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La película prohibida

El camino prohibido al reino /// Salvador Savarese

La película prohibida
El camino prohibido al reino
Por Salvador Savarese

Hacía poco tiempo que había decidido dedicarme a esto de las películas y —espíritu de la época— extendía mis idas al cine con la visión de películas en VHS. En esos momentos no importaba el título, lo importante era ver. Ahora bien, no se trataba de ver de cualquier manera: sólo veía películas en el televisor más grande de la casa, con la pantalla primitivamente calibrada para tratar de reproducir colores y tonos lo más fielmente posibles —siendo un tape hogareño analógico y una videocasetera del montón, la quijotería se unía a la insensatez—, y tratando de equilibrar el sonido. En fin, cuando mi familia se iba a dormir, salía de la nada mi own private movie theather.

Aconteció que uno de esos días tuvo lugar uno de esos rituales familiares cuyo cumplimiento ni se cuestionaba: acompañar a mi madre a la iglesia para —ha pasado mucho tiempo— asistir a un bautismo o una comunión. Para esa época ya había decidido que ir a la iglesia no era lo mío; me aburría mortalmente. Pero a mi madre le encantaba ir especialmente a esos acontecimientos de los cuales volvía renovada, y siempre pedía de manera familiar, es decir solapada pero firmemente, que tanto mis hermanos como yo la acompañáramos…

Normalmente hubiera tenido que aguantar ese momento pero esa calurosa tarde, sin acordarme de ese compromiso, había alquilado una película de resonancias míticas para mi mente colonizada por infinidad de publicaciones de cine y que aún (¡herejía!) no había visto: El Padrino. Eran casi tres horas que —preveía— merecerían ser apreciadas sin ninguna interrupción. Así que cuando mi madre y mis hermanos aparecieron vestidos para la ocasión, me encontraron a mí todavía de entrecasa y negándome a ir con ellos: me enfrenté a la actitud prohibida.

A mi madre no le gustó para nada mi desplante, pero entre que el tiempo apremiaba, el hecho que ya contaba con la compañía de los otros dos hijos, y que —una madre es alguien que quiere a uno más de lo que uno puede llegar a concebir— se daba cuenta que yo era lo suficientemente grande para decidir cuándo ir o no a ciertos eventos, no tuvo más remedio que dar media vuelta e irse.

De repente, me encontré una tarde solo en mi casa, con El Padrino en mis manos y nadie que me interrumpiera para verla. Fue así como puse el tape en la videocasetera, cerré las persianas para conseguir la mayor oscuridad posible, ajusté los colores y el sonido, y apreté el botón de “Play”. Antes que terminara el monólogo del dueño de la funeraria, caí rendido a los pies de esa película. Todo lo que pasaba después solo aumentaba el placer de ver esa película, dejándome llevar por la calidad de su narración cinematográfica, abandonando cualquier tipo de consideración intelectual.

Cuando mi madre regresó muerta de calor, con mis hermanos sudando y aburridos, me encontraron que no podía más de mi alegría y plenitud. Todo me había salido bien. El enojo de mi madre, corporizado en su silencio, duró bastantes días.

Durante cierto tiempo rebotó en mi cabeza el eco de este sordo enfrentamiento —supongo que inconscientemente entendía menos mi alegría que el enojo de mi madre—. Hasta que releyendo por enésima vez “La Historia del Arte” de Gombrich encontré un párrafo sobre las iglesias góticas que me dio una clave:

“Las nuevas catedrales proporcionaban a los creyentes un reflejo del otro mundo. Habían oído hablar en himnos y sermones de la Jerusalén Celestial, con sus puertas de perlas, sus joyas inapreciables, sus calles de oro puro y vidrio transparente (Apocalipsis 21). Ahora, esa visión descendió del cielo a la tierra”.

En ese mismo párrafo hay una frase significativa más:

“El fiel que se entregase a la contemplación de toda esa hermosura sentiría que casi había llegado a comprender los misterios de un reino más allá del alcance de la materia”.

Después de este texto siempre me queda la impresión de que el enojo de mi madre fue por una rivalidad: supongo que, para ella, ese “reino más allá del mundo” sólo puede ser alcanzado por la religión, en la luminosidad de una iglesia. En mi caso, yo lo estaba — y lo sigo— encontrando en la oscuridad de la sala de cine. Es ese camino, alternativo y por lo tanto prohibido, lo que la enojó, pero creo que esa búsqueda es, secretamente, lo que nos une.

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El Padrino (The Godfather, 1972) | Francis Ford Coppola

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