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La película prohibida

La mujer que bebe /// María Valdez

La película prohibida
La mujer que bebe
Por María Valdez

La mujer se lleva el cuenco a los labios. Bebe, sencillamente bebe. Algo del éxtasis que había experimentado pocas horas antes aún permanece en el gesto único con que saborea el líquido espeso, tranquilizador, vivificante. Apenas un esquivo temblor —¿o quizás fue un parpadeo? — da cuenta de la pulsión agónica que, por otra parte, la atraviesa irremediablemente. Su carne blanca, turgente, casi ebúrnea, suma en ese instante todas las carnes blandas, mórbidas, por donde el deseo se esconde en el pliegue de una axila, en la curvatura de un seno, en la tirantez de la garganta o en la elevación casi insolente de un empeine. Todo su cuerpo, pura extensión lechosa, se vuelve, entonces, inabarcable, inconmensurable, infinito…

La mujer se lleva el cuenco a los labios. Bebe, sencillamente bebe. Como antes había bebido de otro cuerpo, de muchos cuerpos, en la sempiterna adicción al cuerpo ajeno. Toda ella, carne impertérritamente deseable para esos otros, esconde un saber único, irrepetible. Y ese saber la hace inmortal. Aunque su frágil anatomía pareciera aferrarse a ese cuenco como un insoslayable tutor de su andar. Se aferra al tazón con suavidad, casi indolente. El cuenco tibio. ¿El calor proviene del interior de la precaria escudilla o es ella la que emana el resabio del ardor del sexo apenas abandonado horas atrás? No se sabe. Tan fría se la ve, ahí, en medio de tanta latencia. Tan distante. Enmarcada por la capota, como un camafeo móvil, sus ojos aletean en el recuerdo ardoroso. Una sospecha arrebatada brilla en sus pupilas, como arrebatado es el valioso líquido que la mujer bebe…

La mujer se lleva el cuenco a los labios. Bebe, sencillamente bebe. Y estalla ahora, como un fogonazo, el recuerdo de la plenitud de su desnudez marfilina. El cuerpo, recostado sobre el sillón, se recorta perfecto en el tapizado floreado que, desbordando los cojines, trepa por las paredes hasta el techo. La tramposa indolencia nívea es el resguardo para su voracidad sexual, sutilmente sospechada en la cascada flameante de su cabellera. Los rizos rojos, como su apetito… Como la maravilla que cobija el cuenco… Los otros que la buscan, que la poseen, que incluso la aman, son ajenos a la lógica interior de su avidez. Ella puede, también, decir que los ama, que los ha amado y hasta puede entrever a quién amará. Es irrelevante. Lo que importa es la cerrazón de su mirada de niña sapiente. La mujer niña que sabe del sabor de lo prohibido, del fluido ancestral que mueve al mundo. Falda, enaguas, ligas, cotilla o camisa son múltiples capas que, en la obcecación de vetarlo todo, caen vencidas ante la impudicia rampante de la roja mujer.

Escondida, la adolescente mira a la mujer que bebe. A la mujer que, sencillamente, bebe. Acodada en la oscuridad, no se anima a girar la cabeza. Es demasiado bella, demasiado intensa la mujer que bebe. No porque sea mujer. Sino por el peso del ritual que perpetúa. Beber. Y en la bebida fluye, insólito el placer, el goce y el deseo. La carne, toda la carne fatalmente viva en los segundos del tragar el néctar viscoso, tan brillante, casi untuoso. La vida en la bebida… La de la mujer que bebe y en el gesto, que se bebe la vida, arrastra la mirada atónita de la adolescente que observa.

La adolescente sabe otras cosas. Sabe de la zozobra de Raskólnikov, de la piedad de Aliosha Karamazov, de las manos del Sire de Maletroit, del sino trágico de Usher. Pero también de los ojos enturbiados de angustia de Balbina Fuentes, de los amores de Carmen Barranco y Linares, o de la sufrida carga de Mateo. La adolescente ha recorrido los imperecederos surcos de las letras; su cabeza es un hervidero de historias universales. Todo libro que a su alcance cae, lo saborea con la misma fruición afanosa con que la mujer, allá, bebe del cuenco.

La adolescente sabe otras cosas. Sabe del pecado y del castigo; del orden y el rigor. Del límite pudoroso y pundonoroso que orla su condición femenina. Como si ésta fuera un baluarte, una ciudadela a conquistar. Sabe de la moderación, del freno y del respeto. La adolescente, claro está, desconoce todo sobre el cuerpo.

Garantía joven de futuros logros eruditos, su alrededor pulula entre libros y películas a granel. Sus tías, guardianas absolutas de tardes en el cine, le proveen los placeres de otras historias con que insuflar su ya encendida testa. La adolescente tiene, cree, todo el saber a su alcance. Pero es un saber constreñido por recatado, por pacato, por sesgadamente límpido.

Y entonces, en la pantalla, la mujer bebe. No le importa el fétido olor del matadero… Alphonsine Plessis sencillamente bebe la sangre recién exprimida de la cerviz animal. Y es ese instante, como el del sexo, el que condensa todos los saberes, todos los gustos y todas las hambres posibles. Aunque el gesto de la mujer sea breve, único, casi etéreo. E insondable. Y entonces la adolescente descubre que ya nada será como antes. Que quiere beberse la vida como la bebe la mujer aferrada al cuenco de sangre, a la libación de la vida, al ritual del deseo. Que quiere un cuerpo afanoso en las tareas del cuerpo, un territorio excesivo y carnal que sepa sagaz y sutilmente esconderse, si lo pretende, tras una blonda tramposa… como la de la mujer que bebe. Alphonsine le abre el tabernáculo de lo prohibido; le despierta el plácido aguijón inaugural con que la adolescente iniciará el camino tangible de la carne. Esa geografía vedada que ahora estalla para la joven, como una invitación impostergable.

Eso sí, la adolescente intuye, en el sonrojo silencioso de sus tías que quizás las damas equivocaron el cine, la función, la película. Precavida, tampoco emite palabra y así alivia el farragoso momento de dar explicaciones. De todos modos, no las necesita. Para sus tías, la película, a partir de ahora, es innominada. Ablandarán el peso del sexo, la muerte, la carne y la sangre y dirán que es una versión osada del texto clásico, que esperaban otra cosa… Para la adolescente, en cambio, La storia vera dellasignora dalle camelie (La verdadera historia de la dama de las camelias) es la primera conciencia del cuerpo, el deseo y la petitemort que el cine pudo convidarle. Sin aspavientos, como la mujer que bebe, la adolescente guardará en la boca, en la mirada, en las entrañas, el sabor imborrable de la película de Mauro Bolognini.

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La verdadera historia de la dama de las camelias (La storia vera della signora dalle camelie, 1981) | Mauro Bolognini

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