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Nuestra última película

Las últimas películas tienen intriga de predestinación /// Lucía Salas

Nuestra última película
Las últimas películas tienen intriga de predestinación
Por Lucía Salas

Yo sabía muy bien cual era esa última película y aunque quisiera, no conseguiría recordar otra. Y eso me asustaba un poco.

Me entristece esta historia y no quería hacer que alguien más estuviese triste, y que después me cruzaran por la calle y fuera todo incómodo, como suele ser cuando alguien sabe que uno quería mucho a alguien que se murió y no sabe bien qué decir ni cómo. Pero después pensé “si están leyendo esta historia es porque me quieren y ya lo saben, o me quieren y quieren saberla, o les gustan las historias tristes, porque todas las últimas veces de cualquier cosa son tristes”.

Pablo, nuestro querido, queridísimo editor, me acompañó contándome una historia muy parecida, que me shockeó un poco porque entendí que todos los finales en la vida tienen una manera de parecerse y sobre todo de enunciarse. Y a la vez me sentí muy bien leyéndola, compartiendo ese recuerdo que él me regaló. Así que ahora que terminé de quejarme y justificarme les voy a contar la historia de la última vez que fui al cine con mi Papá.

Fines de abril del 2010. El BAFICI había terminado hacía una semana y faltaban unos días para mi cumpleaños número veinte. Todavía nos quedaba la inercia de ir al cine todos los días, todo el día y a cualquier hora. Estábamos en ese proceso de adaptación extraño que sucede al festival, en el cual de repente tu semana tiene días y tenés que hacer un montón de cosas que dejaste atrasadas, y no tenés tiempo de ir al cine. Esa era la tercera vez que nos pasaba porque, claro, era nuestro tercer BAFICI, porque hacía tres BAFICIs que vivíamos en Buenos Aires y más o menos así medíamos el tiempo. Por aquellos tiempos, los festivales y los estrenos en las salas del Arteplex eran una marca indivisible de la relación padre-hija que sosteníamos con mi papá. El alejamiento adolescente había sido de alguna manera disminuido por esa misma razón, y el acercamiento post-adolescente pre-adulto prosperaba. A mí me gustaba ir al cine y pasaba cada vez más tiempo ahí desde que abandoné Trelew. Se estaba volviendo mi vida. Mi papá había vivido en Buenos Aires hasta poco tiempo antes de mi nacimiento, así que el proceso había sido bastante similar.

Esa semana sin cine tenía que terminar sí o sí con una película, pero en vez de ir al Arteplex fuimos al Cinemark. Se había estrenado La cinta blanca de Haneke y como no la habíamos visto estábamos ansiosos por ir. A mí me gustaba Haneke, había visto varias de sus películas y me habían interesado, y en algunos casos hipnotizado. Quería contarle de eso a mi Papá, y ver qué pasaba con esta nueva.

Debí haber leído la primera señal: ir al Cinemark en vez del Arteplex (que era más barato y solía haber menos gente) significaba algo. El BAFICI lo había dejado muy cansado y para caminar hacia el cine o tomar un colectivo tenía que tomar varios calmantes, por un supuesto misterioso dolor de cadera. Yo en ese momento supuse que era fiaca, y que el dolor era de cadera, así que saludé a mi hermano y me fui, con la cartera llena de comida porque La cinta blanca es bastante larga.

Mi hermano siempre fue mejor leyendo señales y tal vez por eso decidió dejar esa noche para que fuera nuestra última película, o quizás lo habíamos hastiado durante el BAFICI y no quería volver al cine por un tiempo.

Llegué al cine un poco antes de la función y ahí estaba mi papá, entre decenas de personas que iban a ver al último ganador de Cannes. Mi papá estaba parado afuera, en el sector de la puerta, con el pantalón de jean eterno que compraba siempre en el mismo lugar: el mismo talle, el mismo color y el mismo modelo desde que tengo uso de razón, y una campera marrón de gamuza que era la “campera de ir al cine o al teatro”, que a mí me divertía un poco porque me hacía acordar a Chuck Norris. Mi papá no se parecía a Chuck Norris, se parecía mucho a mí —yo me parezco a él— pero con poco pelo y muchas canas. Subimos las escaleras mecánicas argumentando que mi hermano no había querido venir porque que no se bancaba las películas largas. Así llegamos a la sala y lo que mi papá pensó que eran entradas en la primera fila —el cine estaba lleno— eran entradas para la última, esa fila que tiene asientos a 85º. Nos sentamos, puteamos un poco y comenzó la película.

