Nuestra última película
La vida es una bestia estúpida
Por Lola Silberman
Carne de perro, de Fernando Guzzoni (Chile, 2012) se proyectaba en la Competencia Internacional de la última edición del Festival de Valdivia. La película venía de ganar el premio a Mejor Película en el Festival de San Sebastián, por lo que había una gran expectativa entre los más de cuatrocientos asistentes a la gala nocturna en el Auditórium de la Universidad Austral. Afuera hacía un frío casi polar, lo que resultaba un tanto absurdo para los que estamos familiarizados a la primavera porteña. Pero la ciudad de Valdivia, bastante más al sur y en la costa del Pacífico, tiene acostumbrados a sus habitantes a un frío y una lluvia constantes, aún en verano. También a los incendios y a las inundaciones, pero ese es otro cuento.
Y nosotros estábamos ahí, parados en la fila, casi tiritando y esperando que el problema técnico (que demoró la entrada a la sala casi una media hora) al fin se solucionase…
¿Estábamos ahí?
Había además del frío y la larga espera, otra clase de malestar, algo incómodo y tácito, pero que no imaginaba. Recuerdo tu ansiedad y tus quejas, que esa noche, luego de varios días de viaje, me resultaron agotadoras. Pero yo quería que la cosa funcione. ¿Por qué además no habría de serlo? Si era una de mis más lindas historias de amor.
Finalmente dan sala y luego de unos minutos, en los que todos los asistentes nos acomodamos y el director en persona refiere unas palabras a modo de presentación, comienza la película: una cámara que sigue por 90 minutos a un ex torturador de la dictadura de Pinochet, devenido en taxista. Un tipo solitario, introspectivo, al que su hija y su mujer se niegan a ver, muy probablemente por sus ataques de ira en los que destruye todo lo que tiene a su alrededor.
Finalizada la proyección, con el público todavía aplaudiendo nos retiramos de la sala en silencio, muertos de hambre, buscando con desesperación algún sitio que nos diera de comer a esa hora. Nos refugiamos en un restaurant que tenía una gran salamandra a leña en su interior. Creo que a los dos nos hizo recordar mi casa y los buenos momentos que habíamos pasado junto al fuego antes de partir de viaje. De la película en sí comentamos poco, de hecho, supuse que no te había gustado, porque hiciste muy pocos comentarios mientras cenábamos y los pocos que hiciste fueron más bien críticos.
Pero no asocié.
Al otro día partimos muy temprano del festival. Nos íbamos en auto hasta Santiago y teníamos más de 800 kilómetros de ruta. Una montaña de horas de manejo, charla, mate, lectura, paradas al baño y música.
Algo percibí durante el viaje. Algo te ocurría, pero tampoco asocié.
En cierto momento, hablaste de la película y me dijiste que te habías quedado pensando en ella: “en los raptos de violencia que tiene el tipo y en los míos. En el protagonista yendo al médico porque siente dolor en el pecho, y como todos los estudios le dan bien, niega que pueda ser angustia porque para él el dolor es físico”.
“Como cuando se te pone rojo el pecho con esa mancha tan extraña que aparece y se va de forma misteriosa” —pensé. Y agregaste: “No sé porque mi mamá nos pegaba tanto cuando éramos chicos. Tal vez tenga que ver con eso, digo mis estados de ira.”
Esa noche, la última del viaje, nos esperaba un casamiento en Santiago, por eso el apuro por hacer todo el trayecto de corrido y llegar en hora para descansar un poco en el hotel, comer algo e irnos a la fiesta. Para cuando llegamos al salón la mitad de los invitados ya estaban ebrios. Pero no nos importó ni siquiera el ritmo de la bachata para bailar, divertirnos y sentirnos felices de estar juntos y acompañarnos. ¿No? Porque de eso se trata.
Para mí era la felicidad de haber compartido juntos un primer viaje al exterior luego de 22 años. Muchos años de no habernos visto ni saber nada del otro. Demasiado tiempo tal vez para suponer que somos los mismos o que llegamos a saber quiénes éramos. La dicha, por lo menos la mía, era la de saber que uno se encuentra en esos buenos momentos de la vida, que todavía hay mucho por delante y mucho otro se ha dejado atrás. También la sensación de haber sobrevivido a la intensidad del viaje, los hoteles, los nuevos paisajes, las rutas, los aviones, las comidas afuera, todas esas tantas decisiones que hay que tomar a cada instante… Compartir juntos un primer festival de cine.
Pero no estábamos a salvo: bastó regresar al hotel de madrugada, cansados y bebidos para que digas “Adiós”, y te vayas lejos, sin razón, a ese lugar del que ya no se sabe cómo volver. Y del que tal vez ya no se pueda regresar.
“Las grandes ausencias amenazan
Cuando los sirlos
Esos bellos pájaros
Emigran
Y la lejanía hiere sus alas.”
Stella Díaz Varín
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Carne de perro (2012) | Fernando Guzzoni

























