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Mi primera película

Aceitunas para el cine /// Sebastián Miño

Mi primera película
Aceitunas para el cine
Por Sebastián Miño

—Uno, dos, tres, cuatro, cinco.

—Uno, dos, tres, cuatro, cinco —cantan al unísono voces infantiles, y seguido de ello asoman ruidos de saltos. Parece que juegan en algún patio de mi barrio y muy cerca de mi ventana. No los puedo ver, pero los puedo escuchar. Pienso en el fuera-campo, en películas de terror donde el canto de niños detona la tormenta del asesino, del monstruo, del acomplejado niño solo y humillado. Es el canto de un sueño que sangra como pesadilla. A lo lejos creo ver a Hitchcock, detrás de su ventana indiscreta, en el lugar común del cinéfilo. Este “gordito socarrón”, nos condicionó la mirada, pero también nos la liberó. Pero no es él, no. El tornado alucinatorio matutino-infantil me postra de rodillas frente al terror popular de las apolilladas pesadillas de Freddy Krueger, y “reflexiono” sobre su apellido de ascendencia alemana. ¿Habrá algo de nazi en él? Busco a ciegas. Agarro con violencia un escalpelo oxidado y me realizo una incisión desde la nuca hasta la frente. Cazo a Freddy, a Alfred y, también, a Alf, el cretino marciano de Melmac, y los meto dentro de mí. Dejo de divagar y hago un pedido religioso. Venga lucidez, por favor.

Ayer un amigo me pidió muy fraternal y gentilmente que escribiera… ¿Cómo decirlo? ¿Cómo nombrarlo? Una idea, una opinión, un cuento, un ensayo de servilleta, una poesía, un artículo, un libelo de ayer, una confesión de mañana, un trabajo, un rejunte, un guiso de imágenes y recuerdos, un asado de carne y colores, una memoria, una performance, un error, una coreo para Tinelli, una costilla de vida, una mujer, algo perfecto, un momento, un respiro, un tragar saliva, un mate a punto, un amigo, un amiga, un abrazo, una vecina con “beneficios”, un zapato de cada color, una memoria, un recuerdo y un recuerda. ¿Tal vez me pidió una aceituna para el cine?

—Uno, dos, tres, cuatro, cinco.

—Pequeño Sebito, ya te empezás a impacientar, ¿no? Entonces, neuronas van, neuronas vienen, electricidad por todos lados y te vuelvo a transportar a una película. Esta vez es de Polansky y aunque el final puede oler a Elephant de Gus Van Sant con una gran matanza de pendejos, en realidad, le pisa los tobillos al clásico suicidio inducido por locura, como en El Inquilino, ya que ahora Sebastián lavás tu ropa en un segundo piso, cerca de una ventana que mira hacia la calle.

—Me olvidaba de presentarme, soy el cerebro acomplejado de Sebastián quien les habla y quien te habla, Sebastián. Soy el que constantemente te hostiga con los cuartetos de la fantasía y la ensoñación feliniana del cine… Y si no te vuelvo loco yo, hoy te vuelven loco estos pendejos y sus ganas de cantar un domingo a la mañana.

—Uno, dos, tres, cuatro, cinco.

—Sebito, vos creés que el cine y la vida se confunden, sobre todo cuando tomás conciencia de que en cada parpadeo hay un cuadro en negro, que equivale a ese veinticuatroavo de segundo de la vida del cine. Yo no quiero contradecir tus creencias pero, ¡dejáte de joder! Un parpadeo no da vida; no entraña eso que llamas “fluidez escindida”: esa ilusión de movimiento que de otra manera sería una luz cegadora, constante y asesina en las pupilas. ¡La vida no es cine! Y desde ya te digo, vos viniste a mí con un pedido y yo te contesto que acá no hay pistas para recrear ni para reconstruir ese momento abstracto de tu infancia en donde viste tu primera película. A ver… dejáme buscar en mis bolsillos. Quizás te pueda sobornar con imágenes del canal pornográfico sin decodificar que mirabas de pebete a escondidas de tus viejos. Pero no sé si tomar eso como un primer encuentro con el cine, es decir, estabas en tu casa, no en una sala de cine. Y aunque estabas a oscuras, no había desconocidos que te rodearan o que te pudieran descubrir, y si bien le bajabas todo el volumen a la TV, no era necesariamente cine mudo lo que veías. Sin embargo, te puedo mencionar cuando a los 6 o 7 años, en un cumpleaños, te escondiste bajo la mesa y miraste (aún cuando te lo habían prohibido) la película It, el payaso diabólico, escena en la que el payaso hijo de puta se comía a un nene en una boca de tormenta mientras jugaba con un barquito de papel. Hasta hoy todavía no puedo borrar ni transformar ese recuerdo. Los dientes afilados del yosapa se hacen cada vez más largos en tu memoria. Por años miraste y miraste las bocas de tormenta soñando e imaginando que había algo ahí. Hoy tal vez salga un minero chileno perdido. Igual me detengo en esa búsqueda tuya de alcantarilla, en esa oquedad que te presenta el arte y el recuerdo, allí volvés a encontrar el fuera-campo, el terror y el humor.

—Uno, dos, tres, cuatro, cinco, ¡ah!

Un grito termina el conteo…

—Maten al payaso, maten al payaso ese, es una caca aburrida -gritan los chicos.

—¬No —gritó una voz ajena.

