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A la salida del cine

Cine de Verano /// Rodrigo Moreno

A la salida del cine
Cine de Verano
Por Rodrigo Moreno

A Jerry le falta un tornillo. Durante varias semanas vi el comienzo de esa película desde atrás de la pantalla del cine. Salía del teatro donde ensayaba mi papá por una escalera caracol a oscuras que conectaba con las bambalinas de un viejo cine de Mar del Plata. Después atravesaba un pasillo iluminado por las serpenteantes imágenes de la película que se proyectaba del otro lado y que inmediatamente vería sentado de frente en una butaca de cuerina gastada. Ese pasillo secreto estaba minado por puntas de alambre ensortijado, varas de fierro y rollos de soga que debía esquivar con rapidez y en silencio; a su vez, el reverso de la imagen ofrecía un espectáculo inmenso y único, como el de estar buceando en el fondo del océano y de pronto vérselas frente a una ballena gigante. Mientras pasaba por ahí me gustaba pensar que los espectadores me veían como un fantasma o como una falla de la imagen.

Ya me sabía todos los horarios y calculaba perfectamente a qué hora bajar al cine. Salvo algún inconveniente, solía hacerlo unas tres veces por día a lo largo de cada semana. Me acuerdo que una vez conté cuarenta y cinco, lo que implicaría que supuestamente vi A Jerry le falta un tornillo unas cuarenta y cinco veces. Yo tenía 11 años y a esa edad ya me consideraba un fanático de Jerry Lewis: los sábados al mediodía canal 13 daba un programa doble de sus viejas comedias que siempre esperaba con locura. Por esa misma razón es que esta variante riviera francesa que el gran Jerry mostraba para los comienzos de los ochenta no me gustaba tanto. Hacía que me gustaba y por eso lo de las cuarenta y cinco veces, pero íntimamente reconocía que tenía que hacer un poco de fuerza para reírme de esos gags más previsibles y muchísimo menos eficaces que aquellos de su época con Dean Martin. Ahora quedaban sólo sus muecas desopilantes, desprovistas de cualquier situación dramática que las contuviera y las hiciera todavía más graciosas. Pero lo que menos gracia me causaba de esta nueva versión era la imagen de película barata que ofrecía, como las de aquellas de Trinity y Celentano por ejemplo de las que también era asiduo espectador (cuando a los diez años vi Bingo Bongo de Celentano ya tuve presente la noción de rascada absoluta). Me refiero a una imagen que se caracterizaba por transmitir el verano y su incomodidad: las pieles sudorosas y naranjas, el sol sin tregua, los mocasines blancos sin medias, las chombas y los gorritos graciosos. En las películas de verano no había raccord, y tampoco se veía la elegancia del teleobjetivo que en los setentas tenían las películas deportivas —hermoso género de la época— y las de espionaje que también me brindaba la escueta televisión de la época. Pero Jerry Lewis es Jerry Lewis, uno de los mejores cómicos del sonoro americano, para mí sin dudas el mejor, y la película por ese motivo aún me resultaba inofensiva, tan inofensiva que soportó cuarenta y cinco visionados.

Durante todas esas tardes de verano marplatense asistí a la experiencia vívida de la potencia del proyector de cine y de la repetición incansable de una misma película. Me pregunto cuánto habrán influido en mi gusto, en mi respeto hacia Jerry, incluso en mi formación como director, esas cuarenta y cinco proyecciones de su peor película. ¿Habrá sido su magnetismo, capaz de llevarme todas las tardes a ver cómo desorbitaba los ojos y estiraba la mandíbula como un mono? ¿O habrá sido en cambio la posibilidad que me brindaba esa escalera caracol de descubrir el otro lado del mostrador del cine, ese gran espejo deformante en que se convierte el reverso de toda película proyectada?

Me gusta pensar que me convocaban las dos cosas por igual, el misterio y el chiste. Y que nada esencial ha cambiado demasiado en mí desde entonces.

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A Jerry le falta un tornillo (Par où t’es rentré? On t’a pas vu sortir, 1984) | Philippe Clair

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