Connect with us

Hi, what are you looking for?

GrupoKane.net.arGrupoKane.net.ar

A la salida del cine

Check in /// Magalí Bayón

A la salida del cine
Check in
Por Magalí Bayón

Hay días que simplemente no dan de sí, que no quieren ser benévolos, que verdaderamente se empeñan en arruinarnos el ídem. Así fue como el mismo día en que había amanecido creyendo que tenía todos los colores del mundo entre sus manos, el trascurrir de Cronos solo le corroboró las sombras que crecían desde los vértices: el teléfono solo sonó para dar malas noticias; el hombre imaginario que debía amarla por el resto de la eternidad le profesaba su amor a otra Ninfa; una lluvia torrencial se abrió paso y la sumergió en una irrefrenable melancolía porteña y en un pelo frizzado sin conciliación alguna; y el último vestigio de luminosidad se lo llevó el “no” que reemplazaba a ese “sí” que tanto anhelaba. Entonces, al caer el sol, resultaba lógico sepultar ese día corriendo lejos, en busca del único refugio en el que creía y podía confiar: la infancia, el cine, y cantidades ridículas de chocolate. Buscó la combinación posible de todo eso y compró una caja de maní con chocolate para adentrarse en la sala de cine más próxima en la que proyectaran la última película de aquel hombre que siempre la hacía soñar.
Pestañeo una vez y miro mi teclado en silencio. Teclas negras sobre blanco. Blanco y negro. Una hoja blanca a medio escribir con palabras negras. Una historia por contar. El gran salón comedor está casi vacío, con excepción de algunas personas a mi alrededor. Mi Interlocutor me observa en silencio.
Con el boleto en la mano, bajó con apremio las escaleras sintiendo el perfume singular que tienen las viejas salas. Seleccionó apropiadamente el lugar y se desplomó sobre la butaca. La oscuridad fue como un bálsamo, como el abrigo que proveen esas frazadas de lana gruesa y pesada en una noche fría. Apresurada abrió la caja del tesoro de cacao y dejó que la explosión de dopamina se apoderara de su boca y sus sentidos. Respiró profundo; sintió el alivio. La luz parpadeante la besó en el cuerpo como un amante conocido, y ella se entregó a ese romance que tenían desde ya hacía varias décadas. La escena azul violeta le recordó todo lo que era correcto en el mundo, y se dejó hipnotizar por el empalago dulce apastelado de las courtesan.
El vapor del té borgoña me roza sin querer la mano. El calor del rojo me hace recordar la llave al partir del Hotel Chevalier; el naranja brillante y amargo de aquella otra escena me recorre como un escalofrío. Todo parece ser entrar y salir de hoteles de colores. Mi interlocutor aguarda en silencio. Levanto la mirada, sabiendo la conversación por venir.
Las cuerdas del minuetto se detuvieron. La sala recibió la ola de luz fría y blanca. El dulce empalagoso aún se sentía como un eco al final de su boca. Clavó las uñas en la butaca. Las aventuras, persistentes, tiritaban en su cuerpo. El embeleso llegaba a su fin. No sabía muy bien si era la dopamina o la hipnosis romántica del haz de luz parpadeante lo que la dejaba en un estado extasiado de felicidad. A kilómetros se encontraba ya ese horroroso y real día que parecía casi un espejismo.
Pisó la caliente acera porteña alejándose del cine convencida de que era invierno y de que estaba en Zubrowka. Ni los llamados, ni los cualunques héroes mitológicos, ni los no por sí parecían ahora importar, porque era de esperar que ahora todo fuera una simétrica coreografía, que el mundo girara al tempo de una música, que el vestuario fuera brillante y delicioso, que los buenos sean buenos y los malos muy malvados, que un misterio y un cuadro fueran la clave de todo, que la pastelería fuera una bella pieza de arte, y que sin más hubiera una aventura esperándola en la próxima esquina…  una aventura violeta, celeste y rosada. Siguió caminando, convencida de que en la próxima esquina aparecería la revelación. O quizás en la próxima. O la próxima. O…
Veo el final del té en la porcelana, que unas manos retiran amablemente de la mesa y posan en el carrito de la pâtisserie, llevándoselo lejos de mí. Se precipita el margen de la hoja y el cuento no tiene su clausura. Me corro el pelo del rostro, en un gesto que he repetido durante toda la noche. La mirada de mi Interlocutor me espera. Tiernamente me dice:
—Oh, Honey. You look so marvelous.
En la proclama me sonrojo. Siento el abrazo desde el otro lado.
—No quiero partir, Gustave…
—No te aflijas por dejar el Budapest.
Me sonríe como les ha sonreído a tantos. Me aferro a lo que sea que tengo cerca. El corazón se me aprisiona. No quiero levantarme de mi silla, pero en cambio es él quien se levanta y lo veo alejarse por la inmensidad del pasillo. Monsieur Gustave abandona la habitación dejándome sola. Lo veo partir hasta que ya no logro divisarlo más. Titilan las palabras inconclusas en la blanca hoja electrónica. Entonces es cierto: debo dejar el Grand Budapest. La historia llega al final. Veo como el salón a mi alrededor lentamente va desdibujándose hasta llegar a blanco; y como en un espejismo de vapor parten el Escritor, Dmitri Desgoffe-ind-Taxis, el Inspector Henckels, Zero, Madame D., Agatha… Y veo como yo también voy desdibujándome, fundiéndome en el blanco de este texto…
Alto. No. No voy a fundirme a blanco. No es cierto que las películas terminen. No es cierto que haya salido del cine. Cuentos que caen dentro de cuentos. Aún estoy allí. No me iré del Budapest. Nos espera otra temporada juntos, querido Gustave…
Camina presurosa sobre sus pasos y se acerca a la boletería con premura. Con el corazón aún aprisionado persigue los horarios con la mirada, hasta que finalmente da con lo que necesita. Es una locura y lo sabe: pero a quién le importa. Pide otra entrada para Grand Hotel Budapest, y con el resto del cambio que le queda lo invierte en un pequeño manjar, en la courtesan más cercana en forma de chocolatín de papel metálico tornasolado. Guarda las llaves en su bolsillo.
Presenta credenciales y se registra nuevamente. Su silla allí la espera. Las luces descienden, lentamente. Y así la sala de cine se la traga, de un solo sorbo, otra vez. Lo que termina vuelve a recomenzar: Bienvenida a casa, Mademoiselle M.
//////////////////////
El gran hotel Budapest (The Grand Budapest Hotel, 2014) | Wes Anderson

Click to comment

Leave a Reply

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Tal vez también puedas leer.