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La película prohibida

El cuchillo /// Ignacio Rogers

La película prohibida
El cuchillo
Por Ignacio Rogers

Nadie sabe en qué estaba pensando Alba cuando lavaba los platos. Tal vez en nada. Tal vez solo lavaba, reposando la vista sobre la espuma y el agua que se escurría; o quizás miraba por la ventana de la cocina, cuya vista era, es cierto, bastante absorbente. No era temprano, Celia y Pepe estaban acostados en sus cuartos y ella había hecho prácticamente todo lo que se había propuesto hacer ese día. Pero no, algo faltaba. O eso le hizo pensar en el ruido que empezó a filtrarse por sobre el del agua, que seguía escurriéndose en ese espiral hipnótico que parecía tenerla atrapada. Un gruñido, unos violines y de pronto, sí, un grito. Un grito de horror.

Siempre lo mismo. —¡Apagá el televisor ya!

Repasó la secuencia mientras la escuchaba: el televisor que se apaga, los pasos de Pepe corriendo hacia su cuarto, la puerta que se cierra y Pepe tirándose en su cama. Su cama con acolchado de Los Pitufos que ahora ya no quiere usar y que usa del revés, para que no se vean, porque ya no le gustan más.

“Ahora sí”, pensó Alba. “Ahora sí ya hice todo y puedo irme a dormir tranquila. Ahora nadie me puede molestar”. Y sin embargo en la mochila de Pepe seguía estando el cuchillo. El cuchillo que Pepe robó la tarde anterior de la cocina y que encontraron sus maestras esa misma mañana seguía ahí, duro y filoso en la oscuridad de la mochila, esperando. “Por si algún chico me molesta”, dijo en voz alta cuando lo sacó del cajón. Celia en su andador estiro la mano y se acercó para agarrarlo.

No, es peligroso — le advirtió Pepe. Lo levantó en el aire para alejarlo de su hermana y lo guardó en su mochila.

No es que Pepe pensara en usarlo realmente. Tampoco era que a Pepe lo molestaran mucho. A veces, claro, lo hacían, pero nunca fue él uno de esos a los que está bien y hasta es casi una obligación molestar, como a Gonzalo. Y a Pepe, que ya estaba a punto de dormirse, se le ocurrió que también otro podía llevar un cuchillo en la mochila, y ese otro podía ser alguien como Gonzalo, y entonces ya no pudo volver a estar por dormirse. Tuvo que mirar el techo un buen rato, tratando de distraerse con lo que apenas lograba escuchar de la tele que estaba del otro lado de la pared, iluminando con tantos colores lavados la cara de Alba, que ya estaba dejando caer la mandíbula y los párpados, entrando suave y progresivamente en el débil sueño que lograba después de 19 horas de actividad ininterrumpida.

Hacía ya varios meses que Pepe había dejado de ver el video de la obra de teatro de Los Pitufos, un simple registro del espectáculo infantil que habían montado durante las vacaciones de invierno pasadas en el Centro. Lo había elegido una vez en el video club por que la ilustración de la caja le pareció divertida. Se quedo mirándola algunos segundos y, pasada la primera impresión, descubrió detalles misteriosos y creyó que esos detalles necesitaban una inspección más minuciosa, en otro lugar que no fuera el videoclub. Tomó la caja y se la mostró a la abuela Dalma, sin saber que dentro de esta había un cassette que se podía ver en su casa; seguro que lo que se llevaba a su casa era solo la caja ilustrada. Nunca imaginó que ahí, en el interior, lo esperaba una película. Y tal vez fue este descubrimiento el que lo impulsó a alquilar ese video durante tantos meses, casi compulsivamente. No se le ocurrió que hubiera otros videos con otras ilustraciones y con otros contenidos. Hubo una magia de la que quedó prendado y que lo cegó. Simplemente pensaba en llevarse de nuevo la caja de Los Pitufos para ponerla en la videocasetera del cuarto de Alba y que todo eso volviera a aparecer ante sus ojos. Así estuvo tanto tiempo que Carla, la chica que atendía el videoclub, pensó seriamente en regalarle el video. Estuvo al borde de hacerlo una tarde, pero no lo hizo, lo dejó en su lugar en la estantería, y eso fue lo que precipitó la siguiente etapa de Pepe.

Una mañana fue al local a buscar su caja, caminó hasta el lugar donde siempre estaba y ahí se quedó durante varios minutos parado, sin comprender por qué en su lugar había un espacio vacío.

Se la llevaron, Pepe —le dijo Carla cuando ya le dio pena verlo así, inmóvil.

¿Quién? —le respondió Pepe.

No sé, no estaba yo. Pero hay un montón de películas más que te podés llevar. ¿Por qué no te llevas otra?

“Claro”, pensó Pepe, iluminado, y se pasó la siguiente hora mirando ilustraciones. En algún momento Alba pasó por la puerta, preocupada, pero lo vio entretenido y siguió camino. Por suerte vivían a media cuadra del videoclub.

