A la salida del cine

A destiempo del tiempo /// Paula Carruega

A la salida del cine
A destiempo del tiempo
Por Paula Carruega

Terminamos de ver una película violenta (no me refiero aquí a la acción si no a su sentido) y salimos movilizados del cine. Éramos mi amigo y yo, nadie más, hasta que en la puerta del cine nos encontramos con algunos conocidos que nos invitaron a cenar. Una mirada cómplice fue suficiente comunicación entre nosotros. Logramos irnos. Francamente no estábamos para ese plan. Caminamos sin hablar mucho, lo necesario. Estábamos nerviosos, como sucede siempre que nos vemos, excitados en un principio y nostálgicos luego.

Llegamos a mi casa, nos preparamos algo para tomar y nos fuimos a la terraza. Miramos los edificios por un rato. Las luces de la ciudad parpadeaban en el horizonte y la brisa primaveral coronaba el momento en el que me daba cuenta que me encontraba donde quería estar y con quien quería estar. A la vez, una sensación mezcla de extrañeza, culpa, y cariño de muchos años me atravesaba, producto de cosas no dichas que presionaban mi pecho de una manera poco real. No estaba tranquila. Recién cuando mi cuerpo me lo permitió comenzamos a hablar. Y entonces la sensación previa al llanto que se apodera de mí como siempre que estoy con él. Intento disimularlo, pero él se da cuenta y las lágrimas contenidas comienzan a brotar. Cariñosamente me pregunta qué me pasa. Casi sin aire y de una manera torpe me expreso como puedo, intentando explicarle el porqué de mi angustia. Él lo entiende claro, me conoce, y yo estoy casi segura de que un sentimiento parecido lo atraviesa. Silencio. Silencio incómodo pero cargado de emoción. Ya no puedo hablar, el nudo en mi garganta me lo prohíbe. Tomo aire e intento controlarme. Él me mira, también toma aire. Sin decir nada contemplamos el paisaje. Suena su teléfono. Contesta y comienza a hablar con alguien. Corta y me comenta algo de su conversación, la cual había escuchado poco y nada, ya que mi mente estaba en otra parte. Intento disimular, pero él, una vez más, se da cuenta. “Me conoce demasiado” —pienso para mí. Miro hacia el frente y no digo nada. Él tampoco. Entonces, en una especie de inmolación amorosa y como llevada por seis caballos corriendo a toda velocidad le digo lo que siento. Él no sabe qué decir y ahí me doy cuenta que estoy siendo honesta por primera vez, aun cuando en algunas ocasiones, sin saber cómo, hablamos un poco e incluso lloramos juntos varias veces. Se queda pasmado, me mira, levanta las cejas, balbucea algo, nada concreto, está nervioso, no le salen las palabras. Llorando le pregunto qué siente. Su nudo en la garganta se hace más evidente. Sus gestos cambian como una calesita, con los sonidos de la sortija y la música de carnaval carioca fuerte incluidos. Me siento expuesta. Él me calma, siempre con cariño. Yo sigo sintiéndome rara. Le vuelve a sonar el teléfono. Se tiene que ir. Una persona lo espera en su casa y ya está en la puerta. Nos miramos sin decirnos nada, juntamos las cosas de la terraza y bajamos. Le abro la puerta. Intento hacerme la graciosa y me sale mal. Un abrazo sentido pero incómodo y se va. Me quedo en casa sola. Pienso en lo que pasó, en las cosas que dije, siento que tendría que haber frenado antes, que fue innecesaria tanta exposición. Pongo música, me fumo uno, intento no pensar, siento que no lo voy a ver por un tiempo, lo medito y decido que lo mejor es tomar distancia. Cuando me estoy sintiendo un poco mejor y casi que me olvidé del tema me llama y me dice que se olvidó su teléfono en mi casa. Yo re loca empiezo a buscarlo, no lo encuentro, pienso para mí y me sonrío al darme cuenta que él sabe mi número de memoria. Él está serio del otro lado y en ese momento me pregunto para qué fumé. Me dice si lo puede venir a buscar y yo cuelgo pensando en la distancia que quería tomar, no sé qué decirle… pero claro, él quiere su teléfono así que le digo que venga, que todo bien. Busco el teléfono un poco más conectada a su pedido y lo encuentro. Al rato suena el timbre, me sobresalto. Atiendo el portero. Es él.

