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Nuestra última película

La magnificencia de los años pasa como las flores /// Griselda Soriano

Nuestra última película
La magnificencia de los años pasa como las flores
Por Griselda Soriano

Fue casualidad, claro. Pero hay casualidades que saben llegar en el momento justo. La última película que vi en la facultad en el contexto de un aula —la última clase que escuché durante mi carrera, la última vez en mi vida que me senté como alumna en una clase de cine— terminaba así:

“Recuerda esa época pasada
como si mirase a través de un cristal cubierto de polvo.
El pasado es algo que se puede ver pero no tocar,
y todo cuanto ve está borroso y confuso”.

Hay muy poca emoción en terminar una cursada de años: en una carrera siempre estirada más de lo recomendable, sin un rumbo fijo, sin futuros certeros, el hastío le gana por kilómetros de distancia a la melancolía. Pero esa película, que —otra vez la casualidad— es una de mis favoritas, lo transformó todo. Porque es una película sobre el tiempo, la soledad y la nostalgia de lo que no pudo ser, una película de amor y, sobre todo, una película-recuerdo. Evoca todos los finales que no deberían haber sido tales, toda la impotencia de lo que no fue, y termina guardando el pasado como un tesoro.

En mi caso, bastante menos trágico, se trataba de otro tipo de final, y de algo que, en el fondo, terminaba sólo conmigo y para mí. Un final más que deseado, no temido ni lamentado, pero que se fue resignificando al ritmo de los violines del leit motiv, en un aula ya casi vacía a esas alturas del año. Cuando esa clase —la última— terminó, bajé las escaleras descascaradas de la facultad con mucha, mucha menos gracia que la protagonista de la película, pero —igual que ella— en cámara lenta. Esa misma noche, mientras salía del edificio y caminaba las mismas cuadras que caminaba hace años, desandando el mismo camino que siempre me llevaba a casa, todo eso que había sido y no ahí adentro se fue transformando en recuerdo. No fue la última vez que pisé la facultad, y ni siquiera mis obligaciones como alumna se terminaron ese día, pero ese, claramente, fue mi final.

No hay casi nada que haya aprendido en las aulas de la facultad que no hubiera podido aprender de otra manera. Como todos los que frecuentamos los festivales de cine sabemos muy bien, lo mejor, en términos generales, no son las películas sino todo lo que pasa antes y después de las proyecciones. Algo parecido pasa con la carrera: le debo muchas cosas a sus pasillos, a los recreos (reales o autoimpuestos), a los viajes en colectivo, a las cervezas en el patio, a las esperas antes de los parciales.

Hoy, mi relación con la Academia (así, con mayúsculas) es mucho más conflictiva, y la distancia que me separa de esos días inmensa; quizás, mucho más que el tiempo que en realidad pasó. (Aunque la verdad es que, en el fondo, todo eso quedó atrás pero no tanto, porque las mismas miradas cómplices que me acompañaban desde los pasillos me siguen acompañando, porque ahora doy algunas de las clases que recibía, porque todavía escribo a cuatro manos —¡o más! — con los que en ese entonces eran mis compañeros y hoy lo siguen siendo por muchas otras razones). Pero gracias a esa noche y a esa última película, hoy tengo un pasado al cual puedo mirar desde lejos, con amorosa nostalgia.

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In the mood for love (Fa yeung nin wah, 2000) | Wong Kar-Wai

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