Eligió Chucky, el muñeco diabólico, y la vio dos veces. Después la contó entera y de forma prodigiosamente detallista ante una ronda de compañeros subyugados. Fue tal la impresión que causó en aquellos que tuvieron la suerte de escucharla que la historia circuló por el jardín de infantes por semanas. A veces sin incluir la fútil información de que se trataba de una película, detalle que generó aislados casos de paranoia nocturna, injustificados a los ojos de los padres que, casi del todo dormidos, acudían a apaciguar a sus hijos.

Después de Chucky vinieron muchos otros y todas las veces cuando Pepe se decidía por una ilustración Carla decía:

¿Tu mamá te deja alquilar esto?

A lo que Pepe respondía simplemente —.

Y no mentía, a Alba no le molestaba. Quizás porque no le temía al alcance de ninguna película. O quizás por que ignoraba lo que pasaba en ellas.

Las historias que contaba en el patio se transformaron en seguida en una especie de ritual macabro. Había quienes tenían el coraje para estar siempre presentes y había quienes después de algunas frases huían, en busca de un pasatiempo menos oscuro. Lo cierto es que el ritual le reportó la admiración y el respeto de casi todo el jardín. Lo veían como a quien posee un tesoro. Un tesoro secreto e inaccesible por el cual es lícito sentir curiosidad y temor.

Sin embargo, con el tiempo, el tesoro dejó de ser tal, incluso para los más fieles, y aquella ronda en el patio que parecía inalterable y sagrada se fue evaporando y desapareció, dejando a Pepe solo con sus películas y sin aquel respeto extraordinario. Devuelto a su lugar original de alumno raso que, aun así, no amainó en su hábito de alquilar; aunque sí, tristemente, en el de contar lo que había visto.

Fue por aquella época que pasó lo del cuchillo. Habían estado desapareciendo muchas cosas del aula y la sospecha fue creciendo entre las maestras, convirtiéndose al tiempo en una fervorosa certeza: en el seno de su aula había un pequeño ladrón en ciernes y era necesario descubrirlo. Una tarde, en pleno apogeo del enigma, las maestras tuvieron un súbito arranque de coraje y revisaron todas las mochilas del curso. No encontraron ningún objeto robado, aunque sí algunas curiosidades, entre ellas, la mayor, la más inquietante: el cuchillo.

Pepe no les dio ninguna respuesta, simplemente decía que no sabía. Y claro, no tuvieron más remedio que citar a Alba en el jardín después del trabajo. Iba a hablar con la directora.

Pepe volvió a su casa de la mano de Nely, la chica que lo cuidaba, y logró alquilar Cementerio de animales. Carla parecía estar en contra, por lo que se sintió aliviada de poder preguntarle a Nely si lo dejaban alquilar eso. Nely respondió que sí, que en realidad no lo sabía, pero eso fue suficiente para las dos. Nely y Pepe caminaron despreocupados la media cuadra que los separaba del departamento.

Alba salió del jardín realmente indignada. Los sermones y los retos y las charlas aleccionadoras eran algo habitual cuando niña, en la casa de sus padres. Una costumbre familiar que padre, madre y abuela conservaban casi con orgullo. Creyó encontrarse libre de todo eso cuando finalmente se volvió adulta, y se sintió estafada cuando esta inmunidad se vio vulnerada en el instante mismo en el que parió a Pepe. Todos creen poder opinar sobre los hijos y hasta asumen que hacen un favor cuando marcan lo que a ellos les parece una equivocación en la crianza. A aquel sermón que tuvo que soportar en la dirección del jardín primero respondió con sorpresa y luego con algo de agresión, pero tuvo que callarse y aceptar todo sin poder retrucar, igual que cuando era chica.

Seguramente a esa sumisión impostada se debió el ataque de furia en el que estalló al entrar a su cuarto y descubrir a Pepe viendo una película donde un niño estaba descuartizando a su padre con un bisturí. Un estallido de furia tan repentino e inesperado que Pepe no pudo reaccionar ni protestando ni llorando, como solía hacer. En un momento el volumen de los gritos superpuestos le hizo taparse los oídos con las manos. Se fue a su cuarto y ahí se quedó, primero con algo de miedo y de orgullo herido, después pensando en lo que se habría perdido y en lo que se habría de perder; después de todo ella había dicho que nunca más lo iba a dejar alquilar esas películas.

A pesar de todo pasó el día y nadie recordó sacarlo de la mochila. Ya era tarde y todos dormían menos Alba que, casi ebria de insomnio, terminó de lavar los platos y se fue a su cuarto caminando. Automática, encendió el televisor y puso a andar la videocasetera. Ahí se quedó acostada mirando lo que restaba de la película, todo ese resto de película prohibida que Pepe ya no iba a ver. Entonces Alba sí recordó el cuchillo y fue al cuarto de los chicos a sacarlo de la mochila. Lo sostuvo en la mano durante quince minutos mientras miraba a sus hijos dormir. Nadie sabe en qué pensaba.

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Chucky, el muñeco diabólico (Child’s Play, 1988) | Tom Holland

Cementerio de animales (Pet Sematary, 1989) | Mary Lambert

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