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La película prohibida

Laprida /// Tomás Raimondo

La película prohibida
Laprida
Por Tomás Raimondo

Mi memoria despertó tarde. O, mejor dicho, reaccionó tarde. Que la memoria es una construcción lo aprendí, y no de la mejor manera. Creía en las películas basadas en hechos reales. Hasta que me topé con mi propia película: mi memoria. Una sacudida, un giro, un punto de vista distinto, pude ver que ésta había sido muy poco fiel.

De a poco fui desconfiando de mi memoria, y por supuesto, de las películas basadas en hechos reales. Mis verdades se caían a pedazos y cada vez más me daba cuenta de que mi presente estaba contaminado.

Abandoné la facultad en cuotas, estudiaba computación en el pabellón I de Ciudad Universitaria. Me dedicaba a pensar en cosas que no eran reales, no existían. Fui perdiendo el interés por los números. La poca concentración para estudiar me dejaba mucho tiempo libre.

3 Mb/s de Internet. Tres monitores y dos computadoras. Dos escritorios. Una cama de plaza y media y mi cucheta. Un hermano que me enseñó a bajar películas y que también me hizo ver muchas de las cuales nunca me voy a olvidar. Con él descubrí mi nuevo pasatiempo. Jdownloader, Taringa, Megaupload —y mi hermano—, me hicieron ver cualquier cantidad de películas. Con mis padres a 1300 Km de distancia no tenía a nadie que me mandara a hacer cosas que no quería. La saga completa de Star Wars en dos días es una imagen que resume mi día a día. Culpo a esto de no recordar la trama.

No tardó en llegar la cuenta Premium de Megauploads. Descargas ilimitadas por un año. Películas que ni siquiera conocía entraron a mi disco duro. Todo lo que estaba en DVD full lo descargaba. Tengo DVDs de películas que todavía no vi y que grabé hace más de tres años.

Terrence Malick, Tarantino, Trainspotting, Woody Allen. Películas, y momentos que nunca me voy a olvidar. Como aquella vez que nos quedamos viendo Dr. House durante toda la noche hasta el pasado medio día. Uno en la marinera y otro en un colchón, los primeros rayos del amanecer atravesaron las hendiduras de la persiana y mi hermana que se levantaba para ir a la facultad. Seis o siete capítulos más tarde mi hermana vuelve y nosotros en la misma posición. O aquella vez que mi hermano instaló el home theater en el cuarto y lo estrenamos con La balada del pistolero. ¡Como sonaban esos tiros! Tenía mi propio cine.

Y entonces el ritual se convirtió en un vicio. Las películas quemadas se organizaban por número y nuestro hogar se convirtió en un videoclub. El departamento, ubicado sobre la calle Laprida, estaba en la última planta de un edifico de tres pisos sin ascensor. Una terraza chica pero acogedora con una parrillita sostenida por alambres. Sonaba el timbre y la llave volaba por la ventana. Los DVDs numerados iban y venían. Comidas y películas aburridas. Cervezas y comedias absurdas. Previas y videos bizarros. Ni hablar cuando llego el LCD de 32 pulgadas con otro home theather y un metegol (¡Gracias Kellogs! ¡Gracias Fede!).

Mi vida giró y los números se perdieron en algún lugar. Como para no perderse, tenía una ventana al mundo en mi departamento.

Una de las tantas películas que vi, podría ser mi película prohibida. Película dolorosa. Éramos tres viéndola. No hubo ningún comentario hasta 10 minutos después de haber terminado. Miradas perturbadas que compartían una emoción dolorosa. Antichrist. No podíamos regresar de ese viaje, no podíamos dejar de lado que era sólo una película.

Era tarde, casi de madrugada, yo no estaba listo para que se vayan, supongo que ellos tampoco para irse. Acordamos mirar un capítulo de Two and a Half Men para luego despedirnos.

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Anticristo (Antichrist, 2009) | Lars von Trier

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