Nuestra última película
La terminal
Por Fabio Villalba
Ariel…
Me niego a llamarlo Ari. Es probable que lo haya llamado así varias veces. Pero ahora me suena injusto. La cercanía que convoca el acortamiento del nombre, como si al reducir la cantidad de letras se hiciera más breve la distancia entre nosotros… No, no puedo hacerlo. Ojo, éramos amigos. O al menos yo lo considero amigo. Y estoy seguro que él me otorgó el regalo de su amistad. Pero ahora, en su ausencia, me siento indigno de llamarlo así.
Teníamos mucho en común. Él podía pasarse horas hablando si se tocaba un tema de su interés. Sé que yo soy igual. Pero por alguna razón no terminaba de entrar. De conectar con él. De generar vínculo. ¿Sería la enfermedad? ¿No quería acercarme porque no quería sufrir? ¿Pude haber sido tan idiota?
Para un cumpleaños le regalé una remera de El Padrino: tenía la imagen de Brando en blanco y negro, con la flor de su ojal bañada en rojo. Con Ariel éramos compañeros de colegio, pero lo que nos unía era el cine y la música.
De alguna manera, fue gracias a él que escuché por primera vez a los Pixies. Digo de alguna manera, ya que fue Danni —nuestro mejor amigo— quien me pasó los cassettes que tenía Ariel, heredados de su hermano mayor. Fue escuchar los primeros segundos de Cecilia Ann (primer track de Bossanova, lo primero que escuché, ya que los discos no estaban ordenados cronológicamente) y enamorarme. Nunca voy a dejar de agradecer por eso a ninguno de los dos.
Y aun cuando nos uniera el cine, no estoy seguro de haber ido a una sala de cine con él. De haber sucedido tuvo que haber sido cuando fuimos a ver La terminal. Con Danni estamos seguros que estábamos presentes él, Damián y yo. ¿Pero Ariel? No sabemos. Tenemos la sensación que sí, que él estaba ahí.
Mucho tiempo me planteé si preguntarle a Damián por este asunto. ¿Despejaría el interrogante? ¿O él también sufriría con nosotros este olvido? Pero hace mucho que no hablamos con Damián. Además… ¿qué sucedería al saber la verdad? ¿Qué pasaría si descubro que nunca fui al cine con Ariel? No, mejor no. Aprendí la lección: impriman la leyenda. La terminal fue la única vez que estuve en una sala de cine con Ariel. Y eso la convierte —al menos para mí— en nuestra película.
(Y si no fuera así no creo que se ofenda. Sé que compartíamos el gusto por las películas de Spielberg).
Así que él estuvo con nosotros en una sala de cine del Abasto viendo las aventuras de un hombre encerrado en ese lugar de tránsito, de pasaje entre un viaje y otro. Un poco como lo que pasaba con Ariel y su enfermedad.
Me permito una disrupción: escribo esto mientras escucho a Luis Alberto Spinetta. Los discos Silver Sorgo y Para los árboles en particular. Lo cual me lleva al recuerdo de una noche que caímos en la casa de Ariel después de haber visto Sin City en el cine. Él no había ido. Esa noche revisé su computadora en busca de música y ahí estaba Pelusón of milk. Cualquier persona que guste de ese disco no puede no ser buena persona. E indefectiblemente querré ser su amigo. Esa misma noche terminé tirado en la cama de Ariel con una compañera del colegio. No había un interés de ninguna de las dos partes. Y la cosa no pasó de un inocente encuentro de labios en forma de un intercambio de caramelos. Pero la banda de sonido logra convertirlo en un recuerdo maravilloso. Otra cosa más para agradecerle (y a Spinetta, claro).
Finalmente, Ariel abandonó la terminal. Y aunque en su momento no fuera tan claro, hoy sé que perderlo fue uno de los catalizadores, de los detonantes de una sensación que me golpea de manera constante en todo mi ser.
No quiero dejar partir a nadie más. No me lo puedo permitir. Intento aferrar(me) de la manera que sea a las personas que son importantes en mi vida. Es claro que no puedo detener a la Muerte. No estaría escribiendo si así fuera. Pero entonces tengo que encontrar algo, generar un cambio, aprender de lo sucedido. Es así que me juro no perder por el camino a ninguno de los que amo. Me obligo a no generar esa distancia que tuve para con Ariel, y que hoy no me permite llamarlo Ari.
Dentro de un tiempo, cuando me toque el turno de despegar, y la terminal ya no sea mi patio de juegos, entonces voy a buscar a Ariel, y le voy a hacer dos preguntas: una es si estuvo ese día en el cine con nosotros. En caso negativo supongo que podremos resolverlo de alguna manera en ese otro lugar. La otra pregunta, más importante:
— Che, ¿te puedo decir Ari?
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La terminal (The Terminal, 2004) | Steven Spielberg

























