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A la salida del cine

Salpicré /// Matilde Vissani

A la salida del cine
Salpicré
Por Matilde «Tute» Vissani

«Quisiera comerte como a un postre, y me empalaga hasta la náusea lo dulce. No voy a empacharme; tomaré apenas de tu interior húmedo un trozo de jugosa fruta, y me nutriré con ella de aquí a mil años. Entre todas las otras que tienes, parecidas, ni siquiera de darás cuenta. Estoy protegida.»
Matilde “Tute” Vissani

“Mmm… mujer… joven. De pelo largo castaño y pollera”, dije para mí. Alrededor de media hora después constato que no acerté: comienzan los avances y aún estoy vacía. Estoy en el pasillo. Suele pasarme que me quede así. A mi lado, un poco más allá, multitud de personas en grupos de distintas configuraciones: una mujer joven con niños que ríen y desbordan penetrando con sus manos los paquetes de pochoclo (hoy no podía cuidarlos la abuela); varias parejas recién nacidas que se besan y se aprietan (aprovechan cada segundo para el dulce contacto, antes de que empiece la película); dos hombres delgados, con anteojos uno de ellos, que no se han movido más que para respirar desde que el resplandor del proyector se ha encendido (no saben que aquello que buscan jamás lo encontrarán enteramente en la pantalla). En el tiempo que me queda constato que, salpicadas en la extensión de la sala, hay otras tantas como yo: en silencio, nos hacemos señas, sonreímos. Sin embargo, los primeros fotogramas aparecen y la soledad me angustia por completo.

Quisiera sentir el calor de los muslos pegándoseme suavemente, y las pequeñísimas gotas de sudor siendo absorbidas por los poros de mi piel. Vivir la película sin ese contacto me da una sensación de pueblo descampado, fantasma, que me hiela desde el suelo hasta el último borde del respaldo. Luego, no tengo a dónde ir, ni con quién compartir todo eso. Claro, están las otras almas de la sala, pero hace tantos años que somos las mismas, siempre igual ubicadas… sólo hablamos para ver si la de la última fila vio algo que la de la primera no y así, y así… siempre las mismas conversaciones.

Cuando hay algún ser que me ocupe, bueno. Ahí además del film, que veo proyectarse muchísimas veces por día (de algunas piezas no tantas), puedo entretenerme sintiendo el estremecimiento de los músculos cuando es una de terror o los abruptos saltos en las más estrepitosas comedias. Pero hoy, nada. Ya pasaron los primeros quince minutos y la desolación me está invadiendo por completo.

Inesperadamente percibo los torpes pasos de él que quiere disimular que ha llegado tarde. Pide disculpas con una sonrisa de una cuadra que no deja alternativa y ese brillo en la mirada… niño tímido jugando en el cuerpo de un hombre fuertísimo. Se sienta, contacto decidido y letal; con sutiles movimientos acomoda su abrigo negro y su morral. Un instante apenas y su ser entero absorbido por el relato que transcurre: el niño orina y ella se le acerca imaginaria por detrás, sensualidad germinal de los 12 años.

Vibración de su entrepierna que recuerda fugazmente la primera sensación de amor. La siento y quiero jugar que es para mí. Repito la escena: despacio, lo abrazo por detrás, lo acaricio sutilmente y le beso el cuello. Él se relaja y se entrega a disfrutar de la película, encantado bajo el secreto erotismo que le ofrezco sin que lo sepa. Entonces, me aprovecho: me meto en el hueco de sus rodillas y siento la humedad detrás del pantalón; recorro enteros sus muslos trepándolos como a las raíces de un ombú, soplo sus hombros y viajo por su columna siguiendo la flecha que me lleva hasta el origen, su tallo. Ahí me contengo, embriagada en el calor de su sexo que no advierte mi presencia. Me contraigo, me retuerzo… pliego mi terciopelo… suave presión y… acabose. Aplausos por doquier mientras se encienden las luces. Saboreo los últimos instantes con él, que procesa algunos minutos el acontecimiento.

Ya la sala está vacía, a la espera de la próxima función. ¡Desearía que me crecieran piernas! Iría corriendo tras él y le pediría que me llevase a un café, donde hablaríamos durante horas de la experiencia vivida. Él de la película; yo de la mía. Sin embargo, soy un simple objeto, un mueble, y no tengo más que contentarme con vivir para siempre en el lugar que me tocó.

Cuando esté agonizando, podré disfrutar unos instantes del mundo que hay detrás del cine (según dicen, se parece mucho y nada al que transcurre en la pantalla); y ver a los adolescentes que se sienten crecer en sus primeras salidas sin padres, a los matrimonios que buscan reencontrar el ensueño tal vez perdido por la monotonía de la rutina, a los amigos que descubren en el cine la excusa perfecta para hablar de su visión del mundo, y etcétera, y etcétera. Vivenciar ese momento a la salida del cine es el mayor deseo de una butaca. La última película, deseada y prohibida, que veré por única vez antes de ir a morir junto a la chatarra.

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Cuando pasan las grullas (Letyat zhuravli, 1957) | Mikhail Kalatozov

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