La película prohibida
A propósito del terror, el porno y mi videoclub amigo
Por Cecilia Martínez
Siempre me gustó el cine de terror. Y siempre me gustó el porno.
De chica, todos los viernes, solíamos ir con mi papá a nuestro videoclub amigo, el West (en pleno Castelar Norte), un mítico espacio relativamente grande lleno de películas y posters. Los dueños eran dos hermanos gemelos (pero yo me llevaba bien con Carlos, porque era más copado), que atendían el local con sus respectivas esposas y con sus respectivos caniches toy negros, a quienes yo tocaba, sin demasiado entusiasmo, de tanto en tanto (no porque no me gusten los perros si no porque esos, en particular, eran medio histéricos, cualidad imperdonable en un perro que, como suele suceder, ha sido heredada de alguno de sus dueños). Los viernes eran noches de cine de terror. Casi a modo de ritual, preparábamos pizzas semi caseras y alquilábamos alguna joya para intentar no dormir esa noche. A mi madre y a mi hermana no les seducía particularmente la idea, con lo cual todo el asunto litúrgico se daba más bien entre mi padre y yo.
A eso de las seis de la tarde llegábamos al West; Carlos me veía entrar y su cara se iba transformando, en una suerte de mezcla entre resignación y cierto regocijo (porque, claro, era una de las mejores clientas del lugar). “Ahí viene la pibita esta que siempre me pide que le recomiende buenas de terror”, imagino que imaginaba. Durante varios años, Carlos fue el encargado de recomendarme lo más truculento, lo más siniestro y terrorífico que tuviera al alcance de sus eternas repisas vetustas, carentes de cualquier tipo de buen gusto. Mostradores engomados, anaqueles de metal y un piso gris (también con una especie de cobertura de caucho) constituían la bucólica decoración del recinto. Sin embargo, el lugar guardaba cierto encanto, que quedaría grabado en mi memoria por siempre, en una suerte de nostalgia cinéfila.
Volviendo a Carlos y a sus recomendaciones, recuerdo una oportunidad en particular. Un viernes cualquiera, fuimos al West con mi papá a alquilar otra de terror. Mi amigo, ya sin nada nuevo para ofrecerme, vio cómo yo, señalando un poster que colgaba de una pared, inquiría: “¿Y esa?”. “Ah no, esa es muy fuerte para vos”. Bastó con el adjetivo para convencerme, en un instante lacónico, de que esa era la que iba a alquilar. Su título en español: Gritos de ultratumba. El poster retrataba unas manos que salían de la tierra, una especie de zombies (si bien nuestros queridos muertos vivos no tenían, en esa época, ni remotamente, la fama de la que hoy gozan) desesperados por salir a la superficie. Eso fue todo lo que necesité para codiciarla, aún excitada por el calificativo que suponía algo no apropiado para una chiquilla, algo demasiado espeluznante para mi corta edad.
Ya de vuelta en casa, y feliz con mi alquiler en mano, esperé, con bastante inquietud, a que se hiciera de noche. Cenamos pizza y nos fuimos a la cama de mis padres. Así era cómo veíamos las películas, en un televisor de 30’ todos amuchados en la cama de mis viejos; no había espacio para la opulencia en nuestra casa.
Recuerdo flashes de la película, escenas particulares que quedaron en mi retina, pero no recuerdo todo lo que vi. Pasada media hora de metraje, una señora estaba a punto de coger con un señor (en ese momento —pensemos que yo tenía 9, 10 años, como mucho— los conceptos no estaban demasiado claros en mi cabeza y, aunque yo sabía que ahí estaba pasando algo que era bastante “chancho” y que no era recomendable que viera, no sabía bien cómo funcionaba todo el asunto ese) y, en vez de quedarse y terminar lo que había empezado, en un rapto de histeria imperdonable, se iba a dar un baño. Pero, atenti, no se bañaba como cualquier mortal, sino que se enjuagaba y se acariciaba las tetas con un duchador durante un buen rato, mientras el pobre tipo esperaba afuera sin entender bien si debía o no ir a ayudar a nuestra chica con el tema del aseo. Cuestión que ella salía limpita del baño, envuelta en una toalla, lo envenenaba (o algo así) y se lo cogía medio muerto (nunca mejor aplicado el gran título del film de Paul Nicholas, “Déjala morir adentro”). La cosa se iba poniendo buena. Y mi padre, tenso.
