Aquella película contigo

Acupuntura un domingo por la noche /// Malena Cores Penna

Aquella película contigo
Acupuntura un domingo por la noche
Por Malena Cores Penna

Él siempre llegaba tarde y nuestra película se anunciaba “22:30 hs.”, por lo que definitivamente sabía que no íbamos a llegar a tiempo saliendo de mi casa “y 25”.

Gobernada por ese sentimiento desalentador transcurrió mi viaje en el auto, recriminándome una y otra vez por no haber pensado en un plan B desde el comienzo.

Llegados al cine nos quedaba una acotada y poco emocionante oferta de películas; los carteles escasamente atractivos y los asientos menos codiciados nos ayudaron a elegir una película por descarte… A fin de cuentas, era domingo por la noche y nosotros sólo queríamos un poco de entretenimiento.

Una vez en la sala —con los pochoclos de ocasión que, por cierto, la película ameritaba— las luces se apagaron y comenzó la proyección. Desde un principio él se mostró interesado y reí cuando me miró con una sonrisa considerable y las cejas casi por arriba de su frente. Debo confesar que, hasta ese momento, yo tenía cierto “repelente natural” contra las comedias románticas. Nada personal, simplemente no me generaban grandes expectativas y ésta no sería la excepción, por lo que no me intrigaba averiguar en qué desencadenaría la promiscuidad de los personajes. Sumado a ello, la gráfica de la película —que incluía a los protagonistas en una cama tapados únicamente por una sábana— hicieron que prejuiciosamente mis hipótesis respecto al desarrollo de la historia fueran poco interesantes.

Pero conforme se sucedían las escenas de sexo noté que estaban en un tono que no parecía concordar con el código, con los actores, con el género… La película estaba por encima de todo eso… Poco a poco, y tras sortear un absurdo sentimiento de culpa, comencé a sentir empatía con un aparentemente oloroso geek con sobrepeso que estaba siempre listo para ser sorprendido y sorprender a los personajes en los momentos más políticamente incorrectos. Este gordito adicto a los videojuegos sólo sería el comienzo de la experiencia, pues definitivamente el “mosquito” eludió al repelente y terminó picando… a ambos.

Por aquellos tiempos, él realizaba un curso de visitador médico al igual que el protagonista masculino; yo solía usar una boina como la del partenaire femenino. Estos signos de la coincidencia y la casualidad seguramente nos ayudaron a sentir que la película estaba dirigida hacia nosotros, aunque, de todas maneras, no fueron los únicos: cada uno encontró algo con qué quedarse; escenas que podíamos compartir.

Así, los personajes empezaron a mostrarse y abrirse frente a nosotros, con actitudes que nos divirtieron y reconocimos como familiares, transitando lugares comunes donde nos encontramos, al punto de codearnos cada vez que nos veíamos reflejados en la película. Quién sabe qué mecanismos se activaron, qué imágenes nos despegaron de nuestro contexto de simples espectadores para que, a partir del intercambio con la pantalla, pasáramos a ser partícipes activos. Algo de esa película nos tomó desprevenidos y nos arrastró sobre su ola.

No volví a ver De amor y otras adicciones, aunque dudo poder reproducir una sinopsis de forma más completa y no me atrevería a citar los nombres de los personajes. Tampoco sé qué sucederá el día que me la encuentre en el cable y me disponga a verla nuevamente. Dudo que la experiencia vaya a ser similar porque, ese domingo, durante dos horas, sentimos que alguien en ese cine nos tenía guardada la porción de entretenimiento que buscábamos, que oportunamente había sido seleccionada para nosotros. Como el mejor acupuntor la película de alguna forma tocó los puntos justos para que nosotros —y quién sabe si sólo nosotros— la sintiéramos como “el film”.

Al finalizar la proyección sentimos que las luces se prendían violentamente y los títulos corrían por la pantalla como intrusos en el mundo de la película. Entonces sentimos la necesidad de taparnos las cabezas con nuestros abrigos, negándonos a ver cómo la gente se levantaba dispuesta a abandonar la sala. Necesitábamos mantenernos en la oscuridad, queríamos pararnos en ese universo al menos un minuto más. Por eso sería fácil explicarle a cualquiera que la haya odiado por qué nosotros la disfrutamos tanto: porque la sentimos nuestra.

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De amor y otras adicciones (Love & Other Drugs, 2010) | Edward Zwick

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