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A la salida del cine

Los abyectos /// Paulo Pécora

A la salida del cine
Los abyectos
Por Paulo Pécora

Las imágenes, impiadosas, no paran de golpear sus retinas como si fueran puching-balls. Observa sin dar crédito a lo que ve, sin entenderlo, sin poder evitar que lo envuelva una profunda angustia y una sensación interminable de impotencia y asco. ¿Por qué? ¿Cómo es posible? ¿Qué es todo esto? Las preguntas se multiplican sin encontrar respuestas, acentuando la confusión, clavándose como agujas en su conciencia.

A la salida del cine, camina sin rumbo por las calles con la única esperanza de encontrar un perro o, aunque sea, un gato que le permita acariciarlo un poco y preguntarle —y preguntarse— por qué se siente cómo se siente, qué sentido tiene esta vida, por qué pertenece a una sociedad de seres tan inevitablemente bellos, tan irremediablemente nefastos.

Desde hace días, la misma escena lo invade con insistencia, tan vívida y palpable como la primera vez. En un barco pesquero, los hombres ríen, se graban y fotografían mientras uno de ellos se divierte practicando tiro al blanco con un fusil.

Dispara con puntería a otros hombres que flotan indefensos en mar abierto, intentando sobrevivir después de un naufragio. Y asesina uno a uno a sangre fría hasta que el último, que se esconde detrás de lo que queda a flote del bote hundido, levanta la mano incrédula para intentar detener su propia muerte.

Al final, después de la masacre, todos ríen y se autorretratan abrazados como si hubieran ganado algún torneo, como si festejaran un logro, como si estuvieran diciendo “¡whisky!” para salir bien en las fotos.

Cada una de las noticias que lee en los diarios o ve en la televisión le amargan el día, le envenenan la salud. El sensacionalismo abyecto se retroalimenta con las palabras, imágenes y textos de los que, sin ningún pudor, y con total liviandad, ponderan y naturalizan los excrementos de la sociedad y orgullosos de sus egos se hacen llamar “periodistas”. Saborean la sangre, se hacen buches, y la escupen en la cara insensible del espectador.

La última vez, se vio reflejado en los ojos acuosos de un pequeño mono, en la mirada de pánico y dolor inexplicable que le quedó grabada después de haber asistido a la carnicería a la que un grupo de cazadores había sometido a toda su familia. Lo encontraron confundido entre la sangre y las cabezas cortadas, husmeando las manos recién atravesadas por estacas, listas para ser transportadas al mercado de manos y cabezas de chimpanché.

Así, a simple vista, todo para él parece perdido. La impotencia lo consume mientras la picadora de carne se extiende como metástasis por todos los espacios del ámbito público, incluso en el cine —hasta hace un tiempo su único oasis—, naturalizando la muerte y el asesinato, haciendo lícito el desprecio hacia los demás.

Le dan náuseas los periódicos, las películas, los programas televisivos, los videojuegos, el eterno gran espectáculo cotidiano que se vale de cadáveres y sangre para lubricar sus engranajes. Ya nada parece escapar a esa industria mediática que aniquila los espíritus, empequeñece las almas y hace inútil y ridículo cualquier mínimo atisbo de humanidad.

En el reinado del pánico y la frivolidad, el otro —cualquier otro— alcanza únicamente la estatura de un objeto descartable. Con la misma indiferencia con la que se aplasta a un insecto, un grupo armado conduce por un desierto lejano a cien de sus enemigos. Heridos, desnudos, descalzos, los humillan con insultos y golpes, los obligan a acostarse en la arena y, sin pestañear, matan a cada uno a quemarropa, con un balazo en la cabeza.

Hora tras hora, las pantallas y los diarios ofrecen alegremente todo tipo de crímenes y vejaciones. Compilan, editan y ponen epígrafes atractivos a las peores miserias. Los edulcoran con palabras lastimosas y remordimientos falsos, pero no dejan de mostrarlos, los multiplican al infinito, día tras día, y así la insensibilidad, el miedo y la intolerancia se contagian y expanden como un virus.

Sabe perfectamente cómo funciona el mecanismo, conoce el antídoto para frenar la epidemia, pero otra vez —y ya son muchas— no puede evitar ensombrecerse. Se siente más pequeño e insignificante. Se torna oscuro y cínico, insensible. Busca respuestas dentro suyo donde sabe de antemano que no podrá encontrarlas. Se tropieza una y otra vez con la misma piedra. Se choca siempre contra la misma pared, contra la misma sensación de incomprensión e impotencia. La confusión y el asco se acentúan, y apura el paso por las calles sombrías y desiertas de la ciudad.

Ya en su casa, cierra con llave las dos cerraduras, baja las persianas, toma un vaso de agua, se saca la ropa, activa el despertador y se mete en la cama. Un momento después, su gato —el único ser en el mundo que parece entenderlo— se acerca lentamente, en silencio, se mete entre sus sábanas, pegado a él, y poco a poco los dos se van quedando dormidos.

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