La película prohibida
Adolescencia en fuga
Por Esteban Sahores
Ser un “casi hijo de la democracia” me ubica a años luz de recordar proyecciones clandestinas que obviamente no viví (y que alguna vez, confieso, estúpidamente añoré vivir). Me tocó en cambio vivir un tiempo en el que la opresión se torna algo rara vez no abstracto, por lo que solo recuerdo la alharaca mediática alrededor de la censura de La última tentación de Cristo, una película muy lejana a mi ADN como espectador. También, pero fuera de lo que es un caso de estricta censura, cientos de películas vistas en ciclos o festivales y que en vano quise volver a ver en el circuito comercial para correr a contagiarle mi entusiasmo a quien quisiera escucharme. Pero además soy un casi hijo de la era digital; salvando su alienación congénita y las contradicciones ontológicas del caso, hay que reconocer que es fácil y cómodo practicar la cinefilia en tiempos de torrents y pendrives. Entonces pienso en mis veintes, y la imagen que me devuelve la memoria es la de una proyección poblada de conocidos, en la que mi mano sudorosa se deslizaba por debajo de un abrigo estratégicamente ubicado hasta alcanzar clandestinamente otra hasta entonces prohibida. Y mucho antes, me recuerdo como cualquiera poseído por los primeros calores de la pubertad, reunido con amigos a la caza de esa por entonces entelequia llamada “teta”, siempre con el control remoto a mano para hacer una mudanza veloz a otro canal.
A los once años y medio, asegura Steve Zizou con los ojos vidriosos, te pasan las mejores cosas de la vida. La nostalgia es reaccionaria, pero yo le retrucaría cual adolescente que no, que hay que esperar un poco más, hasta los catorce y un cuarto. Por supuesto, no digo que esos primeros momentos de la adolescencia sean un paraíso: es ley la sensación de incomprensión absoluta, la angustia imposible de localizar y una profusa e insoportable vida interior que permea cada paso a dar. E incluso a veces hay que lidiar con la nociva exigencia de adultez.
Pero también es el momento del despertar crítico; de la intensidad melodramática del primer y completamente arropado amor; del cultivo del reino de lo privado bajo ese fuerte adolescente llamado “habitación” (con sus paredes atiborradas de cada vez más discos, revistas y pósters); de la ingesta hasta el empacho de datos y citas deliciosamente inútiles y memorizadas con dedicada obsesión; de la capacidad de asombro todavía en estado de ebullición; y de, para cortar el conteo e ir a lo que me interesa, las primeras rateadas del colegio.
Arriba de una camioneta Traffic prestada y manejada por mis papás, en plena ruta, con mucho tráfico, a la vuelta de un fin de semana largo, se gestó la primera. Tres hileras de asientos nos separaban a mí y a mis dos amigos de la adultez, a excepción de la presencia de una fotógrafa francesa amiga de mis padres, inquieta como un cachorro a pesar de sus casi sesenta y, pienso hoy, cómplice tácita de aquella gesta antibachilleriana.
Prolijamente uniformados (blazer, camisa y corbata, zapatos y pantalón: nuestro estricto vestuario de secundario ABC1), salimos a las 7:15 de nuestras casas, simulamos tomarnos el colectivo escolar y nos encontramos en algún lugar. Una vez ahí, escondimos la ropa en la mochila y, animados por la precoz arrogancia de la edad, salimos a perdernos por las calles, para luego quedarnos horas en las galerías de la Av. Santa Fe, revolver en detalle las estanterías de discos, fumar, toser y finalmente meternos en la primera función del cine.
La película: no logro determinar cuál fue. Me encantaría pensar que fue El placer de estar contigo. Hago el ejercicio y sospecho que esa fue la primera en revelarme que el cine podía ser algo mucho más importante que un pasatiempo: un arma cargada de “revelaciones en potencia”, un fantástico medio por el cual asomarse a otros mundos. Ahora confirmo que se estrenó ese año. Pero ni las películas protagonizadas por Emmanuelle Béart puedo recordar cuándo y dónde las vi.
A las pocas semanas lo volvimos a hacer, y así sucesivamente. Las fugas se habían vuelto costumbre y el cine, su asilo perfecto. En un momento empezamos a ir a dos funciones seguidas y después, a colarnos ocasionalmente, hasta que un día nuestros ojos saltaron de la pantalla hasta la luz cegadora de una linterna que nos descubrió. No nos faltaba plata, pero supongo que está en el manual.
Tal vez en esas escapadas, pienso hoy, me importara menos el cine que la prohibición. También, que en ese entonces la oscuridad de la sala fue la natural prolongación y el mejor aliado de aquel sótano lejano en el que a partir de ese año —fruto de la esquizofrénica economía de mi familia— pasé a dormir y en el que aprendí a facetar mi subjetividad. Lo que estoy seguro es que de no haber existido esas excursiones clandestinas mi vínculo posterior con el cine sería hoy más escuálido, y que con ellas se incubó en mí la necesidad y el deseo de profundizar y sistematizar una relación.
Benjamin decía que quien de niño nunca huyó de la casa de sus padres jamás podrá experimentar lo que es la libertad. Wes Anderson, Truffaut, Favio y tantos otros, imagino, suscribirían. “La prohibición es con frecuencia el secreto y motor de los mayores placeres”, dijo otro que no fue Freud, pero que podría haber sido.
Sin demasiado margen para una rebeldía que no sea insípida, en mi caso me gusta pensar que esas fugas con el cine como guarida fueron, además de mi humilde certificado de libertad, un momento fundante, como casi todo a esa edad. Acá están conmigo, y supongo que, por siempre, sus esquirlas.
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El placer de estar contigo (Nelly & Monsieur Arnaud, 1995) | Claude Sautet