Mientras esto ocurría, de unas tumbas de un cementerio salían tres muertas y se dirigían a una casa donde, en una habitación, dormía una mujer (recordemos que mi memoria falla; de ahí, las imprecisiones). Entraban por la ventana, con un andar cansino y propio de quien estuvo tirado en una tumba durante meses o años, y se dirigían hacia la cama de la rubia tetona. Ya estábamos en el minuto 40 (lo invento, pero más o menos debíamos de estar ahí); las muertas vivas agarraban a la chica y ¿qué le hacían? La tomaban por la fuerza, le empezaban a arrancar la poca ropa que tenía y… ¡la violaban! ¡Oh, por el amor de jebús! Mi padre, ante semejante escena, luego de varios resoples y bufidos, sentenció “No, esto es mucho, andá a la cama”. Imaginen mi frustración, mi desahucia, mi dolor. Me estaban privando de terminar de ver esa película que tanto había ansiado, que tanta connotación tenía para mí (seguía resonando en mi cabeza, como un taladro neumático, el adjetivo pronunciado por Carlos). Pero, muy a mi pesar, tuve que acatar la orden y abandonar la habitación. Estimo que mis padres la habrán terminado de ver, no lo sé realmente, nunca les pregunté. Pero yo me fui a la cama, pensando en el duchador, en las muertas vivas y en la rubia a punto de ser violada por las muertas vivas. Todo el asunto me parecía entre perturbador y extremadamente fascinante. Y nunca me saqué esa película (y esas escenas) de la cabeza. Hasta el día de hoy, que todavía no la volví a ver.
Hace poco me propuse buscarla. La película se llama La revanche des mortes vivantes, de 1987, una francesa ultra clase B dirigida por Pierre B. Reinhard. IMDb la describe como “una de las películas más perversas y enfermizas del género zombie”, con calificación 3,9 por parte del público. ¡Vamos, che, que no es tan mala! Yo le hubiera puesto un poco más. El poster más famoso (no el que colgaba de una de las paredes del West) reza la frase “Shocking beyond belief”, o sea, “Increíblemente impactante”. No lo sé a ciencia cierta, dado que nunca la terminé de ver. Lo que sí sé es que, a partir de ese momento, me empezó a interesar bastante el tema del sexo en el cine, porque pocas veces se muestra como debe ser mostrado (no me voy a meter de lleno en esto porque daría para 10.000 caracteres más). Y porque es fundamental ver buen sexo en la pantalla grande (para quienes vemos mucho cine, claro), a modo didáctico, a modo recreativo, a modo cachondo.
De ahí mi amor y mi devoción por el porno, género del cual aprendí tanto. Pocas son las películas mainstream, e incluso indie, que han mostrado el sexo como es, como lo practicamos los mortales (y los muertos vivos). Se me vienen a la cabeza títulos como Calígula, 9 songs, The Brown Bunny, El imperio de los sentidos, Spetters, Clip, y las próximas a estrenarse A stranger by the lake y La Vie d’Adéle (que le va a volar la peluca a unos cuantos con las escenas de sexo lésbico explícito entre Léa Seydoux y Adéle Exarchopoulos). En IMDb figura una lista bastante larga bajo el título “sexo no simulado en películas mainstream”, algunas de las cuales —sacando las arriba mencionadas— conozco pero no he visto. Me resulta imperioso abogar por este tipo de cine, por escenas de sexo real o, mínimamente, bien actuado, y no la pacatería horrenda mostrada en la mayoría de las películas, que proponen una especie de frote tibio, débil, lacónico y absolutamente quimérico.
Y Gritos de ultratumba era más real en ese sentido, era bastante chancha (si bien no llegaba a ser pornográfica), era irreverente, y se cagaba en todas las normas del buen gusto, además de que era una película de terror y eso me hacía amarla, cuando la vi hace veinte años, y después, porque forjó en mí una curiosidad inusitada por aquello que me había sido negado. Y eso la convirtió, hasta el día de hoy, en la “Película Prohibida” (cuando era niña porque, efectivamente, me la prohibieron; ahora, porque no la consigo) de mi pasado y de mi presente. Esperemos que, pronto, deje de serlo.
//////////////////////
Gritos de ultratumba (La revanche des mortes vivantes, 1987) | Pierre B. Reinhard

























