La película prohibida
6436 / 6424
Por Lucas Granero
Esa vez había entrado al videoclub decidido a hacerlo. Hacía dos días que, al salir de la clase de inglés, había pasado a mirar, sin alquilar nada, con el propósito de establecer los cimientos del plan ideal. En una de las ruinosas esquinas que estaban lejos del radio de visión del hombre que trabajaba ahí había encontrado la película ideal. No recuerdo el título, pero si la tapa: una pareja tirada sobre las rocas de unas cataratas. Algo de la rugosidad del territorio parecía transcribirse en la pobremente diseñada portada, pero no por eso era menos efectiva: sus cuerpos desnudos, abrumadores en todo sentido, sobresaltaban sobre el resto de las imágenes que los rodeaban. No se trataba de una película explícitamente pornográfica, las cuales estaban posicionadas en lo más alto de los estantes con sus gigantescas cajas, sino que esta película debía haber sido algo así como porno-soft con trama mínimamente policial, donde lo erótico estaba siempre presente en escenas de sexo sin dudas fingidas, pero bastante efectivas para mis púberes ojos. Así que sí: esa era la elegida. Como esa tarde en el videoclub rondaba mucha gente, decidí que mejor era hacerlo la próxima vez. Y así fue como esa tarde entré como muchas otras veces, pero con el objetivo de llevarme algo absolutamente diferente.
Luego de haber saludado al empleado comencé a sentir que algo iba a salir mal. Él me conocía desde chico, al punto tal de no tener que decirle el número de cliente porque ya se lo sabía de memoria. Conocía a mis padres, conocía a mis hermanos, a mis abuelos, a mi tía y hasta fue testigo de cuando me robaron por primera vez una bicicleta en la puerta de su local. Había algo extrañamente íntimo en nuestra relación de la que por primera vez tomaba conciencia. No había chance de que me dejara llevarme una película porno. O tal vez sí, tal vez entendería ciertas inquietudes adolescentes y comprendería la situación y me dejaría salir del local con la película sin decirme nada al respecto, volviéndose cómplice del pequeño desafío que me proponía. Me imagine cenas de videclubistas en las cuales se contarían esta clase de anécdotas de clientes y él, orgulloso, contaría la mía. ¿Sería posible?
Un poco más confiado y luego de dar vueltas haciendo que miraba otras películas, me fui acercando hacia el lugar del crimen. Ahí estaba la pareja revolcándose en las rocosas cataratas. Faltaban pocos minutos para el momento clave del asunto: ir hacia el mostrador y decirle el número de la película que quería alquilar. N° 6426 (mire tanto esa caja por tan pocos momentos que aún recuerdo perfectamente el número). Pero era momento de actuar. El videoclub se encontraba en un precioso momento en el cual yo era el único cliente dando vueltas. Con el 6426 en mi cabeza me acerqué lentamente hacia el mostrador. El hombre, que me veía acercarme hacia él, dejó de acariciar a su gato y sacó la planilla donde ponía mis alquileres diarios. “6426” le dije, casi sin titubear. Y se fue atrás, en búsqueda de la 6426. El gato me miraba con sus felinos ojos mientras mis manos sudaban y de lejos se escuchaban los sonidos de una película que se reproducía en un rincón del lugar. Como el hombre tardaba mucho, asumí que su lentitud estaba relacionada con el espacio oscuro en el que se encontraba ubicada la película. ¡Qué tonto fui! ¿Cómo no lo había pensado antes? Era evidente que esa clase de películas estaban todas agrupadas en un sector pornográfico, lejos del resto del material ATP que reinaba en el lugar. De repente apareció. Su cara reflejaba una inquietud, una anomalía a la que no estaba acostumbrado. Todo mi plan se derrumbaba y sus pedazos retumbaban fuertemente en mi cabeza: a la noche, en su reunión videoclubista, contaría a sus compañeros de rubro la estúpida situación que vivió hoy a la tarde cuando un pendejo pensó que podía sacarle una porno. Todos reirían y comentarían situaciones similares ocurridas en distintas partes de la ciudad; un millón de jóvenes frustrados que deberán seguir esperando…
“¿Estás seguro que es la 6426?”, pregunta. Le respondo que sí, que es la 6426, que tiene que ser la 6426. “6426” dice, “6426” repite, amagando a ir, una vez más, hacia el oscuro sector pornográfico. “6426, entonces” dice y ahí, como sabiéndome atrapado por un momento que no iba a poder asumir de una manera poco vergonzosa, le digo “esperá, me voy a ir a fijar si no estoy confundido”. Rápidamente vuelvo hacia el lugar y me despido de la pareja en las rocas. Otra vez será, pienso e inmediatamente comienzo a buscar una película cuya tapa lejos esté de cataratas, desnudos y sexo. Logro ver que, ahí nomás, ubicada a pocos metros de mi película deseada había otra, que no deseaba para nada, cuyo número era 6436. Una vez más no me importó el nombre sino más bien su tapa en la que dos hombres completamente vestidos caminaban por una calle sin revolcarse en ella. Material sano, sin lugar a dudas. Rápidamente voy hacia el mostrador, donde el hombre pacientemente esperaba que yo aceptara mi rendición y le dijera que sí, que estaba equivocado. Y se lo dije: “era la 6436, no la 6426”. “6436” dice, “6436”, repite. Y se va de vuelta hacia las catacumbas de VHS. Esta vez vuelve más rápido. Anota en la planilla el número 6436. “En busca del destino”, dice, mientras abre la caja para ver que todo esté en orden. No hay nada porno en ese nombre, pienso, así que todo debe estar bien. Me da la película y me retiro sabiéndome perdedor. “Nos vemos mañana”, me dice, cuando cierro la puerta y me alejo del videoclub.
