A la salida del cine
Hoteles. Gente con gorras. Habitaciones.
Por Fermín Eloy Acosta
Pido disculpas de antemano por la forma aleatoria en que voy a narrar esta crónica. Supongo se debe a que en cierto momento la memoria traza límites difusos entre aquello que se inventa y aquello que es recordado. Bueno, allá voy…
Es una ciudad al lado de una playa durante un festival de cine en primavera, es fin de año. Me invitaron y solo quiero decir que fui porque me pagaban todo y porque me gusta el cine. Y porque cuando me invitaron me imaginé mirando el mar desde la costanera, nada más. No hace falta que explicite más coordenadas en dónde sucede esta historia porque poco importa a los fines prácticos. Me acuerdo sí que soplaba el viento y del romper de las olas contra las piedras. ¿No constituiría eso una característica común a todo pueblo que se precie de estar a la costa del mar?
Hago entonces una enumeración de mis primeros recuerdos: gente que pasea, carros con bebidas, carteles que se encienden demasiado pronto, hoteles, gente con gorras, la peatonal, las bicicletas, las musculosas en los maniquíes, en fin… Llegué atrasado porque el festival había empezado varios días antes y como siempre se me vino esa sensación de austeridad que recorre las arquitecturas cuando uno ha llegado tarde. Después sobreviene silencio hasta que se llega a donde se planea llegar. Se habla con una serie de intermediarios que ajustan el diálogo a lo únicamente necesario: se habla con el taxista, con el recepcionista, con el kiosquero, se dan coordenadas, se piden cosas, se reciben cosas a cambio. Un agua mineral, una acreditación, una llave, un bolso. Estoy acá, es mi cuarto. Austero.
Con él habíamos hablado antes de mi viaje, supongo que fue por Internet: iba a presentar cierto libro en una sala de conferencias de un hotel —aunque claro, él no lo había escrito, sólo figuraba entre la gente que lo había editado—. Nos encontraríamos en los momentos libres entre una película y otra, en alguno de los paréntesis que irían sucediéndose entre proyecciones. Yo, por mi parte, iba a mostrar un cortometraje que estaba en la competencia junto con otros cortometrajes, dirigidos por gente muy dispar (una nación extraña y heterogénea es la que conforman los directores de este formato cuando se los reúne).
La cosa sucedió más o menos así: llovía, la calle rebalsaba de autos, de familias, de viseras Beldent, de ciclistas, de carros con comida rápida, de copos de azúcar. La lluvia ahora parece hilvanarse con el recuerdo de un día soleado y entremedio el viento que recorría esa ciudad. Imagino que es un lugar hecho como para ser esculpido por las mareas. Nosotros nos encontramos ahí, en la puerta de un hotel, entre la algarabía de la gente y un grupo de turistas tempranos que entraban y salían de las películas. Turistas que hablaban en otros idiomas, que comentaban cosas al pasar y que señalaban cuestiones que solo los turistas notan. No sé, no recuerdo haber tenido frío, pero la memoria sigue insistiéndome en que recuerde que corría mucho viento. En mi evocación estoy inquieto porque los festivales me dan ansiedad, me hacen sentir siempre en el lugar equivocado, en la película incorrecta, a destiempo, corriendo atrás de lo que se escapa, casi como todo en la vida, digamos.
Ese día proyectaban mi corto por segunda o tercera vez. Me dijo que iba a ir a verlo. No sé si se sentó cerca. Yo sí me acuerdo de los murmullos de la platea en sombras, los comentarios en voz baja que subrayaban el parpadeo en penumbras entre una y otra proyección (y que nombraban y hacían comentarios delirantes o irreverentes sobre aquello que veían, claro). Después del mío vino otro corto, una mujer dijo “este sí está bueno”. Silencio.
Sé que a la salida, escalinatas abajo, entre la gente que todavía hablaba de lo que había visto, como saliendo de una especie de relajo agobiante de clase del secundario, me dijo que mi corto le había gustado mucho.
En otra oportunidad, asumo, unos días después de la primera vez, me dijo que fuéramos a la costanera a comer rabas, que me invitaba él. Segunda invitación. De nuevo tengo el recuerdo de una lluvia que no se si sucedió —que, debo decir, sobrevuela toda mi memoria de la estadía por esa ciudad—. Sí tengo el recuerdo de que tomamos un taxi que se movía con el ritmo peligroso de las olas, con la velocidad de la ciudad que iba bordeando la playa. Llegamos al restaurante, pienso que se parece a un submarino, son todas parejas, no sé, de cincuenta o sesenta años que los fines de semana salen a comer. Eso me asusta un poco. Además me estoy alejando de las proyecciones, del centro. Ahora somos nosotros los que fugamos a una zona de la ciudad donde se supone que no transcurren las funciones. No sé, me alarma. Me pide que le saque una foto con una escafandra puesta que en el local sirve de decoración. ¿Cuánta gente sabe que ahora mismo sucede un festival y que justamente estamos entre los pliegues, las bambalinas, en los momentos improductivos de él? Le saco la foto. Comemos las rabas. Después nos vamos. Me dice de ir a dormir a su hotel. Y yo pienso en que en las funciones de mañana no debe haber nada bueno.
Tengo la sensación de que la cama de su hotel es más cómoda. En su austeridad, la habitación también es más linda. Recuerdo haber soñado con ese mismo cuarto, con la imposibilidad de hablar, con el sonido del mar de fondo, con la velocidad de la costanera y con la lluvia que me persigue en el recuerdo. Qué se yo, uno no elije qué soñar. Y cuando está de viaje, los sueños parecen desfasarse aún más de la propia voluntad. Después soñé con las películas que ya no podría ver porque, aunque en un festival el reloj se detiene cuando no hay funciones, ya había corrido lo suficiente como que me hubiese perdido las mejores películas.
Durante la mañana miramos la programación. Quedaban pocas funciones. Desayunamos o almorzamos. Después entramos al cine. Recuerdo la película pero más bien recuerdo la sensación que tuve después de verla con él. De esto iba: una serie de situaciones silenciosas donde pasaba el tiempo, un perro, una mujer que lavaba una ropa toda de color rosa, una montaña, unas conversaciones y una torsión inexplicable en la sucesión de los hechos. De nuevo la montaña, de nuevo la mujer, el perro, unos paños teñidos en anilina color rosa colgados al sol. Recuerdo, entre tanto, haber mirado al costado, la pantalla intermitente que en su cara dibujaba luces y sombras. Él se entre dormía en la butaca. Creo que de la película vio muy poco, a juzgar por lo que después comentamos. Qué va. Yo sí vi la película y recordé sus ojos abriéndose y cerrándose como hipnotizado, entre dormido, calculo que por nuestra cercanía a la pantalla. No sé quién es, apenas nos vimos un par de veces. Salimos del cine. Y después del festival no nos volvimos a ver.
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Hanezu (Hanezu no tsuki, 2011) | Naomi Kawase


























