Nuestra última película

Albores /// José Celestino Campusano

Nuestra última película
Albores
Por José Celestino Campusano

No seríamos más de cinco muchachones, aquellos que durante unos siete años seguidos deambulamos por cines del conurbano sur y por algunos de la calle Lavalle y de Avenida Corrientes, buscando destellos de algo a través de las pantallas.

No preponderaba aún el VHS, así que, fuera de aquellas escaramuzas, el único refugio a mano eran las entrañables jornadas de “Sábados de Súper Acción” y las adaptaciones en historieta de estrenos recientes de las revistas de Editorial Columba.

El cine Rex de Berazategui contaba con un calvo y circunspecto tirano de acomodador. En algunas ocasiones aquel lugar albergaba a grupos de jóvenes pendencieros, parejas manteniendo alguna forma de sexo en las butacas más cercanas a la pantalla, completando la singular atmósfera un recio olor a letrina (aunque debo reconocer, no siempre). Incluso en un tiempo retiraban las butacas deterioradas sin reponerlas, lo que contribuía a complicar el estado de ánimo. Lo paradójico es que todo este paisaje se redimía en un instante cuando la proyección nos regalaba unos atardeceres púrpuras con arreboles increíbles, que olían a humedad de lluvia. Jamás volví a apreciar esos tonos debido a que ese Apoteosis sólo la pueden conceder los ojos jóvenes. Además, en aquellas proyecciones se solía restringir todo rasgo de erotismo. Recuerdo en especial una versión salvajemente mutilada y por ende confusa de Operación Dragón.

Aquella era una época de marcada escasez en todos los órdenes. Escasez de ropa, de contactos amorosos | sexuales, de experiencias significativas, de posibilidades, de perspectivas. Todo el mundo vivía replegado. En una de esas noches que no fuimos al cine, deambulamos hasta la madrugada y al volver al origen nos cruzamos con un grupo de indigentes, hombres y mujeres. Ricardo, el más joven, insolente y libidinoso del grupo, se les aproximó y acto seguido tocó descaradamente el pubis de una de las jóvenes, lo que provocó de inmediato la reacción de todos, que se detuvieron e insultaron a mi amigo quien, ni lerdo ni perezoso, puso pronta distancia. Lo más llamativo del hecho es que entre ellos había una pareja famélica, venían tomados de la mano y ninguno superaría los 30 años. Ambos estaban terrible e igualmente desfigurados.

Había una galería sobre Lavalle, un conjunto de diminutas salas con un olor rancio y con las paredes manchadas con semen desparramado a mano. Allí predominaban las películas de origen europeo y de naturaleza grotesca. En aquel tiempo vimos Pubis Angelical, Adiós hermano cruel, Pixote, Lúcio Flávio, pasajero de la agonía, La chica del adiós, Xanadú, y en un pequeño local con un televisor y sillas Aguirre, la ira de Dios. Recuerdo que en las noches de los sábados y en los cines céntricos debíamos poner especial cuidado con los empleados de las boleterías, quienes siempre intentaban con absoluto descaro perjudicarnos con el vuelto.

El final de este periodo —y ya con el formato hogareño perfectamente instalado— fue una función con multitudinaria concurrencia y justamente en Berazategui, donde aprecié por octava vez Mad Max 2, Guerrero de la Carretera. Fue aquella proyección la que precedió a la disgregación de aquel grupo de amigos.

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Mad Max 2, Guerrero de la Carretera (Mad Max, 1981) | George Miller

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