—Sabés muy bien que estos chicos ya no le temen a It; él fue un monstruo de otra generación. Seba, Seba, Seba, cómo te causa risa imaginar que estos pibes atrapan al payaso acosador y con sus manitos inocentes e infantiles le pasan una soga por el culo y se la sacan por la boca y juegan a saltar al payaso como si fuera una soga de colores. Creo que con humor pudiste superar esa sonrisa carnívora de la infancia.

Risas de nenes.

—Bueno, por lo menos dejaron de contar y gritar esos pendejos. Pero ahora te duele el cuello, ¿no? Yo te explico: un poco es por los nervios y tu mal humor, un poco es por la resaca de ayer y un poco bastante es por las tareas hogareñas. Dale, te quedan dos remeras y tres pantalones por doblar y terminás. Ah, y por favor dejame en paz, no te puedo ayudar más, soy tu cerebro. ¿Qué más querés? Estoy medio momificado por la soberbia, los complejos, el cansancio, la búsqueda de originalidad y toda esa mierda que no sé quién te metió dentro. Buscá por otro lado. Necesitás unos masajes en el cuello, querido.

—Sss… Seee… Sebs… Seba… Sebas… Sebastián… Uf, la mierda que es difícil comunicarse con vos. Todo el día escuchando a tu cabeza. ¿Y nosotros qué, no contamos en tu vida? Si no fuera por nosotros no habría Sebastián, te aclaramos. Entre toda la boludez que te dijo Don Cerebro, dio en la tecla con algo: “Necesitás unos masajes en el cuello”. Y es allí dónde descansa toda contorsionada la anécdota de tu primera película en el cine. ¿Cómo nos podríamos presentar sin sonar a partido de fútbol? No encontramos palabras, vayamos a lo fácil y directo. Nosotros somos… el resto de tu cuerpo: cuello, rodillas, codos, dedos gordos, etcétera. Y hablamos a una voz por el grado de complejidad e intercomunicación que logramos, somos tu parte civilizada, no como el Otro de arriba. En fin, nosotros no analizamos cine, lo vivimos; no interpretamos lecturas, nos crispamos de emoción; no ahondamos en reflexiones sobre los géneros, directamente nos excitamos o causamos una descompostura en todo el cuerpo; en síntesis, no nos convencemos con películas que no nos gustan, simplemente nos movemos y te llevamos fuera de la sala de cine. Todo es sin vueltas, sin poesía. Nos consideramos sabios a nuestra manera. El problema es que Don Cerebro no nos tiene en cuenta, quiere dirigir todo él, y seguramente ya generó toda una realidad paralela para abstraerte y que no te percates de que te estamos hablando. Sebastián, no se puede vivir tan diseccionado.

Volviendo a la contractura, te podemos decir que tu primera película fue El Rey León, tendrías 9 años más o menos, fue en el cine Helios de Palomar (hace años que no existe más). Fuiste con tu papá y tu prima que es un año mayor que vos. Evidentemente era tu primera vez en el cine y te comportaste con mucha inocencia y necedad. Al llegar tuviste la grandiosa idea de sentarte en la primera fila, y acarreaste con vos a tu papá, que no te pudo convencer de lo contrario, y a tu prima, que quedó maravillada con tu idea. La película empezó y quedaste extasiado a los segundos. El cine te atrapó para siempre, te desarmó y armó mil veces. Afectó tu memoria, tu lucidez y tu comunicación con la realidad. Tu percepción se alteró perpetuamente. Lloraste cuando murió Mufasa, el papá de Simba y entendiste que los padres morían; sufriste a Scar, el tío malo de Simba y comprendiste que existe la maldad y la mala leche; tomaste conciencia del tiempo, cuando viste a Simba crecer junto a sus amigos entre cantos y caminatas, haciéndose camino al andar. Y no es menor esto último, ya que percibiste la vida (tiempo) a través del cine, y lo aceptaste así. Aceptaste que, por medio de dibujos, colores, música, y oscuridad el cine podía mostrar el tiempo y ocultarlo a la vez, ocultarlo en la memoria del espectador, para que siga cambiando, cambiando, cambiando. Igual, no sólo quedó en tu memoria, no queremos darle tanto aire a Don Cerebro, espero nos entiendas. El recuerdo también quedó en nosotros, se nos hizo carne, por decirlo de alguna manera, más precisamente en tu cuello. Todo el trayecto del cine a tu casa permaneciste con la misma postura que tenías en la butaca, la cabeza inclinada hacia arriba como si miraras desde la vereda hacia un tercer piso. La película te dejó duro de la emoción. Y creemos que por esa contractura Don Cerebro copó tu atención y se distanció de nosotros para siempre.

Mail enviado a Pablo Acosta Larroca, Director / Editor de GRUPOKANE

Estimado Pablo,
Me quería disculpar por no poder participar de esta hermosa propuesta: “Mi primera película”. Realmente traté de escribir algo, pero no tengo recuerdos nítidos y ni siquiera difusos de aquella primera vez. Estoy un poco falto de inspiración y un poco viejo de alma. Me hubiese gustado poder participar. Suerte con el proyecto y éxitos. Cambiando de tema te quería contar que estuve juntando plata para filmar mi película, encontré un laburo piola para animar fiestas. Son sólo 4 horas de trabajo y me tengo que disfrazar de payaso, lamentablemente el otro día tuve una mala experiencia con unos chicos que no querían disfrutar de mis payasadas. Igual ya pasó, lo importante es “hacer cine”, ¿no? Así que seguimos en la lucha. Un abrazo.

Sebastián Miño

—Uno, dos, tres, cuatro, cinco.

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It, el payaso diabólico (It, Mini-Serie de TV 1990) | Tommy Lee Wallace

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