La caja del VHS yace sobre mi cama. En letras plateadas están los datos del videoclub inscriptos: “Fax Videoclub”. Pongo la película en la cassettera y hago fast foward hasta llegar a la película. Pienso que con la porno hubiese hecho exactamente lo mismo, pero por motivos completamente diferentes. Títulos. Actúan Robin Williams, Matt Dillon y Ben Affleck. En inglés la película se llama Good Will Hunting y la dirige un tal Gus Van Sant. Ninguno de esos nombres me interesaba. Robin Williams era el único que llamaba mínimamente mi atención porque lo había visto actuar en otras cosas y lo ubicaba fácilmente en el terreno de la comedia. Pero esta película no era una comedia. No pasaba nada gracioso y tampoco entendía demasiado el tono. Matt Dillon y Ben Aflleck se peleaban con otros tipos en muchos momentos y, después de golpearse, salían a andar en un auto. Andaban mucho en auto, eso recuerdo que me llamo mucho la atención. Manejaban, simplemente hacían eso. Recorrían calles y escuchaban música. Robin Williams era un psicólogo que atendía a Matt Dillon y descubría que él era un genio o algo así. Había una sola escena de sexo en toda la película. La paré antes de que terminara e inmediatamente la puse a rebobinar. Algo falló, porque cuando la película terminó la videocasetera la escupió con la cinta toda estrujada. Hasta el aparato me castiga por haberle prometido acción y entregarle, en cambio, semejante composición de escenas débiles y lejos de rocas y cataratas sexuales. ¿Y ahora encima debía pagar por haber destrozado esta película? Me negué completamente a ese panorama y enseguida comencé a urdir un nuevo plan: mandaría a mi papá a devolver la película. El hombre del videoclub se llevaba bien con él y seguramente al charlar ni siquiera miraría el estado del VHS. Y si algo salía mal, bueno, en fin, por lo menos había sucedido con una película de Robin Williams y no con una porno.
Al día siguiente no ocurrió nada. Y los demás días tampoco. Seguí yendo al video como siempre y continúe, también como siempre, pasando por el lugar donde estaba aquella película, la 6426. Con el tiempo todo fue reemplazado por DVDs y aquella película desapareció. Lo mismo ocurrió con En busca del destino, a la cual, a diferencia de la otra, sí volví a ver unos años después y terminó gustándome. Mientras la veía, sin embargo, no podía dejar de pensar en aquella y en todas las otras películas que nunca pude ver, pero cuyas imágenes, prohibidas, invisibilizadas, inexistentes, me interpelaban con sus extraños poderes.
¿Qué habrá pasado con la siguiente persona que alquiló Good Will Hunting? Asumo que, en un determinado momento, la película se detendría o bien se destruiría completamente dado que la cinta estaba bastante accidentada. Me emociona la idea de pensar que tal vez, en esta catarata de planes abortados, fui el accidental creador de una nueva mutilación cinematográfica. ¿Prohibí a alguien ver esa película? No lo sé… Lo que sí sé es que desde ese momento me tienta lo prohibido. Por completo me arrimo irremediablemente hacia aquello que no debo ver. Lo busco, magnetizado. Lo abrazo sabiendo (esperando) que en su condición censurada se oculte un cierto poder que alguien quiere debilitar. La imagen, por más mutilada o negada que sea o me sea, siempre se las arregla para que ese, su poder, sobreviva a las tiranas tempestades que la arrasan. Y si llega así, despedazada, destrozada, descompuesta, pues mejor: más me gusta, porque aquello que es ausencia ahora se materializa en pedazos oscuros, montajes sin sentido, composiciones abstractas donde el espacio y el tiempo ya no responden a ningún orden y la imagen corre demente sabiéndose amputada: ya no es lo que era, pero tampoco sabe muy bien qué es ahora. El espectáculo de lo roto proyectándose es de lo más incendiario: todos los ojos expectantes a la aparición de lo que no existe, buscando la cicatriz que evidencie la cesura. Lo prohibido mantiene a los ojos alertas en búsqueda del éxtasis de la ausencia y vuelve a la actividad cinematográfica algo similar a un acto quirúrgico. ¿Qué es lo que no está? ¿Dónde está? ¿Por qué no está? Las preguntas se multiplican mientras la cosa achurada se desliza como puede. ¿Es esto una película? Lo fue, quiso serlo, no la dejaron. Los enigmas se rompen frente a la irrevocable sensación de que, sea lo que sea, eso prohibido que acabo de ver posee la huella de lo absolutamente verdadero.
//////////////////////
En busca del destino (Good Will Hunting, 1997) | Gus Van Sant