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La película prohibida

El pro y los contras /// José Martínez Suárez

La película prohibida
El pro y los contras
Por José Martínez Suárez

Maximiliano Hivida fue un muchacho capaz y entrador al que todos queríamos en el pueblo. Hijo de una maestra legendaria, la señorita Rosa Suárez, Maximiliano había entrado en los cuarenta sin mayores historias para contar. Jugó de arquero en todas las divisiones del Sportman y nunca le hicieron más de tres goles. Era buen bailarín de tango, no bebía demasiado, concurría a la Sarmiento a retirar un libro por semana que Juancito Ardiaca le recomendaba (siempre novelas). Y los domingos no faltaba a la misa de 10.

Solo una vez viajó a Buenos Aires. Fue para acompañar a un tío viejo, hermano del padre y que según el doctor Arteaga debía internarse en el Hospital Español. Volvió a la semana solo. El tío quedó en la Chacarita. Contaba las historias que le habían ocurrido en ese viaje a la Capital como si hubiera sido la semana más interesante de su vida y aburría a quien quisiera escucharlo: que el changador en Retiro le cobró diez pesos por valija, que el taxi lo llevó al Hospital paseándolos por el Monumento a los Españoles, que él lo conocía pues los abuelos se habían fotografiado frente al mismo antes de que lo envolvieran con la gran cruz del Congreso Eucarístico del ‘34, y que las últimas palabras del tío fueron las mismas que según El Tesoro de la Juventud dijo Goethe antes de morir, pero posiblemente por distinto motivo: el tío había tratado de señalar la ventana del cuartito del hospital con las cortinas corridas y “¡Más luz!”, dice Maximiliano que creyó que dijo.

Se venían las elecciones municipales y lo quisieron poner en dos listas. Al final decidió participar en una en la que estaba el Facio Asenjo, que había sido compañero de banco en el primario. Cuestión que una noche —ya avanzada la campaña política— en que casi todos los integrantes de la lista menos Facio y Maximiliano habían ido a un asado en la estancia de los Lovera, al regresar medio chispeados volcaron en el terraplén de Bojanich. Ninguno se había puesto el cinturón de seguridad: los seis se hicieron pomada, pero no murió nadie. A algunos tuvieron que mandarlos a Junín y otros a Venado Tuerto porque la cosa venía embromada. Las elecciones estaban encima y los dos únicos en condiciones para llevar adelante la campaña eran Maximiliano Hivida y Facio Asenjo. Pero Facio era ronco, buen muchacho pero ronco. Así que al Carlitos Teyería se le ocurrió que la mejor forma para que Maximiliano —que era el que tenía que sacar las castañas del fuego— estuviera metiéndole pata a la cosa era hacerle un cortito político/publicitario con su camarita de video.

Así fueron a la casa de Facio, donde cuatro semanas antes habían instalado el comité, que no era más que un cuartito de tres por tres con la mesa de cocina de la Sofía Bianchi, seis sillas todas distintas y en el frente el cartel que profesaba “PARTIDO VECINOS PERO HONRADOS”. A Maxi, que se había puesto corbata, le dieron el papel con el discurso escrito para que leyera el texto. Casi se lo aprendió de memoria de tantas veces que lo leyó. Preguntó si se tenía que maquillar y Carlitos por si acaso le dijo que se pasara el polvo más obscuro que tenía la mamá en la mesita de luz.

Después esperaron que pasara el mediodía para que la luz no viniera tan de arriba, se paró frente a la cámara y sin leer, en voz alta, haciendo las pautas correspondientes, dijo su arenga sin fervor, pero convencido. Carlitos levantó ambos pulgares y empezó a desarmar el trípode, sonriente y callado. Cualquiera debía darse cuenta de que tenía un as de espadas en la manga. “Matamos”, es lo único que dijo. Hicieron 1000 volantes en los que se invitaba a ver “LA PRIMERA PELÍCULA PRO HIVIDA HECHA EN VILLA CANIAS”.

El pueblo se alborotó. Hasta el padre Llonch desde el púlpito, después de verla, dijo que la cosa era divertida pero no pornográfica, que no era sino un inteligente y divertido juego de palabras.

Hicieron una muy buena intendencia.

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