—Ahí bajo —le respondo.

Llamo al ascensor. El tiempo parece detenerse. Llega, me subo y toco el “0” para bajar. Y entonces, a mitad de camino, el ascensor se para en la mitad. Nunca me había pasado algo así. Mi cabeza comienza a tejer pensamientos absurdos como que alguna fuerza extraordinaria está haciéndose notar y me impide bajar, darle el teléfono, un abrazo pelotudo o a lo sumo una frase mal ubicada. En ese momento pienso que es lo mejor que me podría haber pasado, pero llego a la conclusión que es el destino jugándome una mala pasada. Me quedo encerrada en una caja de metal. Por suerte el ascensor es bastante grande, no toco la campana, no pido ayuda, solo me quedo paralizada esperando que el destino me sorprenda nuevamente. Espero parada mirándome al espejo y ensayando las caras que voy a poner cuando lo vea. Pasa un rato, tomo conciencia de que estoy encerrada ahí, me pregunto que habrá hecho él, si me estará esperando en la puerta, si se dará cuenta de que algo me pasó, si habrá llamado a los bomberos, si seguirá tocando el timbre de mi casa y pensando que no tengo las agallas para abrirle, o simplemente me agarró un paro y quedé tendida para siempre en el palier de mi casa. No lo sé. Empiezo a sentirme un poco mal, el aire se condensa de una manera extraña en el ascensor y caigo en la cuenta de que tengo que hacer algo. Toco la campana de emergencia y no suena. Empieza el mal flash, ese pitillo que me fumé está haciendo de las suyas. Pienso en Sui Generis, en Lennon, en los Beatles, y en Él abajo con cara de “¿Dónde carajo está?”, y en cómo manejar los sentidos. En eso escucho a la pelotuda del sexto piso, pegándole al ascensor y gritando.

—¡¡¡Ascensor!!! —es una mina a la cual nunca le pediría nada, pero como no me queda otra…

—El ascensor se paró —le grito.

—¿Cómo que se paró? —me imagino su cara de pelotuda una vez más.

—Y si querida, ¡se paró! Por favor, ¿podés ir a buscar ayuda?

Entonces, seguramente con su Caniche Toy en brazos…

—Disculpame pero estoy súper apurada. Voy a intentar hacer lo posible, pero no te prometo nada.

—¡¿No te prometo nada, desalmada hija de puta?! —pienso en ese momento.

—Hay un amigo esperándome en la puerta, te pido por favor que le informes que estoy encerrada acá, él va a saber qué hacer para ayudarme —de muy mal humor le grito desesperada.

—¡OK! —es lo último que escucho de la descerebrada.

Luego de tejer mil estrategias en mi cabeza logro tranquilizarme. Golpeo con fuerza la puerta, intento abrirla con mis manos y es imposible. Grito un rato. La descerebrada no aparece, los bomberos tampoco y mi amigo ni idea. Deben haber pasado como dos horas que estoy encerrada. Se corta la luz en el ascensor: ¡Bingo! Lo que me faltaba, los pensamientos más oscuros salen a flote, pero como por arte de magia o el destino haciendo de las suyas una vez más, se vuelve a prender la luz y el ascensor se reactiva solo y baja.

Logro salir.

Es de noche, no hay nadie en la calle. Subo por las escaleras nuevamente a mi casa. Pienso en que por algo pasan las cosas y en que nunca más me subo a un ascensor.

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