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A la salida del cine

Heterotopías audiovisuales /// Anabella Speziale

A la salida del cine
Heterotopías audiovisuales
Por Anabella Speziale

Lo que les voy a contar en las siguientes líneas no va a ser un cuento de estructuras cotidianas, ni de historias ya narradas; sino que voy a mencionarles algunas impresiones que, a la manera de una maraña de recuerdos, forman parte de la huella de mi memoria audiovisual. Una huella que se bifurca en los caminos del tiempo pasado y aventura futuros sin finales posibles. Una huella que se desdibuja a cada instante en ilusiones paralelas y transita de celuloide en celuloide, de mundo en mundo, en un aprendizaje continuo que no puede despegarse de esa sala cinematográfica más allá que ya no se encuentre dentro de ella.

Vivimos en una cultura donde lo simultáneo es el abismo de nuestro propio reflejo. La cultura de la imagen donde una yuxtaposición de espacios, tiempos y emociones se deslizan en pantallas invertidas y nos devuelven nuestra propia imagen a cada paso que damos. Así entretejemos retratos propios y representaciones ajenas en un sin fin de significantes donde lo virtual lo sentimos como real, donde lo lejano lo palpamos en el cuerpo, donde lo auténtico se deforma en el filtro de la imaginación.

Hoy, las representaciones audiovisuales pueden ser ese espacio otro que algún tiempo atrás describió el filósofo francés Michel Foucault (1967) (1): cómo en la sala cinematográfica se superponen múltiples espacios que en sí mismos son incompatibles. Foucault expresa que “el cine es una sala rectangular muy curiosa, al fondo de la cual, sobre una pantalla bidimensional, se ve proyectar un espacio en tres dimensiones” (Idíd.), donde podemos observar todo tipo de escenarios disímiles los unos con los otros.

El cine se transforma en un lugar que te desplaza, que te lleva a un viaje donde no hay estaciones de salidas ciertas, sino que, una vez que el proyector te embarca en su hipnótico traqueteo, tu percepción sucumbe a un constante deslizamiento. En la sala oscura desaparecen los horizontes de nuestra vida ordinaria, y sucumbimos a una mágica visón de ensueño que nos lleva de las narices por infinitas historias. Historias, donde lo fantástico o lo mundano pueden repelerse o coincidir, pero no pueden despegarse de la ilusión que imprime esa realidad cinematográfica. Sensaciones que pueden incomodarte, angustiarte, relajarte, alegrarte, excitarte; donde uno se puede perder y hasta gozar de ese loop absoluto de circunstancias que ruedan ante nosotros.

Una heterotopía contemporánea, donde todas las dimensiones estallan… se erosionan.

Dentro del cine se establece una experiencia mixta mediada por espejos: “especies de lugares que están fuera de todos los lugares, aunque sean sin embargo efectivamente localizables” (Ibíd.). Pero más allá de la sala en sí misma es la película la que funciona como ese cristal donde nos identificamos en lugares, en historias, en emociones donde no estuvimos presentes.

Así, a la salida del cine, de cualquier cine, después de haber experimentado cualquier tipo de película, nos encontramos dentro de una dimensión heterogénea. Una sensación que peregrina por nuestra memoria de lo recién vivido, una emoción que se palpa en el cuerpo y eriza la piel. Una o varias ficciones se anudan en fotogramas que, como instantáneas, recordamos de esos pasajes que deambularon en la pantalla. La salida del cine se transforma en un lugar que no está en ninguna parte.

La fatalidad del final material del rollo del celuloide, no existe en sí misma, puesto que, lo que nos contaron en esa película, lo seguimos experimentando, una y otra vez, cuando lo recordamos, sea ese recuerdo adrede o inconsciente. Deformamos ese mundo en sombras que se relacionan desviadamente con nuestro presente. Es difícil poder localizar ese espacio-tiempo, tan propio que se extiende y se disuelve metamorfoseándose en cada situación. Podemos hablar con amigos apenas terminada la función, podemos comentar un film con especialistas del medio en un café, podemos escribir en una libreta de notas los apuntes que nos captaron la atención, pero nada de eso refleja en su totalidad esa vivencia.

A la salida del cine el azar acecha. Hemos salido de la sala… pero no hemos salido del audiovisual que hemos habitado. Este se trasforma cada vez que nos relacionamos con él, enlazándonos a su función heterotópica: la cual “tiene por rol crear un espacio de ilusión que denuncia como más ilusorio todavía, el espacio real” (Ibíd.). Un espacio que, como El Aleph, comprende todos los espacios, todos los tiempos, todos los puntos posibles… sean ellos tolerables, o no, para la vida humana.

Heterotopías de ilusiones audiovisuales, un lugar, sin lugar, del cual no se puede salir una vez que se ha penetrado en él…

(1) FOUCAULT, Michel; De los espacios otros (“Des espaces autres”); Conferencia dicada en el Cercle des études architecturals, 14 de marzo de 1967, publicada en Architecture, Mouvement, Continuité, nº 5, octubre de 1984. Traducida por Pablo Blitstein y Tadeo Lima. Disponible en: http://disciplinas.stoa.usp.br/mod/resource/view.php?id=67995

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