Nuestra última película
Abrazame así, abrazame fuerte
Por Ezequiel Tronconi
Cuando salimos de casa serían las nueve de la noche. La película, en la que trabajaban unos amigos, empezaba a las nueve y media. Íbamos al cine del Abasto y nosotros vivíamos en Almagro. Solíamos ir caminando, estábamos a diez cuadras, pero esta vez nos tomamos un taxi.
Ella estaba muy reticente, la cosa no venía nada bien. Estábamos en ese momento en el que uno quiere sostener algo aun cuando no le alcanzan las manos para sostenerlo, o si le alcanzan las manos no le alcanza la fuerza. Vivíamos juntos hace un tiempo y, sinceramente, nos llevábamos bastante mal. Lo típico: al principio todo marcha de mil maravillas y luego se va todo al demonio.
Estamos en el taxi. Yo la miro (realmente, aunque ya no la ame, es muy hermosa, eso no está en duda). Ella mira por la ventana. No me registra (no solo no me ama, sino que tampoco le parezco hermoso como antes).
Llegamos al cine. No compramos ni pochocho, ni bebida. Ella decía que era de mala educación ver una película comiendo pochoclos. En fin…
La historia no estaba mal, y por suerte nuestros amigos estaban haciendo un buen trabajo. “Muy bueno lo que hizo, ¿no?” —por momentos le susurraba al oído. “Sí, sí” —me decía ella mirando la pantalla. Seguía sin mirarme. ¡Qué cosa, che!
Estaba tan fría que sumado al aire acondicionado de la sala empecé a necesitar un abrigo. No tenía. Sólo la tenía a ella para que me abrace… pero no. Creo que eso era algo imposible. Incluso me daba vergüenza pedírselo. “Abrazame que tengo frío, que me voy a congelar, que esta sala es un freezer”. Ella miraba la película. Por momentos se le esbozaba alguna que otra sonrisita mientras a mí se me estaban congelando los pies, y cuando se congelan los pies se congela todo el cuerpo. Es el principio del fin.
Empecé a mirar en mi fila si había alguna persona con alguna camperita, blazer, buzo, tapado, trench, cardigan, que no esté usando para prestarme, porque realmente la estaba pasando mal. Pero no, nada. Era verano, todo el mundo salía con muy poca ropa a la calle. Así que miré la pantalla, lo vi a mi amigo que estaba actuando, le guiñé el ojo, miré a esa mujer que ya no me miraba, y sin dudarlo más de tres segundos, me levanté y me fui.
Apenas salí de la sala mi cuerpo fue recobrando temperatura, movilidad y color. Fui al baño, abrí el agua bien caliente. Dejé las manos unos segundos, luego me mojé la cara, los brazos. La temperatura del agua caliente sobre mi cuerpo era una sensación de disfrute como si nunca la hubiera sentido antes. Tanta felicidad que ya no importaba si mi relación había llegado a su fin, que iba a tener que mudarme a no sé donde (con todo lo que eso implica), extrañarla por momentos, sufrir, empezar de nuevo. No, no importaba.
La esperé y volvimos juntos. Esta vez caminamos. No nos dijimos nada en esas diez cuadras. Ni siquiera me preguntó por qué me fui. Llegamos a casa, ella se fue a dormir, yo me preparé un té y me quedé mirando por una ventana-balcón que había en el living y daba al pulmón del edificio. Desde ahí se veían de refilón otros departamentos. Había una señora que me hacía reír mucho. Bailaba y cantaba sola a cualquier hora del día y con diferentes producciones de vestuario. Mientras la miraba con el té en la mano, pensaba en todo lo que la iba a extrañar. En unos días ya no la vería más. Terminé el té, la miré unos segundos más y pasó lo que nunca había pasado: ella me miró, me descubrió, y yo sin saber que hacer le guiñé el ojo y ella sonrío. Adiós mujer.