Yo de verdad quería que la película me gustara. Estaba casi segura de que a mi papá le iba a gustar, de que no se iba a aburrir, pero yo ya no estaba tan segura de qué estaba pasándome con esa película e incluso no sabía si no me estaba aburriendo. Quizás era cansancio, o unas semanas de mucho cine, no sé (el aburrimiento en estas películas tipo Arteplex era considerado un signo de frivolidad imperdonable para mi papá y también para mí). Yo comía mis galletitas mientras miraba… al rato ya no me aburría, pero tampoco la estaba pasando tan bien como creí que la iba a pasar. Mi papá no quiso ni una galletita, estaba muy concentrado y cuando finalmente se me terminaron… ¡todo mal!, era un pésimo horario para el cine: justo la hora de comer.

No obstante, me pude concentrar y seguí viendo. Mi papá parecía concentrado pero incómodo, se movía mucho en el asiento. Hacia el final nos concentramos mucho los dos. Cuando definitivamente la película terminó, comenzamos a movernos despacio, a desperezarnos, a despertar los músculos. La marea de espectadores comenzó a bajar y nosotros con ellos, en silencio. Yo estaba todavía un poco en transe y trataba de absorberlo todo antes de olvidarlo. Mi papá caminaba medio chueco.

Decidimos ir a comer al patio de comidas del Shopping, coincidimos en el qué y el dónde, algo que pasaba casi siempre, pues por ese entonces yo todavía creía ser una versión de Luis Salas de casi veinte años.

Si hablamos de la película, fue poco. Yo todavía estaba queriendo que me gustara mucho y buscaba formas de construir ese gusto, estaba confundida, no sé. No volví a ver la película y hoy creo que definitivamente no me gustó, aunque en ese momento creía que sí. Todo era confuso y aún lo sigue siendo. Lo que si sabía era que a mi papá le había gustado. Me habló un poco de la guerra y el cine, los niños, yo le conté lo que había visto antes de Haneke: el video, la violencia y demás tópicos Arteplex. Pero fue muy poco y un poco desconcertante. Algo estaba pasando. Yo no sabía que esa era la última vez que íbamos a ir al cine, porque el dolor de cadera no era la prótesis sino un cáncer de colon simpatiquísimo que estaba por hacer que todo se fuera al carajo. Tampoco sabía que estaba confundida porque me faltaban aprender un montón de cosas que todavía me faltan, entre ellas que siempre me iban a faltar cosas por saber y que estaba bien, pero que en los próximos meses iba a aprender mucho de golpe y me iba a encerrar varios meses en el cine, todo el día, casi todos los días, y que me iba a llevar un tiempo lograr que el cine dejara de ser mi cueva para empezar a ser mi vida, que la enfermedad de mi papá iba a acelerar de alguna manera esta enfermedad que ya avanzaba en mí: la cinefilia.

Pero de alguna manera lo sabíamos y la charla viró hacia temas de la vida en general, temas de padre e hija. Mi papá adivinaba que yo creía que a los veinte tenía que pasarme algo, saber algo, o saber todo y faltaba poco, así que me habló del cine y de la vida, previendo varios errores que a un Luis de veinte años no le hubiera gustado cometer. Pasamos horas así, hablando de todo, con las bandejas del patio de comidas adelante, sin movernos del lugar… Sin embargo, algo se había corrido. Yo no sabía qué era, pero creo que él sí, porque si bien no sabía nada que yo no supiera intuía que ya haberme seguido al cine era una forma de acompañarme en el proceso de convertirme en alguien que él no llegaría a conocer, alguien que dejaría de parecerse a él para empezar a recordarlo. Supongo que los padres son más conscientes de este tipo de corrimientos que los hijos, leen mejor las señales o se preparan antes, no sé. La cuestión es que algo se corrió y yo no me quise dar cuenta, algo que tenía que ver con que a mi papá le había gustado la película y a mí no, pero no habíamos podido hablar de eso. Había un poco de miedo ahí, miedo de que el otro se diera cuenta de que por momentos había mermado la atención. En mi caso, fue la confusión. En caso de mi papá fue el malestar y el dolor. Eso nos llevó por caminos diferentes.

Fuimos afuera. No quería que lo acompañara, pero durante unas cuadras lo acompañé de todos modos. Decía que debería ser al revés, pero yo ya empezaba a notar que le costaba horrores caminar. Nos despedimos en la esquina de Billinghurst y Santa Fe y nos fuimos cada uno por su lado.

Y así fue última vez que fuimos al cine. Unos días después lo internaron y no vimos más nada. Creo que el día del padre vimos un partido de algo, ya no me acuerdo mucho. Esto es todo lo que recuerdo, de La cinta blanca y de ese día.

En un momento un tanto esotérico de mi vida, un astrólogo (cosa que mi papá no me perdonaría si viviera) me mandó a decir que yo había venido al mundo a dejar de ser hija. Creo que algo de eso hubo ese día en que a mi papá le gustó la película y a mí no.

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La cinta blanca (Das weiße Band – Eine deutsche Kindergeschichte, 2009) | Michael Haneke

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