Aquella película contigo

76 89 11 /// Cris Zurutuza

Aquella película contigo
76 89 11
Por Cris Zurutuza

¡Hola! Tantos años. Sé que hace tiempo que no hablamos, pero ayer me acordé de vos. El mismo día que leí en la agenda del Suplemento Radar que daban esta película empezó a darme vueltas en la cabeza la idea de llamarte e invitarte, pero… viste como es eso de los miedos, la timidez y todo lo demás. Anduve toda la semana acordándome de nuestra salida de aquella vez, pero llegó la fecha y… bueno, fui sola. De todas maneras, espero que este escrito llegue a tus manos en algún momento y te genere ganas de volver a verla.

Sabrás que estas son épocas de reestrenos comerciales como El Padrino o Volver al Futuro. Seguramente todos tenemos alguna favorita, a la que rendimos cierto culto “doméstico” y que querríamos volver a ver. Esta, creo que es la mía.

Desde que llegué a la sala fue como comenzar un viaje a algún paisaje conocido, diferente e igual a la vez. Fue un flash entrar al mismo cine de aquel encuentro. El Premiere sigue conservando su receta mágica: mezcla de elegancia, estilo racional y funcionalidad pasada de moda, con unas cucharadas de decadencia que lo vuelven único. En la sala, las clásicas butacas altas de cuerina roja todavía tienen aspecto de confortabilidad. Los resortes están un poco más vencidos que en aquel entonces, pero todavía se la bancan.

Siempre me gustó ir al cine sola de vez en cuando, porque presto más atención al ritual de una función. Definitivamente cada pasada es como una experiencia iniciática: la expectativa anterior al cambio de luz en la sala, el ruido del correr de las cortinas de pana bordeaux, el extraño momento anterior al comienzo de la proyección, el sonido del proyector de 35mm y las “colas” de las películas que van a venir. Una verdadera ceremonia irrepetible.

Allí estaba, una vez más, frente a la misma película de aquella vez, pero, aunque su mundo me resultaba conocido sentí que en esta ocasión ingresaba por otra puerta, asomándome por otras ventanas. Tal es así, que los personajes me parecieron unos machistas al límite de lo soportable; tengo que admitir que cuando tenía veinte años no reparaba tanto en estos detalles o quizás me parecían más pintorescos.

Pero sin duda alguna fue su recorrido histórico el que en esta oportunidad me capturó: las fechas que visita la película son significativas para nosotros, porque nos marcaron generacionalmente.

1976 es el año en el que nacimos y el mismo que da inicio a esta historia, el año del golpe militar, expresado en imágenes en blanco y negro, tal vez del mismo modo que en la memoria colectiva. El mismo año también en el que las rutas argentinas se recorrían en Falcon o en Torino.

1989 es el año en el que corre el siguiente capítulo en el que asistimos como testigos en la víspera al casamiento de Paquito con “La Gorda”. ¿Te acordás? Noche en la que los tres amigos deciden pasar la despedida de soltero con Wanda Manera, el amor platónico de estos antihéroes. Ese mismo año yo recién terminaba la escuela primaria. Debo confesarte que el “Síganme” tan famoso por esos tiempos y que en la película se ve en los afiches de fondo en la calle, lo viví con cierta inconciencia juvenil: no tenía formado aún un juicio de valor al respecto.

Ni hablar que en esta parte adoré a Claudio Rissi haciendo de reventado. Casi siempre lo convocan para hacer de cana, que es más o menos lo mismo, pero sin un discurso tan formal. “Rissi, con dos eses y no con zeta”, según me aclaró en algún momento uno de los directores de esta película. Ahora que me acuerdo, alguna vez por ese delirante “casi” me hago de Racing. Y es que jamás había tenido de cerca a un militante futbolístico, uno de esos que contagian el entusiasmo.

2003 es finalmente el año en el que transcurre la última parte en la que Dino anuncia que va a votar a Carlos Saúl (en ese momento me surgió la fantasía de poder contarle que finalmente ganó Néstor y después su mujer, preguntándome cómo les hubiera caído que los gobierne “una mina”). Cuestión que es el día anterior, mejor dicho, la noche anterior —que es en verdad el escenario donde pasan las cosas— al casamiento de Salvador, el dueño del Torino y del que los otros sospechaban que era puto. Y una vez más quieren cumplir la obsesión de la adolescencia como regalo para la despedida de soltero.

Para el 2000, año de su estreno, vos y yo éramos estudiantes universitarios. Sin duda, fue desde esa óptica que transitamos esta película. Para ese entonces vos seguías Ciencias Económicas y yo Comunicación Social. ¡Claro! Estas dos formas tan diferentes de ver el mundo dieron para el debate de “a matar o morir”. ¡Cómo me hubiera gustado encontrarte de nuevo! Salir de la sala hacia la Avenida Corrientes rumbo a algún café y volver a discutir con aquél idéntico entusiasmo. Aún hoy conservo el recuerdo intacto de cómo cada uno defendía al personaje que más había amado, destrozando al que más había odiado. Hoy no podría actuar con tanta vehemencia, admitiendo incluso que esta vez al más chanta le vi un poco de humano y al más tímido su buena dosis de hijo de puta. Si hoy la hubiéramos visto juntos, te diría que cada uno de los personajes tienen más en común de lo que pensamos aquella vez.

Igualmente, más a allá de los detalles que le cuestione, hoy, creo que estoy más cerca de esta historia. Dino, Paquito y Salvador me resultan más familiares. Tal vez porque ahora tengo más o menos la misma edad de los directores cuando la hicieron y hay algo del punto de vista que compartimos. Hasta podría decir que es una película para gente de “treinta y pico”. Varios de estos tres personajes se parecen a nuestros amigos: el que la va de ganador, el que se comió el personaje del perdedor y el infaltable cagón. En el fondo, todos esconden su la mediocridad con un miedo exacerbado. Al fin y al cabo, son tres sobrevivientes.

Y así pasé toda la proyección, entre ese doble análisis entre lo que veía ahora y lo que “había visto” la otra vez.

Cuando terminaron de pasar los créditos y las luces lentamente volvían a la sala, mirando a mi alrededor me di cuenta que era prácticamente la única sobreviviente: la mayoría de los espectadores habían salido de la sala con los primeros acordes de Wanda Ramera, el tema final de “Asado Violento”. Vale aclarar que hace tiempo que no me puedo ir de una función sin ver el rodante final, me da curiosidad saber si algún conocido estuvo trabajando y no puedo evitar leer hasta el último de los agradecimientos. Fue en ese momento cuando vi acercarse al acomodador con cara de “otra que se quedó dormida”, por lo que le respondí con una seña, indicándole que “ya me levantaba”. Con cierta complicidad me devolvió una sonrisa al mejor estilo “a todos nos puede pasar”.

Me paré y sentí como se hundían mis zapatillas en la alfombra roja del pasillo que se abría en ascenso hacia la puerta de madera y dorado. En ese momento deseé con todas mis fuerzas llevar unos buenos zapados de taco aguja y tener las uñas pintadas de un “celeste académico” como Wanda Manera. Caminé lentamente hacia el hall y salí a la calle soñando. Me fui fantaseando como sería el encuentro de estos tres personajes hoy, el día en que Cristina asume su segundo mandato. Buena fecha para abrir otro capítulo ¿no?

“76 89 11”, pensé. Ahí fue cuando decidí escribirte.

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76 89 11 (2000) | Flavio Nardini y Cristian Bernard

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