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La película prohibida

La laguna y el sol /// Anabella Speziale

La película prohibida
La laguna y el sol
Por Anabella Speziale

Nada es más excitante que estar frente a lo prohibido… ¿quién no ha desobedecido alguna vez a sus padres y se las ha ingeniado para sortear sus restricciones? La adrenalina que genera la sensación de cruzar el límite de lo permitido, esa vorágine que conlleva la posibilidad de ser descubierta, te impulsa a correr todo tipo de riesgos.

Y ahí estaba yo, buscando entre los cajones del placard de mi papá ese VHS que no me había dejado ver. Habíamos ido al videoclub el día anterior. Recién se ponía de moda en Buenos Aires ir a alquilar películas y había sólo un local en mi barrio que quedaba a unas quince cuadras. Era todo un ritual ir hasta allí. Mi papá nos llevaba caminando para pasear un poco y aprovechábamos para hacer otras compras. Pero lo más apasionante era que se prolongaba ese tiempo de espera que existía entre la idea de ir a alquilar un video y el momento de poner “play” en la videocasetera. Recién en ese instante comenzábamos a habitar ese mundo mágico que nos abría el televisor mientras lo disfrutábamos desde el sillón del living-room. Pero mis padres tenían su propio televisor en su cuarto. Ellos no nos dejaban ver películas allí y por lo general guardaban los videos que ellos seleccionaban en algún lugar fuera de nuestro alcance.

Siempre me intrigaba saber qué películas miraban ellos, qué diferencias tenían con las que podíamos ver mi hermano y yo, o por qué nos decían que no las íbamos a entender. En definitiva, ¿cómo eran las películas de los adultos?

Y ahí estaba yo, buscando una vez más, entre los cajones de la mesita de luz de mi mamá ese VHS que no me había dejado ver. Sabía que tenía poco tiempo. Recién llegaba del colegio y era la hora del almuerzo. No había nadie en casa y si mis cálculos no fallaban tenía unas tres horas para mí sola. La tenacidad por querer ver al menos una de esas películas me llevó a descubrir la caja del VHS que habían apartado la noche anterior. En el lomo se leía, La laguna azul. Esas palabras me desconcertaron un poco, pero nada me frenó de introducir el cassette para ver de qué se trataba.

La ansiedad se apoderó de mí enseguida. ¿Y si volvía alguien a casa y me descubría viendo esta película? Me puse a temblar, pero se me ocurrió que si alguien llegaba antes de lo previsto sólo tenía que apagar la VCR, poner algún canal de aire y decir que estaba allí acostada porque me sentía mal. Parecía una buena estrategia, una mentira piadosa mientras pensaba un plan para poner la caja a su lugar.

Apenas aparecieron las rayas de colores de la señal de ajuste apreté el botón de fast forward. Quería adelantar todas esas informaciones previas que había visto varias veces y que en esa situación no me servían para nada: que si es legal o no copiar un video cassette, que los próximos estrenos en VHS, que el logo de LK-TEL Video S.A., que el logo de la RCA, que el logo de la Columbia Pictures. Toda esa información se desformaba y pasaba a toda velocidad por la pantalla. Hasta que comenzó el film… y no parecía ni tan prohibido, ni tan fuera de lo común. Nada de lo que allí se retrataba se alejaba de una película infantil de aventuras: dos niños muy compinches, un viaje en barco, un naufragio, la llegada a una playa desierta, las nuevas reglas… las fronteras y la fruta prohibida… Nada que no haya visto antes.

La primera imagen que me perturbó fue la muerte de Paddy, quien había ayudado a los dos chicos a sobrevivir en aquella isla tropical. Una cucaracha salía de su boca abierta, nada más repugnante. Para mí fue un momento aterrador. Estuve a punto de poner “stop” en el aparato, pero me equivoqué y desde el control volví a presionar el botón de FF. Las imágenes se sucedieron rápidamente hasta que me cautivó una toma desde el fondo del mar donde se retrataban a esos dos niños nadando sin ropas y comenzando a disfrutar de sus cuerpos, nada parecía más placentero que esa sensación de libertad. Esos cuerpos se transformaban en otros cuerpos y la naturaleza iba mutando a su alrededor.

Una atracción por esos horizontes se apoderó de mí. Mi cuerpo se transportó a esas playas. Aquel paisaje fue invadiendo la habitación de mis padres mientras el sol se escabullía por la ventana y rozaba mi piel que se acomodaba frente a la TV. Las imágenes brillaban y mi cuerpo se sentía extraño. La luz solar pegaba fuerte desde el exterior. Hacía calor. Algo me dijo que tenía que cerrar las cortinas para no ser descubierta ni siquiera por los vecinos. Se palpitaba lo prohibido, era una sensación vertiginosa, pero placentera a la vez. Algo para dejarse llevar…

Cuando el film terminó, rebobiné el cassette y dejé todo como estaba. Estiré la colcha de la cama de mis padres para que ni se dieran cuenta que alguien se recostó allí. Me fui a mi cuarto. No podía dejar de pensar en aquella isla, en aquella libertad, en aquellas sensaciones nuevas.

Al caer la tarde, llegó mi mamá del trabajo. Como era costumbre en ella, apenas se cambió para estar cómoda y hacer las tareas de la casa, encendió el equipo de música. Eligió al azar entre uno de sus cassettes favoritos. Al cabo de unos minutos Joan Manuel Serrat entonaba “Niño, que eso no se dice, que eso no se hace, que eso no se toca…”. Mientras la escuchaba cantar despreocupada a mi madre, yo no pude evitar sonreírme. Niña —me dije— no le hagas caso a los demás, y deja que ese temblor de la curiosidad te lleve a descubrir la fuerza de la naturaleza, sólo hay que vivirla sin miedo a cruzar fronteras.

Pasaron los días, las semanas y seguía soñando con aquella laguna de vez en cuando. Ese verano cuando fuimos a la playa, el sol ya no era el mismo… y mi cuerpo tampoco.

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La laguna azul (The Blue Lagoon, 1980) | Randal Kleiser

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