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Nuestra última película

Imágenes ilusorias /// Ricardo G. Rodríguez

Nuestra última película
Imágenes ilusorias
Por Ricardo G. Rodríguez

No puedo registrar si el filme al que voy a referirme fue el último que vi. Sin dudas, es el último que ha producido en mí una conmoción tal que me impide excluirlo de esa categoría. Por otra parte, su reiteración en el cable, hace que lo vea recurrentemente, para verificar si hay algún detalle que se me escapó en visiones previas.

Me refiero a El Ilusionista, la película protagonizada por Edward Norton y Paul Giamatti, dos notables actores puestos al servicio de un texto impecable.

El cuento recurre a un archi-recorrido camino: un joven pobre se enamora de una duquesa que, además, es la prometida del Emperador de Austria, nada menos. Así planteado, resulta bastante ridículo. Sin embargo, aquí aparece el arte, la historia resulta verosímil porque ese amor se genera en la infancia de los protagonistas y el destino aparece jugándoles malas pasadas, como ocurre en casi todos los clásicos.

Hasta aquí el planteo. El desarrollo de El Ilusionista es magistral. Cada escena está cargada de contenido; cada imagen, cada sonido están puestos al servicio de la historia.

Cuando hablamos de “ilusión”, estamos hablando de la esencia del cine. ¿Qué otra cosa es una película sino la creación para el espectador de un universo creíble y, sin embargo, ficticio? El gran Federico solía decir que era un irreprimible mentiroso. Y si él lo decía, seguramente tenía razón. Cuando vi 8 y ½, era muy joven y no alcanzaba a comprender la complejidad de esa trama. Pero después Fellini me regaló Giulietta degli Espiriti y, todo lo que en 8 y ½ era oscuro e inasible, cobró sentido para mí.

El Ilusionista juega, permanentemente, en esta dualidad. La ficción forma parte de la realidad y, simultáneamente la realidad ocurre en la ficción. La ficción está presente desde la locación. El cuento tiene lugar en Viena, la capital del imperio austrohúngaro, y esto es así porque uno de los personajes es miembro de la familia real y heredero del trono imperial. Sin embargo, por razones económicas de producción, las filmaciones urbanas se llevaron a cabo íntegramente en Buda Pest (1).

Gran parte del espectáculo está dedicado a las representaciones teatrales del mago, mostrándolo como realizador de hechos metafísicos. Sin embargo, cuando lo apuran un poco, no tiene más remedio que proclamar ante la multitud que lo suyo es ilusionismo, un mero entretenimiento. Pero la trama no se queda aquí: está relacionada con un plan del mago para arrebatarle al hijo de emperador a su prometida —la duquesa— y, de paso, destruir una conspiración política.

Desde un punto de vista estrictamente argumental, el guion es un pucherito, tiene de todo. Si bien el hilo conductor es el romance entre el mago y la duquesa, hay un “asesinato”, una investigación policial; un amago de insurrección popular, intrigas palaciegas, el surgimiento de charlatanes metafísicos, como consecuencia de las representaciones teatrales y, por si esto fuera poco, un gran sentido del humor que se pone claramente de manifiesto en las escenas finales, pero que recorre toda la película. ¿Qué más se puede pedir?

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El Ilusionista (The Illusionist, 2006) | Neil Burger

(1) Buda Pest —la capital de Hungría—, son dos ciudades separadas y unidas por el Danubio.

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