo, donde todos los que estábamos nos sentíamos conmovedoramente ligados por esa maravillosa experiencia. Aunque todavía funcionaban el Lorraine, el Loire y el Cosmos, entre otros, yo me había encariñado profundamente con el SHA, haciéndolo mi lugar de referencia, a tal punto que una noche invité a una futura ex esposa a ver La Chinoise, cosa que hoy, con la edad, jamás recomendaría hacer.
Para entender todo esto hay que aclarar también que desde pequeño mis padres me cultivaron en el más alto criterio cinematográfico, pasando por Kurosawa, Karel Kachyna, Albert Lamorisse, Jacques Tati, entre otros. Incluso alguna vez, por no saber con quien dejarme, tuve la fortuna de poder ver a Jaime Camino o a Polanski. Es de hacer notar también que en un ciclo del instituto Goethe, todavía antes del golpe del 76, conocí tempranamente a Jorge Prelorán y los debates que suscitaba.
Debo señalar también que, sin el conocimiento de mis padres, acudía a una biblioteca anarquista, la Biblioteca Jaén, donde vi algunos documentales de Herzog, films de Fassbinder, supe de Otocarrunsen y el llamado nuevo cine alemán. Allí también se leía poesía y con mi amiga Ana, alguna vez, tocábamos blues; no está de más decir que mi guitarra tenía el mástil roto, lo que me permitía hacer unos glisandoš y distorsiones sin usar ningún artificio electrónico. Así también, asistí a un curso de cine en una escuela los sábados al mediodía, donde me encontré con René Clair y el manifiesto Dadá.
III
Anochecer de primavera, yo con mi guitarra al hombro. Fuimos con un amigo que estudiaba arquitectura (estudiaba o iba a estudiar, pero que dibujaba excelentemente bien) a ver en el SHA Nosferatu de Herzog. Años atrás, llevado por Daniel, yo había visto la original de Murnau, en uno de esos ciclos que solían hacer célebre al San Martín. Recuerdo que me quejé del caminar sonámbulo de Mina. Ahora, cada vez que enseño la película, me avergüenzo de esa tremenda soberbia, más cuando los alumnos expresan esas mismas críticas que hoy veo superfluas y sin sentido ante la condición fundadora y sutil complejidad del film.
El film en su inicio se cortó. El medieval vuelo del murciélago fue cercenado por la obsolescencia tecnológica del proyector. Fue toda una fiesta. Sin embargo, terminado el film nada estaba para el chiste, la desolación había congelado toda palabra, no era terror ni asco, era pura y simple desolación, una tristeza infinita, una tristeza ontológica detuvo por un largo tiempo mi habla.
En ese momento entendí algo que todavía no podía racionalizar, pero era como si todo el pasado convergiera en ese instante, como si el film pudiera darle sentido a todo lo visto y pudiese abrir la puerta a pensar el cine de otro modo. Como si Nosferatu me hubiese hecho perder la inocencia. Seguramente, cada cinéfilo tiene su “Nosferatu”.
Nos fuimos caminando hacia plaza Once, donde en la clara noche nos sentamos y tocamos algunas canciones. Javier me hizo un retrato con la guitarra. Desde entonces juego con mi apellido y el de Herzog.
Hasta hace poco tenía el dibujo pegado en la pared. En una de esas permanentes reformas que sufren las casas con cierta edad lo guardé dentro de una carpeta y ahora habita en algún cajón junto a otros recuerdos.
Cuando se me propuso este relato lo primero que pensé fue rescatar de las sombras el dibujo, para tener una fuente primaria confiable y con fecha precisa. Sin embargo, y con todo, lo dejé guardado, prefiriendo la ambigüedad poética a la precisión histórica, escogiendo el mundo de los sueños, tal como en un documental herzogiano, donde lo verdadero se desenvuelve no tanto de una supuesta objetividad, sino como resultado de la poyesis.
Quizás con Herzog pude entender por primera vez lo verdadero que se desenvuelve en el arte. Por eso también y seguramente de modo provisorio, fue mi último film.
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Nosferatu, Vampiro de la noche (Nosferatu – Phantom der Nacht, 1979) | Werner Herzog

























